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Los tres canteros y el profesor (relato breve)

 canteros

Mientras conducía iba meditando sobre las dificultades para motivar a sus alumnos.
Se detuvo en el arcén. A lo lejos, la montaña ofrecía su piedra para ser labrada. Más cerca, un grupo de trabajadores se afanaba en los fragmentos de roca extraída.
—Tal vez aprenda algo para compartir con los chicos en clase -pensó-.
—¡Buenos días! ¿Cuál es su trabajo?, preguntó al primer cantero.
—Ya lo ve —dijo acremente el buen hombre—. Me dejo la salud aquí, de sol a sol.
Preguntó lo mismo a un segundo trabajador.
—¿Ve? Estoy dando forma a este sillar —respondió sencillamente.
Antes de regresar al coche, persuadido de que no iba a aprender nada allí, vio un rostro bañado en sudor enmarcando dos ojos brillantes.
—¡Hola!, soy Alberto, Alberto de María —dijo por toda pregunta el profesor.
—Soy Pedro, Pedro Jonás. ¡Y estoy construyendo una catedral!
Siguieron hablando, pero la clase magistral había terminado: Los tres canteros realizaban el mismo trabajo.
Había aprendido que su labor no era limar defectos en sus alumnos, sino ayudar a cada uno a construir la obra de arte de su propia vida.

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El violín de Kolya y Piotr

Publicado en el volumen “100 Relatos en Corto” en el III Concurso de microrrelatos de Sttorybox

El pequeño Kolya se acurrucaba contra sí mismo para escapar del frío. Las calles de Moscú no son acogedoras en invierno. Otro mendigo pasaba por allí con su carreta llena de tablas y cartones. Se detuvo, y le ofreció unas cuantas para que se hiciera un precario refugio.

—Gracias…

—Me llamo Piotr —dijo el hombre.

Una de las tablas llamó la atención del niño. Tenía una forma extraña, con doble curva, y restos de barniz en algunas zonas: era la tapa de un viejo violín roto.

Kolya conocía a un anciano luthier que le daba leche caliente cuando iba a verle. Fue. Le enseñó la tabla. Con ella el luthier sacó casi de la nada un violín nuevo. Y el violín sacó casi de la nada a un virtuoso: Kolya.

Muchos años después, un viejo mendigo miraba hacia el río Moscova con desesperación. Iba a saltar cuando, de pronto, escuchó una suave música mezclada con el fragor del agua. ¡Es un violín!, se dijo, saliendo del agua antes de lanzarse a ella.

El joven músico se le acercó. Le reconoció. Llevaba en sus manos la vieja tabla que Piotr le regalase, pero vestida de música y sobre todo, de gratitud.

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«El violín de Kolya y Piotr», en el portal Aleteia

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El ascensor (relato breve)

el ascensor

Laia pulsó el botón de llamada del ascensor. La luz verde fue pasando como el testigo, de atleta en atleta, desde el 0 al 7.

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El leve retraso habitual de la maquinaria en la última etapa le hizo recordar a Laia su impenitente hábito de dejar siempre para el último día el estudio del parcial de filosofía. Se le resistía la asignatura, porque no acababa de verle la utilidad. A base de memorizar, sin luchar un ápice por entender, había logrado aprobar el último con…

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El ascensor le recordó la nota con un guiño de complicidad. Una complicidad que no acababa de encontrar con Henri Bergson, el filósofo francés al que había recibido de mala gana entre la mesa y el flexo. El “filósofo de la intuición” parecía desmontarle su meticulosa manera de vivir, calculándolo todo.

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La lucecita verde encendida al paso por el quinto piso le recordó que debía poner los cinco sentidos en el examen de hoy. Le entró por la ventana de los ojos un regalo en forma de cifra. Una oportuna regla mnemotécnica: compartía con Monsieur Bergson la fecha de cumpleaños, el…

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… de enero. Y en cuatro palabras se le quedó grabada la frase clave de la filosofía de su “mellizo”: La cuestión del tiempo. El tiempo real, vivido, no puede entrar en las fórmulas de las ciencias, porque éstas se interesan solamente en lo que es susceptible de medida.

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Se había pasado dos pisos acariciando esta idea. Una pequeña “eternidad”. Estaba empezando a comprender a Henri. Al brillar en verde el “0” de la planta baja comprendió dos cosas más muy hermosas:

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Que la clave para saborear el tiempo está en vivir intensamente cada minuto, como el había hecho en el último bajando por el ascensor. En un minuto había aprendido toda una lección de filosofía práctica.
– “¡Bajando por el ascensor!”
Dejó que el escurridizo contrasentido de esta frase le dejase el segundo regalo del día. Un descubrimiento de lengua española: es curioso que su autobús vertical no se llamase también “descensor”, o ambas cosas. ”¿Por qué se le llama, pues, ascensor?”
Al escuchar cómo otro vecino había convocado a la máquina hacia arriba cayó en la cuenta: el viaje en ascensor siempre es de ida y vuelta. Y la vuelta es lo importante. Su función es ascenderla cada día de vuelta a casa, con su familia. En casa se comprende mejor que en ningún sitio la cuestión del tiempo. En casa se vive.

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El cumpleaños de la familia (relato breve)

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Tomás se disponía a abrir de par en par la carta de menú del restaurante. En brillante papel couché con tapas de cartulina, mostraba cada plato con una detallada fotografía que casi dejaba sentir el aroma de los alimentos. Se decidió por un clásico filete con patatas, deslumbrado brevemente por el brillo del filete.
¿Ha sido el aceite que lo baña o el reflejo de la luces de la sala sobre el papel couché? -se preguntó Tomás mientras giraba la cabeza hacia las ventanas del restaurante, convocados sus ojos por el fugaz paso de los transeúntes.
Tras los cristales, descubrió otra foto muy distinta: tres niños enfocaban sus rostros con sus pequeñas manos apoyadas en el cristal, como rebañando esas migas intangibles del campanilleo de cucharas, vidrio y loza blanca en las mesas.
Es una foto fugaz -pensó Tomás, pero quiso ayudar a disiparla regresando a su brillante filete couché. Lo que encontró allí fue una intensa y súbita sensación de inmovilidad en todo su cuerpo. El filete seguía siendo impreso, pero a su alrededor los demás clientes parecían tan lejanos como los niños de la ventana.
No es posible. Me debo haber dormido. No, ¡no! La verdad se abrió paso más rápida que el abrir y cerrar de la carta de menú: estaba encerrado en ella. Estaba impreso y prisionero junto al filete.
Con angustia indecible buscó la mirada de alguna de las personas de la sala, pero no podía pronunciar palabras ni hacer gesto alguno. A medida que se iba dando cuenta de que incluso a Maite, su esposa, le escamoteaba muchas veces el regalo de mirarla a los ojos, una lágrima le brotó, como liana colgada de la reja de la celda de egoísmo en la que estaba encerrado.
Los niños no se habían marchado, pero ahora no enfocaban su mirada a los platos, sino que, con aspavientos de urgencia, llamaban la atención del camarero hacia el señor que lloraba dentro de la carta de menú. Eran los únicos que se habían dado cuenta de que la humedad del papel couché no era una salpicadura del agua mineral, y que la ausencia del señor no se debía a que había ido al baño.
Tomás cerró y abrió los ojos húmedos y se encontró de nuevo, con inmenso alivio, sentado ante su mesa. No se entretuvo en discernir si había sido un sueño. Salió de la sala y se agachó para abrazar a los tres niños de la ventana. Los invitó a entrar. El brillo ya no estaba en el filete impreso, sino en los ojos sorprendidos de los niños, y en la lágrima de Tomás, que se había quedado a vivir en el primer pliegue de su mejilla.
En aquella primera comida familiar la última en llegar fue la madre. Tomás y Maite no habían tenido hijos. Ese día les llegaron tres de golpe. Ana, Lucas y Sergio cada año pedían a papá que les contase la historia de la carta de menú. Pero era la mamá la que acudía en auxilio de la emoción de Tomás:
– El sueño de papá y mamá erais y sois vosotros.
– ¡Idem! -repetían a coro los hijos.
Con el paso de los años, Ana, Lucas y Sergio acudían puntualmente al restaurante con sus propios hijos para celebrar todos juntos el día del cumpleaños de la familia.
FIN scrivivente firma def