Rincón de nuestro padre Alberto Mª

A lo largo de estos años, nuestro fundador, el padre Alberto María Rambla, nos ha dejado sembradas en el corazón numerosas enseñanzas, anotaciones desde la Palabra de Dios recibida en lo cotidiano, sea en la Liturgia, sea en la vida.

Haz click aquí para encontrar algunas de ellas reunidas:

Homilías del padre Alberto María
Fuente: autorescatolicos.org

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Jueves Santo (2005)

“El maestro esta Ahí y te llama”

Autor: Padre Alberto María fmp  

Anotaciones a las lecturas:

Ex 12, 1-8.11-14; Sal 115, 12-13.15-16bc.17-18; 1Cor 11,23-26; Jn 13,1-15;

«Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo Unigénito para que el mundo tuviera vida en El».

Y Jesús no contento con esa donación de amor de Dios por nosotros, quiso no separarse jamás de nosotros. Quiso que tuviéramos la oportunidad de no ir desconcertados por la vida, confusos, ciegos, sin saber. Y para ello, El mismo, destruyó, rompió, rasgó el primer velo para que el Invisible se hiciera cercano. Para que nuestros ojos pudieran ver al Señor. Para que nuestro corazón pudiera entender de su amor. Para que pudiéramos acoger la salvación que viene de lo alto. Para que pudiéramos caminar por caminos de paz y pudiéramos seguir la luz que ilumina el sendero y -al igual que Israel- pudiéramos tener siempre de día una nube que nos guiara y de noche un fuego que nos oriente, que nos marque siempre el camino justo, el camino verdadero, el camino de la paz, de la esperanza, del amor y de la fe.

Y eso, eso solamente el Señor nos lo puede dar. Los hombres pueden prometerlo, pero solamente Dios puede darlo, porque los cielos y la tierra son obras de sus manos. Solamente Dios puede devolvernos la capacidad de ver lo que no ven los ojos. Solamente Dios puede concedernos la capacidad de escuchar lo que no oyen nuestros oídos, como solamente Dios ha podido concedernos la capacidad para poder contemplar al que no tiene rostro, a Dios, el Invisible, poderlo contemplar con los ojos del cuerpo y con los ojos del corazón. Y como siempre todo pertenece al misterio del amor. No tiene explicación, no hay razones. Dios siente, experimenta, vive. Del corazón de Dios hablando en lo humano brota ese amor loco, que es loco porque no tiene explicación. Y el Señor ha querido dejárnoslo cercano, accesible, palpable, que podamos tomarlo con nuestra mano, que podamos comerlo con nuestra boca, que podamos contemplarlo con nuestros ojos y que podamos descansar en El desde lo más profundo de nuestro corazón. Que podamos encontrar en El el consuelo, el alivio: «Venid a Mí los que estáis cansados y agobiados que Yo os aliviaré».

Y esto en Jesús es real. No es una utopía. No es algo, no es un ejemplo, no es un símbolo. Es una realidad. «Ven a Mí, tú que estás cansado, tú que estás agobiado, Yo te aliviaré». En otro lugar añadirá: «Yo soy el Buen Pastor, vosotros sois las ovejas. Yo os llevo a verdes prados. En verdes praderas me hace recostar». Y podríamos hacer un recorrido pleno por la Escritura y en todos los momentos descubriríamos la razón, el por qué, la causa, el origen, aquello que ha movido al corazón de Dios, para que su Hijo encarnado, Jesús el Señor, quedara presente en nuestra vida de manera material, en el Sacramento de la Eucaristía.

Esta tarde -siguiendo un fragmento de la celebración de la Misa de Jueves Santo en el Vaticano-, recordaba una anécdota de mi madre cuando yo estaba en América y mi madre en Valencia. Mi madre -lo he comentado otras veces- me escribía y decía: todas las mañanas me las paso hablando contigo. Tan solo era una fotografía lo que tenía mi madre de mí y el recuerdo de un hijo que estaba fuera; pero ella hablaba conmigo.

¡Cuántas más son nuestras posibilidades! Cuando al que tenemos es al mismo Señor que se ha quedado entre nosotros. ¡Cuántas más posibilidades tenemos nosotros porque no tenemos un símbolo, ni un signo que es como si fuera, sino tenemos al mismo Señor presente en medio de nosotros, accesible a nuestra mirada, accesible a nuestras manos, accesible a nuestro corazón!

A veces no nos damos cuenta de cuánto nos ama el Señor y cuánto ha cuidado hasta el más mínimo detalle en la historia de nuestra salvación.

Y no es «como si fuera», es el mismo Señor, es el mismo Cuerpo y la Sangre del Señor. No es un ejemplo, no es un símbolo, no es «una especie de»… Son el Cuerpo y la Sangre del Señor, algo que el hombre no puede razonar, pero que «Dios da a comprender a aquellos que le aman». Porque es algo que solamente el amor puede entender. Hablando en lo humano, un amor sin intereses personales, un amor donde tú no cuentas para nada, no pretendes nada, no buscas nada y donde no tienes nada que perder y nada que ganar. Pero donde sabes que Dios ha dado la vida, la ha dado en verdad para que tú tengas vida en abundancia. Por eso es necesario abandonarse, es necesario confiar, entrar cada día, dejarnos conducir profundamente en esa dimensión del amor porque solamente ahí podremos entender. Solamente ahí, nuestro corazón logrará apenas captar, cuánto amó Dios al mundo que no solo dio a su Hijo Unigénito para que muriera por nosotros sino que además lo dejó con nosotros. Más allá del tiempo y del espacio. Lo dejó con nosotros en el Sacramento de la Eucaristía.

Hace tiempo comentábamos en el Monasterio, la experiencia de una persona que comentaba que los iconos no le decían nada porque no expresan ni alegría, ni sabes lo que…Y alguien le respondía que el icono solamente se comprende cuando se reza ante él.

En la Eucaristía –como también en el amor de Dios- ocurre lo mismo: cuanto más cerca te pones de El, más entiendes no racionalmente, desde el corazón, porque más recibes. Y cuanto más recibes más familiar te haces a distinguir los sonidos del amor. «La voz del Amado», como dice El Cantar de los Cantares. Evidentemente cuando no convives con alguien de manera habitual, no reconoces la voz porque no convives con él.

Cuando se convive con Jesús se entiende, se distingue la voz del amor a fuerza de oír la suya y a fuerza de estar con Él.

Dicen los médicos y los psicólogos –y la propia experiencia de observación- que cuando un niño está siendo alimentado por su madre, el niño se queda tranquilo normalmente porque oye el corazón de la madre y los latidos son iguales que los que oía cuando estaba en el seno de su madre. Entonces al reconocerlos se queda tranquilo normalmente. Y a veces hasta se duerme y no come lo suficiente.

Cuanto más cerca del Señor estemos, cuando la Eucaristía sea más el centro de nuestra vida, cuando el Señor sea cada vez más el centro de nuestra vida, oír su corazón nos dará paz. La cercanía permite oír y el oír permite la paz. Nos da paz, nos dará paz y bien hacer.

Pero aparte de que con el Señor se puede hablar en todo tiempo «en espíritu y en verdad» -como dijo Jesús a la Samaritana-, su presencia está especialmente significada en la Eucaristía.
¿Por qué? Porque así le pareció bien. Y porque nos conoce.Una vez me preguntaba un alumno mío: Padre, yo puedo entender muchas cosas, pero si yo puedo confesarme con el Señor, ¿por qué tengo que confesarme con un sacerdote? Yo prefiero decírselo al Señor porqu
e El me entiende y el sacerdote, no sé si me va a entender.

La pregunta no era capciosa. Yo le decía a él lo mismo que podemos decir ahora, aplicado a la Eucaristía: El Señor nos ama tantísimo y nos conoce de tal manera que no nos ha querido dejar dudas respecto a El. Y entonces, como sabe que somos como somos, por si acaso dudamos unos instantes, como Judas dudó del amor del Señor, y por si acaso un instante nos llevara a perder un atisbo de esperanza, para que eso no ocurra, el Señor nos dio el perdón, el Sacramento de la Reconciliación.

De la misma manera, para que no nos sintamos solos, para que nunca nos sintamos desconcertados, para que nunca nos sintamos sin saber donde acudir nos ha dejado la Eucaristía. Para que nunca quepa en nosotros, en ningún momento de nuestra vida, la posibilidad de pensar: el Señor me ha abandonado.

«¿Dónde está, el Señor? -me decía alguien hace unos días-. ¿Dónde está Dios? Yo he sido una persona honrada, he sido una persona justa, he procurado hacer el bien, he hecho caridad, he hecho apostolado. ¿Dónde está Dios?». El problema no es dónde estaba Dios, era dónde estaba él.

El Señor para que nunca tengamos que hacer esa pregunta, ni tengamos razón para hacerla, ha querido quedarse palpable, cercano, visible en la Eucaristía. Para que cuando las cosas nos sean adversas, cuando atravesemos situaciones difíciles, cuando podamos sentirnos agobiados… para que nuca nadie se sienta confundido y solo, el Señor -como dijeron las hermanas de Lázaro- «El Señor está ahí y te llama». Hasta esos detalles llega el amor de Dios y el deseo de salvación que Dios tiene para nosotros.

Sumerjámonos en la contemplación de Dios en el corazón y en el Sacramento de la Eucaristía. Y abramos bien los ojos de nuestro corazón y los ojos de la fe, los oídos de la fe y los oídos del corazón para escuchar a Dios que tanto nos ama, para recibir de El la palabra que necesitamos, para poder recibir -también de El- el abrazo que también necesitamos y las indicaciones pertinentes para nuestra vida, para poder seguirle y encontrarle cada día.

«El Maestro está ahí y te llama». Sigue resonando hoy en nuestros oídos, aunque hayan pasado muchos años. Entonces era la hermana de Lázaro. Hoy es el Señor quien nos lo dice a nosotros a través de la Iglesia: «El Maestro está ahí y te llama».
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Domingo XXXI del Tiempo Ordinario, Ciclo A

«El primero de vosotros será vuestro servidor»

Autor: Padre Alberto María fmp  

Ml 1,14-2, 2b. 8-10; Sal 130,1-3; 1Ts 2,7b-9.13; Mt 23,1-12  

La palabra del profeta Malaquías nos recuerda y establece los principios por los cuales debemos regir nuestra vida de manera cotidiana.

Comienza sonando un poco así como a regaño del padre que ve cómo el hijo se separa del verdadero camino, y se conduele por ello y le duele el corazón por ver como el hijo se aleja del bien y de la vida y de la felicidad… y llega un momento que le quedan ya pocos argumentos.

La profecía de Malaquías nos recuerda un poco aquel pasaje que leemos también en la celebración del Viernes Santo y repiten también diversos salmos: «¿Qué te he hecho? ¿En que te he ofendido?» ¿Qué más puedo hacer por ti? Yo he hecho esto, he hecho aquello, he hecho lo de más allá. Y por qué vuelves siempre a alejarte, por qué vuelves a descarriar tus pasos. Y con ese tono de pregunta -que encierra mucho de amor y de misericordia, bondad y de dolor, hablando en lo humano- porque el Padre Dios ve que su hijo se sale del camino.

El Señor no entra en las artes educativas -por decirlo así- de nuestro tiempo. El Señor a lo blanco lo llama blanco siempre y a lo negro le llama siempre negro. Lo que está bien está bien, lo que está mal, está mal. No caben «arreglos» ni acomodaciones para contentar al hijo e ir funcionando de una manera más o menos apacible. «El Señor quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (I Tm 2, 4).

En esta lectura de Malaquías, el Señor comienza diciendo: muy bien, mira quien eres tú y mira quien soy Yo. Y nos recuerda también aquella palabra del libro de Job, donde después de todo un recorrido, el Señor dice: «Y quién eres tú para pedirme cuentas a Mí». Y Job se da cuenta de que está equivocado, de que ha hecho mal, de que ha perdido la perspectiva, que ha perdido la referencia.

Aquí también el Señor comienza diciendo: «Yo soy el gran Rey». Yo soy Dios, tú eres un hombre. Vamos a hablar los dos claramente.

Hablamos mucho de comunicación. Hablamos mucho de la necesidad de conversar. De la necesidad de hablar. De la necesidad de clarificar términos entre humanos. Hablamos mucho de la necesidad de plantear las posturas convergentes o divergentes. El Señor comienza diciéndonos lo mismo: Vamos a hablar. Pero vamos a sentar los términos. Yo soy Dios, tú eres hombre.

Y comienza diciendo: el camino que tú has emprendido no es un camino coherente. Si no obedecéis, si no os proponéis dar gloria a mi nombre estáis en equivocados. Estáis diferenciando los caminos que conducen a la vida y os estáis marchando muchas veces por caminos erróneos y equivocados. No es ese el camino.

Después el Señor sigue empleando las palabras que los judíos podían entender en aquel tiempo: «Yo os haré despreciables. Habéis hecho tropezar a muchos en la ley, habéis invalidado mi alianza con Leví. Os haré viles ante los demás por no haber guardado mis caminos y porque os fijáis en las personas en lugar de Dios».

El reclamo es sencillo, la referencia está clara. “No se puede amar a Dios a quien no se ve —nos dirá san Juan— si no amamos al hermano a quien vemos”. No se puede vivir una vida espiritual si no vives en tu vida material esa misma dirección que marca Dios para tu vida. Tú eres un solo ser, tú eres una sola persona, no varios trocitos. Y de la misma manera que tu cuerpo va en una sola dirección, así también toda tu vida va en una sola dirección.

«¿Por qué, pues, el hombre despoja a su prójimo profanando la alianza de nuestros padres? ¿No nos creó el mismo Señor? ¿No tenemos todos un solo Padre?»

¿Por qué no tratas a los demás como tratarías al Señor? Dios vive para ti en cada uno de tus hermanos. Dios se te muestra en cada uno de tus hermanos. La mirada de Dios la encuentras en la mirada de cada uno de tus hermanos y lo que tú has recibido del Señor es para que lo reviertas en tus hermanos, lo mismo que lo que tus hermanos han recibido de Dios es para que lo reviertan en ti.

No se puede amar ni servir a Dios si no amamos y servimos a los hombres.

La llamada de atención de Dios no está en que se vaya o no se vaya al templo, no está en que se hagan ciertas prácticas piadosas o ciertas prácticas puntuales. El regaño de Dios está en que no se cumple la ley. Y la ley no es solamente ir a misa y participar en los sacramentos. Además de los sacramentos, además de la oración… la ley, lo que manda el Señor, el camino que nos descubre Dios es el camino de la Vida, el camino del amor a los demás, del servicio a los demás, de la entrega a los demás. En otras palabras, el camino del olvido de sí mismo que el profeta Malaquías vuelve a recordarnos hoy, al igual que el evangelio de Mateo: «El primero de vosotros es vuestro servidor». Solamente si servimos a los demás como reflejo del mismo Dios, podrán tener el amor y la Vida al alcance de sus ojos.

Muchos jóvenes y mucha gente de cierta edad en nuestro tiempo viven momentos de profundos sufrimientos, de profundas depresiones, de confusión… momentos difíciles de los que no saben ni cómo salir. La razón es muy sencilla: han perdido de vista el núcleo y el secreto de la Vida: amar a los demás como se ama al Señor. Si una persona se queda inmóvil frente a un espejo (su propio ego), siempre se verá en el espejo y nunca verá a los demás, ni descubrirá al otro, ni podrá descubrir la bondad de la vida, ni la bondad del otro, su misericordia, ni tampoco la necesidad que tiene de él. Por eso, necesitamos urgentemente quitarnos el espejo de los ojos, para descubrir la vida, y no vivir enredados… sino sabiendo que a fuerza de dejar de mirarnos a nosotros mismos alcanzaremos el gozo y la contemplación de Dios.

Perdemos nuestra referencia. Por ello el evangelio nos lo muestra de nuevo: «El primero de vosotros será vuestro servidor» porque el que sirve es el que llega a la meta. El que va de un sitio a otro se pierde. Por eso san Pablo nos recordará «nuestros esfuerzos y fatigas, trabajando día y noche, proclamamos entre vosotros el evangelio de Dios».

En estos días recordábamos en la televisión que el amor hay que trabajarlo cada día, no nos engañemos, dejar de auto contemplarnos y servir a los demás es la faceta de la vida que hay que ir trabajando día a día y cada persona. Hay que ir trabajando toda la vida para que ese amor crezca, madure, para que ese amor se desarrolle. Y desde que se es joven hasta que nos morimos tenemos que ir trabajando el amor cada día porque, de la misma manera que el cuerpo crece y la ropa se queda pequeña, de la misma manera necesitamos ir asumiendo nuevas actitudes y disposiciones en la vida. « Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño. Al hacerme hombre, dejé todas las cosas de niño» (1 Cor 13, 11).

Amar al otro, buscar que sea feliz, lleva trabajo cada día. Este es el camino para alcanzar la ancianidad. De lo contrario el hombre se va haciendo viejo y se le va escapando la vida. Cuando alguien va trabajando el amor en su vida, se va haciendo anciano y gana en sabiduría, gana en felicidad y un sin fin de cosas de las que hoy el Señor nos recuerda una vez más y nos lo pone una vez más para nuestro camino de la vida.

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Octava de Navidad, Ciclo C

El Señor nos ofrece una vida sencilla

Autor: Padre Alberto María fmp  

Recuerdo que cuando era joven leía este fragmento del evangelio de san Juan y me costaba mucho seguir el hilo de esta proclamación de san Juan sobre Dios y la Palabra. Pero san Juan trata de atar –diríamos- todos los cabos de un razonamiento, de una explicación para que nada quede oscuro.

Después de estos dos mil años y siendo nosotros los que aquí estamos, yo reduciría esta explicación, este relato de Juan, a tres cosas fundamentales. La Palabra de Dios hizo todas las cosas. La Palabra fue la expresión del amor: «Tanto amó Dios al mundo» –dirá también san Juan- que a través de la Palabra creó todo cuanto existe. Esta Palabra se hizo hombre, uno entre nosotros. Pero ese niño que nació en aquel portal, en aquella cueva de ganado, no es un hombre sin más. Es un hombre a través del cual Dios hizo todas las cosas más allá de la eternidad, y vuelve a hacerlas ahora, ahora que es «el tiempo oportuno» –como dirá la carta a los Hebreos- . Ahora que el mundo está preparado para asumir de nuevo ese giro de ciento ochenta grados que le devuelva a Dios. Era el tiempo oportuno para ese giro, para que el hombre volviera a descubrir la amistad con Dios. Los hombres después hemos hecho muchas cosas, también muchas tonterías –por llamarlo de alguna manera- pero hoy Dios nos ofrece de nuevo el recuerdo de que la Palabra, Jesús, estaba en Dios desde el principio, es Dios con Dios sin principio y sin final, y esa es la grandeza de la Encarnación, que el mismo Dios que hizo las cosas, la misma Palabra de Dios por la cual fueran creadas todas las cosas viene ahora a recrear nuestra historia, a redimir nuestro pecado y a recrearnos de nuevo, de volvernos al principio, que sepamos y que podamos conocer lo que es el amor.

En el Génesis, el autor sagrado repite en varias ocasiones: «Y vio Dios que lo que había hecho era bueno». Y hoy lo que Dios hace también es bueno, hoy retoma todas las cosas, hoy nos ofrece todos los medios, hoy nos entrega todas las soluciones, porque hoy es el tiempo oportuno que podemos recibir ese don de Dios y que nuestra vida sea de verdad un regalo. No diferente, sino nueva. Nueva porque en todo momento resuene en nuestros oídos la Palabra hecha carne. Nueva porque en todo momento la Palabra hecha carne vive en nuestro corazón. Y es la Palabra hecha carne. Porque un hombre no puede vivir en el corazón de otro, pero su Palabra sí. La Palabra de Dios sí puede vivir en nuestro corazón. No ocupa lugar. Mientras el cuerpo ocupa lugar, la Palabra no ocupa lugar y sí puede vivir dentro de nosotros. Por eso el Señor hizo que su Palabra se hiciera hombre, que el Verbo se hiciera carne, que la Palabra viniera a los suyos, tomara cuerpo de hombre para vivir entre los suyos como hombre y como Palabra en el corazón de cada hombre.

Hoy podemos contemplar el nacimiento de Jesús, hoy podemos cerrar nuestros ojos y  ponernos delante de un Belén, mirar la cueva donde se representa el Misterio, ahí frente a esa cueva cerrar nuestros ojos e imaginar que estamos aquel día allá en Belén.

Pero la Palabra del Señor no  se quedó en Belén, ni en Galilea o Jerusalén. Esta resuena hoy en nuestro corazón y la Palabra es la que nos da la vida. Por eso cuando suena el canto de los ángeles aquel día en Belén, la palabra de los ángeles también llega hasta nuestro corazón resonando para hacer un corazón nuevo, para darnos un espíritu nuevo, para devolvernos al Padre. Para hacernos una cosa con Dios. De la misma manera que mi palabra y yo somos uno mismo, la Palabra de Dios y yo somos el mismo en Dios.

¡Es tan difícil expresarlo con las palabras! ¡tan difícil expresar con las palabras lo que encierra este día!. Todo nace de Dios como siempre. Todo sale de sus manos. Y es El quien viene a mí. Es El quien emplea mil caminos, mil formas, mil maneras, pero es El quien viene hasta nosotros. Porque desde el principio está mirándonos al corazón. Desde el principio está pendiente de nosotros. Desde el principio hizo todo por nosotros. Y desde el principio ya pensó en cada uno de nosotros personalmente, con nuestro nombre y apellidos.

La ternura de Dios se expresa de manera inminente este día porque es el recuerdo hecho vida y es la certeza de no pasar desapercibidos ante Dios, la certeza de sabernos amados, cuidados… a pesar de nuestros vaivenes, y de nuestras incomprensiones, a pesar de nuestras rebeldías y de todas nuestras cosas. Dios nos contempla y nos ama, nos llama y nos conduce, nos atrae hacia El, como atrajo a aquellos pastores cuando los ángeles cantaron.

Toda la Palabra, toda la enseñanza de Jesús, todo lo que hace y dice la Palabra de Dios hecha carne desde el día que hoy celebramos hasta el día que subió de nuevo a la gloria del Padre, se reduce no más que a ese gesto de Dios naciendo de mujer, el más pobre entre los pobres para «iluminar el camino de los que andan en tinieblas y en sombras de muerte». Su único objetivo es derramar su amor y ternura sobre los hombres, conducirlos a Dios, por amor simplemente, porque nos ama, porque nos quiere. Y allí en esa pequeña cueva de ganado, Dios se abaja para que entendamos cuánto, cuánto se abaja y para que entendamos cuán bajo está también nuestro nivel, el desarrollo de nuestro amor. Y para que entendamos cuán alto quiere El elevarlo. El Señor ha nacido hoy. Hace muchos años que celebramos este día. Cada Navidad Dios nace un poco más en nuestra vida.

Que este nacimiento, este nacer un poco más Jesús en nuestro corazón ilumine nuestra mirada. ¡Es tan importante ver! ¡Es tan importante ver! ¡Y es tan importante mirar! ¡Y darte cuenta de que te miran! ¡Y de que Dios te mira!

Digámosle al Señor que nos dé ojos para verle. Digámosle que nos dé oídos para escuchar el canto de los ángeles. Porque el canto de los ángeles no canta ni justicia ni tolerancia ni acción social, no canta nada. Canta la gloria a Dios en el cielo.

Los hombres hemos invertido los términos y, muchas veces, andamos muy ocupados en lo social y dejamos a Dios muy desocupado porque no lo consideramos muchas veces. Pero hoy el Señor nos muestra el orden verdadero de las cosas: Aquellos que dan gloria a Dios sirven a los hombres y los conducen a Dios. Y esa es la enseñanza para nosotros también en este día santo: glorificar a Dios y glorificando a Dios conduciremos a los hombres a Dios y conduciremos a los hombres a que se encuentren cara a cara siendo mirados por Dios, a que descubran el amor y la ternura que Dios tiene para con ellos. ¡Es tan importante mirar! ¡Y es tan importante que los demás al ver nuestros ojos vean a Dios! Vean en nuestras pupilas a Aquel a quien están mirando. Y eso es algo tan sencillo, tan…

El Señor nos ofrece una vida sencilla en una pequeña cueva de ganado. Pero donde el amor es la luz que ilumina y donde los hombres se encuentran con Dios.

La Palabra hoy viene para conducirnos a Dios.

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Anotaciones a las lecturas:  

Isaías 52, 7-10, Sal 97, 1. 2-3ab. 3cd-4. 5-6 ,Hebreos 1,1-6, San Juan 1.1-18 

Domingo II de Adviento, Ciclo C

Es tiempo de soñar

Autor: Padre Alberto María fmp  

Anotaciones a las lecturas:      

Jer 33, 14-16;   Sal 24, 4bc-5ab. 8-9. 10 y 14;  1Tes 3, 12-4,2;   Lc 21, 25-28. 34-36 

Ya en las puertas del adviento se impone echar nuestra mirada en dirección al lugar hacia el que caminamos. Este tiempo, estas cuatro semanas son como el final de un embarazo en el que una familia va a recibir al primer hijo y, a medida que se va aproximando la fecha del parto, cada uno va viviendo la proximidad de una manera distinta.

En nuestro tiempo han cambiado muchas costumbres y muchas tradiciones que vienen desde los orígenes de nuestra fe y se ha trasformado la fiesta de la Navidad en una fiesta social más que conmemoración del recuerdo del Nacimiento de nuestro Salvador. Por eso el Adviento –desde su comienzo- nos recuerda y nos encarrila un poco estas fechas para que cuando llegue el veinticinco de diciembre realmente celebremos y estemos gozosos por aquello que celebramos y, sobre todo, por Aquel que es el Único capaz de llenar nuestro corazón.

Por eso es importante que nos adentremos en estas semanas con toda la sencillez y el cariño del mundo, Comenzando a dirigir la mirada hacia el Salvador, hacia el Señor, hacia Aquel que el día de Navidad san Lucas nos dirá que es el Mesías, el Señor. Con toda sencillez como posando la mirada en el tiempo de Jesús, en los alrededores de Jerusalén y en los de Belén utilizando la imaginación para el bien (la imaginación no es solamente una piedra de tropiezo, también puede ser un instrumento de bien) pensando cómo sería aquel día y como serían estos días en los que María y José andaban caminando hacia Belén para cumplir la orden del Emperador de empadronarse en su lugar de origen.

De alguna manera este tiempo nos ofrece recuperar esa capacidad de soñar, de soñar cómo fue, de soñar lo que hubiera pasado, lo que hubiéramos hecho nosotros estando allí. De soñarnos a nosotros mismos yendo, quizás –¿por qué no?- en una de esas caravanas que iban hacia Belén o hacia Jerusalén, o a Jerusalén pasando por Belén. Imaginarnos a nosotros allí, caminando junto a los camellos y los pollinos y, entre todo, descubrir la familia de Nazaret, María y José.

Es tiempo de soñar. Aunque las televisiones nos pongan especialmente el aspecto comercial con Papá Noel y un montón de historias bonitas, porque la Navidad se ha convertido en una fiesta bonita, aunque –con harta frecuencia- no nos damos cuenta de que lo bonito de la Navidad es el nacimiento de Jesús: El es el que produce la ternura en el corazón del hombre, es el que hace  abrir las puertas del corazón, el que devuelve la vista al ciego… El es el que hace caminar al cojo y cura al leproso, es el que hace cantar a los ángeles en los cielos y es el único que puede hacernos cantar en la tierra con cantos de liberación, con cantos de gozo que llenen nuestro corazón.

El tiempo de Adviento no es solo la preparación en el tiempo que antecede. Es el tiempo para soñar disponiendo nuestro corazón, pensando especialmente en ese Dios que se hace hombre para que el hombre pueda ser Dios. Es el tiempo para soñar y soñar fuertemente que es verdad, que la salvación es posible, que la felicidad del hombre en la tierra a pesar de todo es posible y que la vida tiene un sentido y una razón, aunque a veces el hombre no lo descubra. Es tiempo de soñar que hay mucha más verdad que engaño en este mundo nuestro donde todo parece tan desbaratado, pero que la luz de la Verdad sigue prendida en Jesús, que sigue siendo verdad que aquella noche los ángeles cantaron en los cielos y los pastores escucharon la Palabra de Dios en los ángeles, que es verdad que en ese tiempo María y José caminaron hacia Belén con los sinsabores de una parturienta casi a punto en el último mes de gestación y caminando por los desiertos y caminando de un lugar a otro en la esperanza de que todo fuera como Dios quiere… Que es verdad, que es posible, y es posible para nosotros recordarlo y guardarlo en el corazón.

Yo os recomendaría, pues, que leyerais la Biblia en estos días especialmente en lo que antecede al nacimiento y que la leyéramos con detención, con cariño y con ternura, en la esperanza y con confianza. Esa Palabra es la Verdad que nosotros seguimos necesitando. Abrámosle pues el corazón dispongámosle pues también la casa y vayamos limpiando nuestro interior de todo cuanto nos hace daño, de esas costumbres que nos estropean, de esos haceres cotidianos que a veces nos esclavizan…

Limpiemos nuestra casa interior de todo lo malo para que de verdad brille, como la luz, en nuestro corazón no solamente en estos días. Para que la luz se implante en nuestro corazón y permanezca para siempre.

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Domingo XV Tiempo Ordinario, Ciclo B

Anunciar a los hombres la salvación de Dios

Autor: Padre Alberto María, fmp

Anotaciones a las lecturas:  

Am 7, 12-15;  Sal 84, 9ab-10. 11-12. 13-14;  Ef 1,3-14;   Mc 6, 7-13  

Vivir en el nombre del Señor Jesús, vivir siempre buscando esa unidad con El de tal manera que sea capaz de transformar el mundo.

Hay algo que es claro en nuestro tiempo como lo fue en tiempo de Jesús: los discípulos, en el nombre del Señor, son capaces de transformar el mundo. Solo basta que se lo propongan, que se empeñen en ello y pongan en ello su vida como hizo el Maestro.

Unos transformarán el mudo desde esa búsqueda de la unión con Dios pero siempre abiertos a las necesidades del mundo y sobre todo abiertos al proyecto de salvación de Dios.

Otros lo harán desde la vanguardia de la Iglesia, allá donde está la necesidad en cualquiera de sus dimensiones, porque el Señor confía a sus discípulos la resolución de los males del mundo. Así lo observamos en el pasaje de la Escritura que acabamos de escuchar: los que tenían un enfermedad o andaban necesitados, iban el encuentro de los discípulos y ellos los sanaban.

Pues bien, esa es también nuestra tarea: sanar los corazones afligidos, dar respuesta a los que dudan, dar amor a los que carecen de él, dar esperanza a los desesperados, ser consuelo para el que sufre y ayudar a cubrir y colaborar en cubrir las necesidades de los que no tienen manera de cubrirlas y viven con gran necesidad.

El Señor ha puesto el mundo en manos de los discípulos porque con El somos capaces de transformarlo. Nosotros somos la mirada, los brazos, las manos, los pies de Jesús que recorren el mundo que vivimos y que van de un lado a otro, cuando es necesario, para hacer aquello que corresponde a la vocación a la que hemos sido llamados.

El Evangelio de hoy nos llama a tomar nueva conciencia de nuestra fe y, sobre todo, nueva conciencia de nuestra misión en el mundo.

Que la Palabra del Señor se afirme hoy en nuestro corazón y que nuestros oídos se abran profundamente para escuchar aquello que el Señor quiere conversarnos al corazón. Que el Señor nos muestre cada día la tarea que nos confía para que podamos realizarla y supliquémosle una mirada atenta para poder descubrir la labor que cada día hemos de realizar. A quien debemos de servir, dónde ir, qué decir, qué hacer…

Acojamos la Palabra del Señor con un corazón bien dispuesto porque la razón de nuestra vida, de nuestro caminar cotidiano y de nuestro vivir es anunciar a los hombres la salvación de Dios y que aquel que está en mala condición, -cualquiera que sea su origen- vuelva a la vida.

Hagámoslo pues y busquemos también que los que, de una u otra manera viven próximos a nosotros, descubran y recuerden también esta Palabra del Señor y la misión y vocación que el Señor ha confiado a cada uno para que nuestras tareas no se queden pendientes y nuestro corazón descanse verdaderamente -cada día y en el final de los días-, en la misericordia del Señor.

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Domingo XIII Tiempo Ordinario, Ciclo B

El amor no tiene límites

Autor: Padre Alberto María, fmp
Anotaciones a las lecturas:  

Sb 1, 13-15; 2, 23-24;  Sal 29, 2 y 4. 5 6. 11 y l2a y 13b; 2Cor 8, 7. 9. 13-15;  Mc 5, 21-24. 35b-43

…aquello que construye nuestra vida, construye nuestro ser, construye nuestra esperanza y hace verdad cada día la Palabra de Dios.

A la hija de Jairo le devolvió la vida. Su padre era un hombre bueno, un hombre justo, un hombre que merecía ser atendido, porque era un hombre que amaba a Dios.

Pero a Jesús no le importa solamente que Jairo ame a Dios. Jesús quiere ante todo y sobre todo, en este momento, demostrarnos, darnos a entender, hacernos comprender que el amor de Dios es capaz de cambiar todas nuestras realidades y de vencer la misma muerte, dándonos a entender que realmente  -como dice El Cantar de los Cantares- «el amor es más fuerte que la muerte», el amor de Dios es más fuerte que la muerte y la vence, entregándonos así de nuevo la vida.

Pero esa muerte no es solamente el hecho final de nuestra vida, de nuestra historia, sino también el acontecer diario en el que por mil razones y motivos, con mucha facilidad, nos encontramos ante situaciones que en lugar de darnos vida, amor, paz y esperanza… nos esclavizan a muchas cosas. En muchas ocasiones, nosotros mismos somos nuestro más gran tirano. Nuestro yo, seducido por el mal, nos introduce por caminos nefastos, más de oscuridad que de luz, más de muerte que de vida, y día a día, poco a poco vamos perdiendo la paz, la alegría, el gozo, la esperanza. Y -como dice el libro del Apocalipsis- nos convertimos muchas veces en hombres que tienen nombre como de quien vive pero que en realidad están muertos (Ap 3, 1), porque en su corazón hay demasiadas cosas y falta la más importante, la única necesaria -como también diría Jesús a Marta, hermana de Lázaro.

Necesitamos recuperar «la cosa más necesaria», y esa cosa más necesaria es la vida y es la vida por dentro. El cuerpo puede estar achacoso o puede estar de mil formas, pero la vida por dentro, la vida que nace del amor, que engendra la paz, que engendra la alegría… Paz, alegría y amor que permanecen más allá de cualquier circunstancia. Porque uno puede estar enfermo y tener mucha paz, mucha alegría, mucho amor en su corazón y comunicarlo felizmente a los que le rodean. Otros pueden tener quizás una vida muy sana y no comunicar más bien tensión, ira, coraje, enfado, rechazo, o cualquier otra circunstancia.

Los evangelistas nos proponen el hecho de la curación de la hija de Jairo para que descubramos que el amor de Dios no tiene límites y que así debe ser también el nuestro. Que el amor de Dios vence la muerte y nuestro amor -con el de Dios- también puede vencer el pecado y el mal. Pero también encontramos otras situaciones, como el pasaje de la mujer hemorroisa, que no habla ya de esa muerte ni de esos actos firmes que rompen nuestro corazón, sino de esas otras circunstancias en las que lentamente vamos gastando nuestra fortuna, es decir, vamos consumiendo nuestra vida, la alegría, el gozo, la paz, y lentamente lo vamos perdiendo todo. Es esa otra enfermedad interior, esa otra enfermedad que puede conducirnos a la muerte, pero que va más lenta y más progresiva. Es una situación que se va deteriorando día tras día.

Eso es algo que podemos ver muy claramente en la convivencia entre los hombres: el individualismo es una grave enfermedad. El desear tener y el estar interiormente convencido de tener siempre la razón en todo, es una grave enfermedad. El orgullo es una grave enfermedad. Y así podríamos seguir enumerando situaciones en las que el hombre se desenvuelve y en las que va consumiendo el amor que Dios ha puesto en su corazón. Y en ello va consumiendo la vida y la alegría de vivir.

Pero el problema nunca está, del mismo modo que nos propone el ejemplo de la hemorroísa, nunca está fuera de ella. El problema está en el interior. Los demás no tienen la solución, ni son tampoco causa de esa situación. Y ahí es donde está nuestra gran diferencia o el punto de la enseñanza que nos quiere dar hoy el Señor. Descubrir que esas situaciones y el mal se acopla en nuestra vida, solamente podremos cambiarlo nosotros mismos con la ayuda del Señor.

La hemorroísa puso –primero- mucha esperanza en los médicos. Nosotros ponemos mucha esperanza en los demás, en que cambien los demás, en que cambien las circunstancias, o los acontecimientos, o las causas. El Señor es claro y puso remedio a la enfermedad de esa mujer. Como sigue haciendo hoy, no solamente con las enfermedades del cuerpo sino también con las enfermedades interiores, como decíamos antes, ese individualismo, orgullo, o egoísmo, pero también esas manías, esas obsesiones y preocupaciones que nos encierran dentro de nosotros mismos. De todos esos males nos libró y nos quiere seguir librando el Señor. Pero El nos muestra que El es quien puede darnos y quien puede iluminar de tal manera nuestra vida, quien puede comunicarnos de tal manera su vida… que nuestra enfermedad desaparezca.

Pero, evidentemente, como a la mujer hemorroisa el Señor nos recuerda lo que después diría san Agustín: «Dios que te creó sin ti no te salvará sin ti». Y fue ella la que, descubriendo en Jesús la verdadera solución a su vida, se acercó para tocarle el manto. No fue Jesús quien le tendió el manto. No fue Jesús quien hizo nada especial. Después sí hizo lo especial. Pero el primer paso fue el de la mujer, porque el Señor de alguna manera se puso a su alcance.

También el Señor se pone hoy a nuestro alcance para remediar nuestras enfermedades del cuerpo, del espíritu, del alma. También el Señor se pone a nuestro alcance para que podamos nosotros ir donde El y tocar su manto. Entonces El hará el prodigio. Entonces El hará lo que puede y quiere hacer, como decía aquel leproso que se acercó a Jesús y dijo: «Si quieres, puedes curarme. Y Jesús contestó: Quiero, queda limpio».

Cuando esta mujer se acercó a Jesús y tocó la orla del manto, el borde del manto, tan grande es el amor de Dios que no pudo contenerse ante la demanda de esa mujer, y el amor de Dios sanó la hemorragia sin remedio.

Que la enseñanza que nos da hoy la Palabra de Dios nos lleve también como a la hemorroisa a dar ese primer paso hacia el Señor. Pero un primer paso como el de ella, firme, seguro, convencido… Porque a veces nuestros pasos son como remiendos que -como dice el refrán castellano- «damos una mano a Dios y otra al diablo», al mundo, a la comodidad… Y la gracia del Señor, el amor de Dios no logra encontrar el paso abierto para llegar hasta nosotros.

Como la mujer hemorroisa, fiémonos en el Señor, confiemos plenamente en El, sin barreras, confiemos de verdad y vayamos hacia el Señor. El está a nuestro alcance, salgamos pues a su alcance y vayamos al Señor tendiendo la mano para tocar la orla de su manto.

No se acercó a Jesús y le tocó el hombro como si de iguales se tratara. No se acercó al Señor y como un camarada le dijo: oye…No. Esta mujer con toda la humildad del mundo se acercó a Jesús y tocó la orla del manto, y la orla del manto estaba muy baja, casi en el suelo.

También es importante que aprendamos y que reafirmemos la posición de Dios en nuestra vida como Dios, como Señor, y nuestra posición como hijos pero como hombres, elevados a la categoría de hijo. Busquemos la orla del manto, no vayamos erguidos hacia Dios ni por la vida porque eso no nos lleva a ningún sitio. Acerquémonos para tocar la orla del manto, con humildad, con una entrega confiada y plena, con una donación de nosotros mismos.

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Domingo XII de Tiempo Ordinario, Ciclo B
El Señor nos invita a cruzar a la otra orilla

Autor: Padre Alberto María, fmp

Anotaciones a las lecturas:   

Job 38, 1. 8-11; Sal 106,23-24.25-26.28-29.30-31; 2Cor 5, 14-17; Mc 4, 35-40

Hoy el Señor, al igual que a los discípulos que estaban con El, nos invita a pasar a la otra orilla. La otra orilla que es ese remanso de paz, ese lugar donde el hombre vive de tal manera que su vida es un verdadero «descanso», en la que el hombre sosiega el corazón y vive con alegría.

Pero a nosotros el Señor nos pone en la tesitura de una elección. En el lago de la vida, como en el de Tiberíades, hay dos orillas: En una está la oscuridad, la incertidumbre, la duda, el temor, el estrés, la lucha por el mañana, el intentar asegurar un futuro mejor. Esa orilla está llena de ocupaciones y de pre-ocupaciones. En la otra orilla (a la que nos invita a cruzar el Señor) el sol luce,  la gente es feliz y vive alegre, el descanso del corazón existe, y es posible la paz.

El salto se nos hace difícil. El cruce del lago y la tempestad del lago no son más que el signo de la vida que vivimos, de las dificultades que nosotros encontramos para salir de esta orilla y pasar a la otra. Se trata de las dificultades que genera poner tu confianza en el Señor, las que genera vivir una vida más de acuerdo a las posibilidades personales, las que genera tener un corazón bien dispuesto y amar a los demás. En una palabra, todo lo que es la vida propiamente humana, cuyo modelo nos diseña el Evangelio.

El salto se nos hace difícil. Queremos hacerlo y las circunstancias parece que no nos lo permiten. Queremos perseverar en él y parece que nos falla la constancia. Queremos permanecer firmes en la fe, constantes en el amor y fuertes en la esperanza… y parece que todo se nos ponga en contra y que este mundo nuestro en lugar de arreglarse se estropea, en lugar de salir el sol surge más fuerte la noche.

Así estaban los discípulos -como nosotros- confundidos muchas veces. Sabemos lo que dice el Evangelio pero no lo hacemos. Sabemos lo que debemos de hacer pero no vivimos así. Nos dejamos engañar por muchas cosas, las apariencias nos dominan. Tanto las apariencias «de lo que nos parece que puede ocurrir» y «mantener las apariencias de lo que nosotros queremos que los demás piensen». Como les ocurría a los discípulos, «las tormentas» nos asustan, nos generan dificultades, generan confusión. Como san Pablo, también nosotros experimentamos que «no hago el bien que quiero y hago el mal que no quiero».

Cruzar la orilla siempre tiene sus dificultades. Pero el Señor nos ofrece pensar, descubrir su presencia silenciosa. Lo importante no es tanto que el Señor estuviera dormido o despierto. Lo esencial es la presencia silenciosa de Dios en medio de las dificultades, en medio de las bendiciones, en medio de nuestra vida, porque esa presencia silenciosa es lo que da seguridad a nuestra vida.

La primera de las lecturas nos recuerda el pasaje de Job. La única vez que Job -llegado un momento- se pregunta por qué Dios permite que le pase todo eso. La respuesta del Señor no se hace esperar. Hablando en términos coloquiales nuestros, diríamos que el Señor le contesta: «Yo soy Dios. ¿Tú quien eres para pedirme cuentas a mí? Yo estaba antes de que el mundo existiera. ¿Quién hizo el mar, los ríos? ¿quién hizo toda la Naturaleza? ¿quién hizo las montañas? ¿quién hizo los animales, los árboles, las plantas? Y, cuando hice todas esas cosas, ¿dónde estabas tú?».

Dios es nuestra seguridad. Ese es el equivalente a esa presencia silenciosa de Jesús. ¿Durmiendo? -dice el texto-, sí, esa es la impresión que le da a ellos y a nosotros.

Muchas veces pensamos, opinamos o creemos que Dios está dormido como Jesús en la barca; que no está en nuestros quehaceres, que no se da cuenta de lo que ocurre, que no está donde ocurre el mal y que no está en el corazón de aquel que genera el mal… Pero no, Dios está, pero está silencioso.

Y esa es nuestra seguridad. Si nosotros ponemos realmente nuestra seguridad en Dios que está en la vida del hombre siempre, nuestra vida pasará a la otra orilla: Venceremos las dificultades, se resolverán nuestros conflictos, se resolverán antes o después los del mundo… Porque con la seguridad que Dios está, se pueden mover montañas, mundos y vida, es posible llegar a la otra orilla -como en el pasaje del Evangelio- donde hay paz, donde no hay tormenta, donde no hay vientos, donde se vive en paz.

Cruzar a la otra orilla esa es la invitación de Dios hoy, que crucemos a la otra orilla, a esa vida del hombre en la tierra que es participar de su Reino. Una vida de paz.

Si nos diéramos cuenta lo importante que es vivir en paz, nosotros mismos haríamos porque desaparecieran nuestros conflictos.

Por eso la reflexión de la Palabra, la invitación de Jesús hoy es a cruzar a la otra orilla donde se vive en paz, con alegría, donde se quiere a la gente y donde se goza y se disfruta de vivir. Y para ello por más que se haga noche en nuestra vida, tenemos la garantía y la seguridad de que es posible porque Dios está, aunque sea silencioso.

Pero -como ocurre en el pasaje del Evangelio- en cualquier momento, se lo digamos nosotros o no, El hace notar su presencia y es capaz de calmar los vientos y las tempestades -cualesquiera que sean- dentro o fuera de nosotros mismos, en nuestro entorno o con aquellos que nos rodean. No importa. Dios es capaz. Parece silencioso, parece dormido. Pero está callado, pero no inactivo -como le dice el Señor a Job- «Yo estaba al principio de todo y Yo hice todas las cosas».

Podríamos añadir nosotros hoy: ¿no puede hacer también todo lo que nosotros realmente necesitamos? ¿todo lo que necesita nuestro mundo? Aunque parezca que está silencioso, Dios está. Confiemos en El, esperemos en El y crucemos, lancémonos a cruzar a la otra orilla, a esa vida de la que nos habla el Evangelio.

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Domingo VIII del Tiempo Ordinario, Ciclo B

Un cambio de actitud interior

Autor: Padre Alberto María, fmp

Anotaciones a las lecturas: 

Os 16b.17b. 21-22; Sal 102,1-2. 3-4. 8 y 10. 12-13; 2Cor 3, 1b-6; Mc 2, 18-22

Estamos ya en vísperas de la Cuaresma, el camino que nos conduce hacia la Pascua y la Palabra de Dios ya nos comienza a invitar al cambio. Cambio de actitud frente a la vida, cambio de actitud frente a Dios, cambio de actitud frente los hombres, cambio de actitud frente al mundo.

¿Quién conoce al hombre mejor y más que Dios, quién es capaz de penetrar la realidad de nuestros corazones más que Dios? Ni siquiera nosotros mismos. Porque cuando a veces queremos penetrar nuestras realidades interiores, las afrontamos con temor, con inseguridad, con incertidumbre. Muchas veces las afrontamos con un miedo inconsciente a reconocer nuestra flaqueza, a reconocer nuestros errores.

El Señor se encuentra sin prejuicios con nuestra interioridad, mientras que nosotros solemos enfrentarnos a nuestro hombre interior con bastantes prejuicios. Unos prejuicios causados por el pecado, por el error, por el mal, y otros prejuicios por falta de aceptación de nuestras flaquezas y de nuestros errores y de nuestros tropiezos y caídas. Pero el Señor, que está más dentro de nosotros que nosotros mismos, se enfrenta a nuestra realidad tal y cual es, conociéndola bien y amándonos con ese amor entrañable y profundo que nos invita a un cambio.

Un cambio de actitud interior frente a Dios, frente a la vida, frente al mundo y frente a uno mismo. Un cambio interior que va más allá de las pequeñas cosas con las que nos enfrentamos cada día. Un cambio interior que supone una profunda revisión de nuestros esquemas, de nuestra vida cotidiana: Dios es el primero y, desde Dios, contempla todo el mundo que te rodea.

Si Dios es el primero y no tienes más mirada que para Dios, en los ojos de Dios -hablando en lo humano- en las pupilas de los ojos de Dios vas a ver reflejados a los hombres pero tal como son, tal como El nos ve.

Esto quizás podamos comprenderlo mejor recordando el ejemplo de la tilma de San Juan Diego, que, cuando fue a presentarse al arzobispo siguiendo las instrucciones de la Virgen de Guadalupe, al extender la tilma o poncho y dejar caer las flores objeto del milagro de la Virgen, apareció grabada la imagen de la misma Virgen estampada en la tilma de Juan Diego. Pero, como se descubrió en la investigación de la Nasa, en las pupilas de los ojos de la Virgen grabada en la tilma, estaban impresas las personas que estaban presentes en ese momento. Eso solamente puede ocurrir en un ser vivo, evidentemente, porque solamente un ser vivo es capaz de reflejar lo que contemplan.

Es lo mismo que nos ocurre con el Señor. Si nosotros miramos directamente al mundo que nos rodea, evidentemente veremos muchas catástrofes y muchos desastres y, también ¡cómo no! algunas buenas cosas. Si nosotros miramos las realidades del mundo con los ojos de Dios descubriremos el trasfondo divino que sigue habiendo en el mundo, que sigue habiendo más allá de las acciones de los hombres, más allá de sus errores, más allá de sus pecados, más allá de las profundas transgresiones al amor que podemos hacer los seres humanos, y entonces amaremos al mundo a pesar de las realidades.

Por eso necesitamos mirar con los ojos de Dios. Necesitamos poner a Dios en el primer punto de nuestra mirada, mirar a Dios constantemente porque así nosotros aprenderemos a descubrir el amor que las personas y las cosas encierran, aunque tengamos -como el publicano de la parábola de Jesús- aunque tengamos que comenzar reconociendo que somos pecadores, que hemos hecho mal esto, que hacemos mal lo otro, que tenemos miedo a entregarnos en las manos del Señor, que tenemos miedo a tales situaciones o que hemos pecado en tales otras.

Porque Dios -hablando en lo humano- no mira ninguna de esas cuestiones nuestras con calor, ni con sentimiento alguno. Dios descubre en ellas nuestras flaquezas, nuestras debilidades y las contempla con amor.

Quizás nos falte experiencia en contemplar las debilidades con amor. Quizás no seamos capaces de contemplar las debilidades con ternura y con misericordia sobre todo. Quizás no seamos capaces, hemos perdido la costumbre de contemplar el pecado ajeno o el daño ajeno o el mal ajeno con misericordia. Por eso nos cuesta entender que Dios mire nuestras flaquezas y nuestros pecados también con misericordia y por eso nos cuesta mucho mirar a los demás con misericordia.

Y nuestro adversario «el diablo [que] como león rugiente anda buscando a quien devorar» -como dice san Pedro- también aprovecha esas oportunidades para conducirnos -lejos de la misericordia- hasta las áreas del juicio o la condena.
Por eso nuestro mundo tiene tantos problemas: porque ha olvidado mirar a Dios. Y mirar el mundo, y la vida y la tierra y a mirar los hombres… desde los ojos de Dios. Nuestro mundo ha olvidado eso.

Por eso el Señor hoy nos dice: ¡cambiad de actitud, cambiad, cambiad, cambiad! El Señor quiere darnos un vino nuevo. Cambiad de actitud para que nuestro corazón -lejos de situaciones presentes- se adentre en mirar a Dios y descubrir en los ojos de Dios la vida de los hombres del mundo. ¡Cambiad vuestra actitud, volved al camino de Dios, poned las cosas en su sitio, no dejéis que la mirada defectuosa sea la causa de vuestros males muchas veces! ¡Cambiad de actitud! No tratéis solamente de decir verdad cuando decís mentira. No. ¡Cambiad la raíz de vuestra vida! Cuando se muere la rama de un árbol no basta con cortarla y poner una nueva. Es necesario mirar donde está la causa que produce ese daño, y cortarla, no es posible poner parches, que es lo que trata de decirnos el evangelio de hoy: no queráis poner parches a vuestras situaciones de forma que os mantengáis donde estáis en la vida, sin descubrir que esa no es la manera que Dios tiene para vosotros.

«Es que me van bien las cosas. No puedo quejarme de la vida –afirmamos-. Tengo dificultades como todos. Tengo frustraciones y cosas que no han salido bien pues, igual, como todos. Tengo…» y nosotros mismos nos justificamos nuestras situaciones presentes y tendemos a quedarnos inmóviles. Y a medida que nuestros «músculos» espirituales y humanos permanecen inmóviles, nuestra vida se va anquilosando, los músculos se van endureciendo, nuestro cuerpo va quedándose estático y nuestra vida languideciendo… y comienzan a rondarnos complicaciones, a rondarnos la tristeza, la desazón, el desánimo, las ganas de… porque «no vale la pena luchar», “«porque siempre estoy lo mismo, siempre estoy igual». Una idea de buscarnos la vida al margen de la voluntad de Dios, al margen de lo que Dios nos propone.
Por eso Jesús nos insiste: ¡Cambiad de actitud. Entrad en la cuaresma con un espíritu de cambio!

Y, para cambiar, para que realmente se produzca un cambio completo en nuestra vida, en las más pequeñas de nuestras cosas, el Señor nos propone comenzar con una actitud profunda y constante. Estar dispuestos a luchar por mantener en pie esa actitud de cambio, ese cambio de raíz mirando las cosas desde Dios; porque yo sé que Dios es el único que va a conducirme por el camino de la vida y de la verdad.

Para ello el Señor nos da hoy su Palabra que nos conduce a la vida y a la verdad. Y por ello nos reúne en su Iglesia, porque es en la Iglesia donde se nos hace manifiesta la Palabra y la Verdad del camino de Jesús. Porque si no caminamos con la palabra, bajo el cuidado de la Iglesia, podemos andar de francotiradores por la vida dándonos tartarazos por todas partes …

Por eso el Señor nos insiste: Cambia, cambia bajo el signo del amor -como nos enseña la primera de las lecturas-, cambia poniendo tu mirada en la mirada de Dios. Verás las cosas diferentes. Podrás hacerles frente porque sabrás por donde ir. Podrás sacar fuerzas de tu debilidad. Y sobre todo, Dios podrá hacer en ti lo que ni tú mismo puedes hacer en ti.

Pero, como siempre, es necesario querer cambiar. El Señor no llega donde nosotros no queremos. Porque el Señor nunca va a transgredir la barrera de tu libertad. Nunca. Aunque a veces a nosotros nos gustara que la transgrediera, porque nos resulta más fácil que el Señor se saltara por encima nuestra libertad e interviniera como fuera en nuestras vidas porque tenemos la certeza de que siempre sería para bien. Pero el primer distintivo del amor, es la libertad que Dios ha dado al hombre.

Por eso el Señor nos llama -desde su amor- a que cambiemos. A que cambiemos de actitud para disponernos a un cambio más completo. A que cambiemos de actitud para que nos dispongamos a un cambio que abarque todas y cada una de las áreas de nuestra vida.
Cambiemos de actitud para hacer frente a una vida nueva que nacerá -si Dios quiere y nosotros le dejamos- en la Pascua de Resurrección.
Tenemos una posibilidad increíble en esta Eucaristía, en la que el Señor se hace presente para hacer posible en nosotros hasta donde alcanza nuestra fe.
Isabel le dijo a María: «Bendita tú que has creído, porque lo que ha dicho el Señor se cumplirá». Pues bien, el Señor ha dicho: el que se cumpla va a depender de nuestra actitud. De que le abramos el corazón por confianza en el Señor, le abramos el corazón sin recovecos para que El pueda, entrar.
Digámosle, pues, al Señor que haga que nosotros creamos que es así. Y creamos, confiemos en el Señor.

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