Publicado en meditación

Ambas tienen «doce años» (meditación)

(sobre el Evangelio del Domingo 28 de junio de 2015: Mc 5, 21-43)

The Daughter of Jairus - James Tissot - Brooklyn Museum

Imagen: The Daughter of Jairus – James Tissot – Brooklyn Museum 

Tal como ocurriera con los dos sueños del Faraón que José discernió,  las dos mujeres que el Evangelio de este Domingo nos presenta son en realidad “una sola persona”. Eres tú. Somos cada uno de nosotros. De ninguna de las dos nos ofrece San Marcos su nombre. Pongamos el nuestro, sintámonos aludidos, interpelados, por la Palabra.

Ambas mujeres tienen entre sí un triple nexo que nos permite identificarlas como un solo mensaje del Señor.

Por una parte, San Marcos nos presenta “trenzadas” las dos sanaciones: Jesús va pasando de una a la otra alternativamente.

Por otra parte, ambas “cuentan” 12 años. Pareciera que el Evangelista hubiera “subrayado” en rojo este detalle. Abundemos en él. La mujer enferma lleva 12 años “perdiendo vida”. La sangre es signo de vida en el contexto bíblico. Curiosamente, 2000 años después, en las campañas de donación de sangre uno de los lemas es “donar sangre es donar vida”. Y así es.

Ella se ha gastado su fortuna en tratamientos que, a la postre, no sólo han resultado infructuosos, sino que han empeorado su estado. Aterricemos: en nuestra vida hay muchas heridas emocionales y situaciones dolorosas por las que vamos “perdiendo” alegría, paz, bondad, etc… Se nos va la “vida… en el Espíritu”, se nos van los frutos. “Se nos va la vida”, solemos decir ante un golpe de calor estival. Muchas veces nos acostumbramos a confiar demasiado en nuestro propios recursos y experiencia vital para salir del atolladero, porque nos cuesta pedir ayuda. Es como su tuviéramos frío y en lugar de buscar el calor del hermano, quisiéramos “reinventar” el fuego.

Hay diferencia entre ver y mirar, entre oír y escuchar. Tampoco es lo mismo apretujar que tocar. La multitud que apretuja al Maestro nos recuerda a nosotros mismos cuando estamos con el Señor sólo “emocionalmente”, cuando estamos en la Eucaristía “de cuerpo presente”, sin darnos cuenta de la Presencia. Cuando leemos mucho sobre el Evangelio, pero no terminamos de sumergirnos en el Evangelio. Cuando lamentamos lo mal que va el mundo en lugar de dar gracias a Dios “siempre y en todo lugar, porque es justo y necesario”.

Ella toca la orla del manto, es decir la parte de su túnica aparentemente más “alejada” de la mirada del Señor. La túnica representa la Iglesia misma, que “reviste” al Señor y le hace visible en el mundo. El testimonio de aquella mujer nos recuerda que el Amor del Señor nos puede sanar sólo con que “toquemos” levemente cualquiera de las piedras vivas que la formamos. Tocar es abrazar, es expresar el amor fraterno. Es como la “caricia del Papa” que el Beato Juan XXIII regaló a los padres para sus niños, en el famoso discurso de la Luna la noche inaugural del Concilio.

La hija de Jairo representa nuestra vida en Cristo, nuestro primer amor con el Señor. La joven lleva casi 2000 años teniendo doce, porque la obra de Dios en cada uno de nosotros no envejece. Es como dicen los Padres Orientales de la Iglesia refiriéndose al corazón interior: Nuestra porción de vida eterna, el “lugar” genuino de nuestra semejanza con Dios.

Jairo, jefe de la sinagoga, representa a la Iglesia, que intercede al Señor por todos los hombres y por cada uno de sus hijos, seamos o no conscientes de ello. La niña, en efecto, no es consciente, no puede salir a pedir ayuda. Cuando los amigos de Jairo comentan a éste que ya no hace falta “molestar“ al Maestro, no es difícil aventurar la frase siguiente: “Jesús no ha llegado a tiempo, estaba atendiendo a esta otra señora”. Son los mismos parientes que alternan el llanto desconsolado por la joven difunta con la risa burlesca ante el diagnóstico del Señor: “La niña está dormida”. Ellos representan nuestros sentimientos desbocados, variables, cuando les falta el dominio de sí que los gobierne como el imán a las limaduras de hierro. Pero Jairo confía y deja en manos del Señor a su pequeña. San Marcos no nos dice su nombre, pero en el nombre de su padre está escrita la obra que va a hacer el Señor en ella, porque Jairo deriva de Yag´ir, que significa  “Dios iluminará”.

En efecto, nuestra fe no está muerta, está dormida. Los “parientes” ya tienen la siguiente pregunta preparada: “Si está dormida, ¿por qué a nadie se le ocurrió despertarla? ¿Acaso Jairo o su esposa no hubieran podido tocarle en el brazo levemente?” No, porque de ese sueño sólo puede despertarnos la Voz de Cristo. Por eso, cuando sentimos dormido el ánimo y deprimido el corazón sólo la escucha de la Palabra puede hacernos llegar el Talitha kumi”. Es cierto que también podemos rechazar el diagnóstico del Médico y certificar nuestra desesperanza, como forenses de nosotros mismos. Aun así, a los tres días nos daremos cuenta con asombro de que nuestra “hija de Jairo” no sufre descomposición alguna. Nos daremos cuenta de que nuestra esperanza está viva, pero dormida. Está dormida, pero muy viva.

El lenguaje coloquial viene a iluminar esta realidad con pintoresca gracia: Tras una jornada de fatigoso trabajo solemos decir: “Estoy muerto de cansancio”. Y no nos damos cuenta de que un difunto no experimenta cansancio alguno, al contrario, goza de descanso perfecto. Saquémosle punta a la frase citada: Cuanto más grande es el cansancio experimentado más vivos estamos, más nos hemos apasionado en el trabajo. En clave de Evangelio, los caminos de Dios son distintos de los nuestros, porque cuanto más nos hemos desgastado por los hermanos, más vivos estamos, y más vivos nos sentimos. Cuanto más ha ardido nuestra zarza con el fuego del amor de Dios, más ligera navega la savia del Espíritu por nuestras ramas.

El tercer nexo entre las dos mujeres de Marcos 5, 21-43 es que ambas tienen un encuentro personal con el Maestro. La mujer sanada es la única que le ha “tocado”. La orla del manto  puede ser cualquier cosa, por pequeña que sea, de la que el Señor se sirve para mostrarnos su presencia en lo cotidiano. Para Blaise Pascal fueron unas notas de órgano, para la Madre Teresa la llamada de un mendigo. La clave está en atreverse a creer que el Señor está palpitante en cada orla de su manto. Ella lo creyó… y así fue.

Y en cuanto a la joven, muchos hablaban de ella, pero sólo Jesús le habló a ella. Y después de despertarla tuvo la emocionante delicadeza de pedir que le dieran de comer. Ahí ha dejado escrita una ulterior exhortación para nosotros: Cuando el Amor de Dios nos saca de nuestra postración, depresión y melancolía, hemos de alimentar a la hija de Jairo, hemos de robustecer nuestra dieta espiritual con los sacramentos, la Palabra, la vida fraterna, etc… Hemos, en suma, de vivir como hijos resucitados.

scrivivente firma trans

Anuncios
Publicado en evangelio

LAUDATO SI’

Buenas noticias de «hoy»

Un acercamiento audiovisual a la Encíclica del Papa Francisco.

Haz click aquí para acceder al documento en la web del Vaticano

Carta Encíclica LAUDATO SI’ del Papa Francisco sobre el cuidado de la casa común

(lo puedes ver también en PENSAMIENTOS Y NOTICIASBUENAS NOTICIAS DE «HOY»)

Publicado en relato breve

La telaraña (relato breve)

human-740739_1280 333

La afanosa araña Pholcus estiraba y contraía sus largas y delgadas patas para descansar de su labor artesana en el telar. Una vez más había podido restaurar la telaraña tras la periódica limpieza general que “ella” hacía en la habitación de la “pequeña ella”.

Sin saberlo, Pholcus había aprendido de la experiencia. Estrenaba un rincón más protegido, entre el ropero y el estante junto a la columna. Una vez tejida la telaraña, y antes de que el cotidiano rayo de sol transfigurase cada mañana la tulipa de la lamparita de noche, Pholcus iniciaba su breve viaje de exploración por la estancia, descendiendo por un filamento que le hacía de liana. Su curiosidad era más larga que las 8 patitas articuladas que flanqueaban su cuerpo. La tulipa soleada era la señal de que “ella” iba a entrar a limpiar la habitación y había que ponerse a resguardo.

Aquel día le sorprendió que fuera la “pequeña ella” quien llegase con el trapo del polvo y el plumero. Desde su atalaya del rincón descubrió dolor en los ojos de la niña, brillantes por las dos gotas de lluvia que se deslizaban por sus mejillas pecosas.

Era una araña distinta. Su convivencia con los humanos había sido el medio para darse cuenta de que la vida era algo más que tejer, capturar mosquitos y protegerse de estos seres grandes de larga cabellera rubia. Otros pequeños vecinos del jardín le persuadían sobre el valor y la seguridad de la bendita rutina biológica, pero Pholcus no podía apartase de la contemplación de sus vecinas humanas, atenta a la convivencia entre “ella” y la “pequeña ella”. Cuando las veía juntas en la estancia, a veces hablaban, a veces llovía en sus mejillas, a veces se abrazaban. La “pequeña ella” pasaba mucho más tiempo allí. Era su estancia.

Un día, al descender por su liana, Pholcus aterrizó en una superficie nueva, que la brisa de rendija agitaba suavemente. Era un libro de Biología abierto. Bajo sus delgadas patas le sostenía la enorme foto de una araña como ella.

– ¡Es como yo! -pensó Pholcus, aun sin poder leer el pie de foto, que rezaba: «Originaria de una especie restringida a zonas templadas del paleártico occidental, gracias a los humanos, la araña Pholcus phalangioides está repartida por todo el mundo. Es capaz de vivir en climas fríos, y por tanto, se limita a vivir en casas sólo en algunas zonas».

Gracias a su capacidad de aventura había aprendido algo nuevo sobre sí misma al acercarse al mundo de su joven compañera de habitación, la “pequeña ella“.

A base de mirar y mirar la foto del libro, Pholcus aprendió a descubrir lo invisible, lo que se ignora por no espabilar la mirada por los mil detalles de cada cosa. Fue así como se fijó en lo que había debajo de la telaraña de la foto: la imagen sonriente de una “ella” que miraba complacida el telar de su inmóvil congénere.

En poco tiempo se vio inundada por una catarata exponencial de conocimiento. Las pequeñas aventuras y descubrimientos de esos días iban encajando unas en otros y unos en otras: la tulipa soleada dejó de ser signo de alerta para convertirse en parábola de la luz que había entre sus vecinas cuando sonreían pero, sobre todo, cuando se sonreían mutuamente..

Descubrió que la penumbra en los rostros humanos era dolor. Descubrió que a cada una le dolía la otra cuando no sonreían. Y descubrió que podía hacer algo, que estaba en sus manos -quería decir, en sus patas- ayudarles a “resonreír”.
En seguida comenzó a tejer con pasión infatigable en su telar segregado. Fue redirigiendo las lianas en un intrincado diseño. De rato en rato debía bajar hacia el libro para contemplar desde lejos el resultado de sus desvelos. Y con la ilusión creciente ante el impredecible instante en que ambas “ellas” descubriesen su tapiz de araña.

– ¡No! -se dijo Pholcus agitando las patitas como los dedos de un pianista antes del concierto-. ¡Yo se lo mostraré cuando llegue el momento!

Y el momento no podía ser más oportuno. Ambas entraron súbitamente en la estancia de la “pequeña ella” mientras Pholcus estaba a medio camino ascendente de su telar. La tulipa no se había soleado porque fuera, en la calle, estaba tan nublado como el encuentro entre madre e hija. Ambas levantaban la voz y tenían penumbra en el rostro.

Ambas dejaron al alimón su tormenta mutua al apreciar a la zancuda araña trepando con presteza. Sus miradas convergieron en la telaraña, al mismo tiempo que un perezoso rayo de sol rasgaba la nube y recorría con hermosa e inesperada puntualidad la paciente y minuciosa obra que Pholcus había casi terminado entre el ropero y el estante junto a la columna.

-¡Dios mío, mamá! -desmesuró la niña- ¿Has visto eso?

-Hija mía, cariño -le hablaban las lágrimas, regando su sonrisa renacida.

Incapaces de deshacer su abrazo nuevo y de mover sus ojos de aquel prodigio, ambas contemplaban con asombro en aquella densa telaraña el retrato de sus rostros, mirándose con cariño la una a la otra.

La pequeña Pholcus había descubierto que más allá de la confortable y segura rutina biológica había mucho que ofrecer. En lugar de una trampa para capturar mosquitos había tejido una trampa para espantar penumbras.

-¡Mira, mamá!, la araña es una Pholcus -sonrió la niña mirando el libro de Biología abierto.

-¡No sabía que … ! ¿Será posible que…?

Por primera vez la pequeña artesana había escuchado su nombre, y así lo guardó con cariño en su crecida memoria.

La telaraña -perdón, el retrato de madre e hija sonriéndose- permaneció en el rincón mucho tiempo. Y ahí sigue.

Pholcus vive y sigue aprendiendo. Vive y teje protegida por el sol que ilumina la tulipa pero, sobre todo, por la sonrisa entre madre e hija. Y es que una sola sonrisa vence todas las penumbras.

scrivivente firma trans

Publicado en taller de palabras

«Cantimplorar» (taller de palabras)

«Taller de palabras»

«Propondré mi problema al son de la cítara» (Salmo 48, 5)

cantimplorarPronunciar una palabra es algo así como pedirle que nos hable de sí misma y, a la vez, escuchar cómo se agitan sus letras para dejar fluir la feliz trastienda de su etimología. Hoy nos hemos fijado en la palabra «cantimplora».

Al beber tanto de la cantimplora como de la palabra que la identifica, pareciera agitarse de derecha a izquierda la letra “i”. Veamos lo que han dicho de ella voces autorizadas:

La RAE nos aporta que la voz viene del catalán y se refiere a un frasco de metal aplanado y revestido de material aislante para llevar la bebida”. “Canta y llora”, parece ser el ruido que hace cuando se vacía.

Por otra parte, según explica Coromines en el Breve diccionario etimológico de la lengua castellana, procede de la expresión canta i plora (en catalán ‘canta y llora’). Los hablantes que empezaron a utilizar esta denominación creyeron percibir una semejanza entre el ruido que hacía el agua en el recipiente y el sonido, unas veces, de las canciones, y otras, del llanto. Lo leemos en el blog de Alberto Bustoscantimplora

Por nuestra parte, al saludar a la letra “i” descubrimos que además de su labor como conjunción copulativa, se deja unir a la parte final de la palabra, dando como resultado un significado por añadidura -en lugar de “canta i plora”, “canta e implora”– en el que podemos ver condensado el versículo con el que encabezamos esta pequeña aventura artesana de hoy. A saber: canta e implora, o sea, canta implorando o, mejor, implora cantando.

Las palabras “orar” y “llorar” comparten no pocas letras. Leerlas juntas nos sugiere que la oración da sentido al llanto, lo hace fecundo, como riego para la semilla de esperanza que late en cada dolor.

La palabra añade ese “sabor” nuevo al agua que escancia la propia cantimplora. Nos enseña esto: “al orar no le cuentes a Dios tu problema, más bien ‘cántaselo’, proponiéndolo a Su misericordia en alabanza, en acción de gracias por la luz que ya te está dando para ponerle remedio, y por todo lo bueno que Él está haciendo en ti a través de ello”.

¿Y si acompañamos el agua con algo sólido a modo de ejemplo? El cacao nos vale. Sin la “amargura” del cacao no se puede elaborar el sabroso y dulce chocolate. Las amarguras de la vida tienen sentido cuando sabemos elaborar con ellas la madurez de la dulzura, y la dulzura de la madurez.

Recapitulando, pidiendo disculpas a la RAE por el atrevimiento, dejamos apuntada “a lápiz” esta nueva palabra:

«Cantimplorar»
Dícese de la acción de implorar cantando. Es proponer a Dios nuestro problema al son de la cítara. ¡Bien templada, claro!

(esta entrada está también en el “Taller de palabras”)

Publicado en poesía

Teresa de Jesús, y Él de Teresa (soneto)

book-2115176_1280

Tu verbo huele siempre a tinta nueva,
sembrada en pergamino veterano.
Quinientos años van entre tu mano
y mi alma que hoy, leyéndote, se eleva.

Mirándote ser Suyo yo me mueva
y parta hacia Su amor divino-humano,
que haga de mi vida un lar hermano
do sólo Dios nos baste aunque no llueva.

Contigo, madre santa, a Dios ensalzo
por ser tus manuscritos un “Carmelo”
recién fundado encima de mi mesa,

Betania para Dios, donde Él, descalzo,
descansa en tu amistad, y tú en Su celo,
Teresa de Jesús, y Él de Teresa.

                                 scrivivente firma trans grande 222