El ascensor

Laia pulsó el botón de llamada del ascensor. La luz verde fue pasando como el testigo, de atleta en atleta, desde el 0 al 7.

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El leve retraso habitual de la maquinaria en la última etapa le hizo recordar a Laia su impenitente hábito de dejar siempre para el último día el estudio del parcial de filosofía. Se le resistía la asignatura, porque no acababa de verle la utilidad. A base de memorizar, sin luchar un ápice por entender, había logrado aprobar el último con…

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El ascensor le recordó la nota con un guiño de complicidad. Una complicidad que no acababa de encontrar con Henri Bergson, el filósofo francés al que había recibido de mala gana entre la mesa y el flexo. El “filósofo de la intuición” parecía desmontarle su meticulosa manera de vivir, calculándolo todo.

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La lucecita verde encendida al paso por el quinto piso le recordó que debía poner los cinco sentidos en el examen de hoy. Le entró por la ventana de los ojos un regalo en forma de cifra. Una oportuna regla mnemotécnica: compartía con Monsieur Bergson la fecha de cumpleaños, el…

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… de enero. Y en cuatro palabras se le quedó grabada la frase clave de la filosofía de su “mellizo”: La cuestión del tiempo. El tiempo real, vivido, no puede entrar en las fórmulas de las ciencias, porque éstas se interesan solamente en lo que es susceptible de medida.

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Se había pasado dos pisos acariciando esta idea. Una pequeña “eternidad”. Estaba empezando a comprender a Henri. Al brillar en verde el “0” de la planta baja comprendió dos cosas más muy hermosas:

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Que la clave para saborear el tiempo está en vivir intensamente cada minuto, como el había hecho en el último bajando por el ascensor. En un minuto había aprendido toda una lección de filosofía práctica.
– “¡Bajando por el ascensor!”
Dejó que el escurridizo contrasentido de esta frase le dejase el segundo regalo del día. Un descubrimiento de lengua española: es curioso que su autobús vertical no se llamase también “descensor”, o ambas cosas. ”¿Por qué se le llama, pues, ascensor?”
Al escuchar cómo otro vecino había convocado a la máquina hacia arriba cayó en la cuenta: el viaje en ascensor siempre es de ida y vuelta. Y la vuelta es lo importante. Su función es ascenderla cada día de vuelta a casa, con su familia. En casa se comprende mejor que en ningún sitio la cuestión del tiempo. En casa se vive.

                                                                                                       FIN

scrivivente firma def

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