El Club de los monaguillos del padre Brown (relato breve)

 

Un pequeño homenaje a Benedicto XVI, Papa emérito y “abuelo” sabio de nuestra enorme Familia, en su 65º aniversario de ordenación sacerdotal.

—¡Corre! —Soltó sin preámbulos, casi sin aliento.

El niño levantó la vista de su novela del Padre Brown. Parecióle que la frase imperativa había saltado de la página para urgirle a atender al anciano sacerdote que cruzaba con fatiga el umbral del despacho parroquial. Su rostro desencajado denotaba una gran angustia.

—¡Don Cosme! ¿Le ocurre algo? ¿Se encuentra bien?

La pregunta era sólo una parte de su desvelo por atenderle. Le hizo sentar en el sillón de veterano tapizado en skai marrón, le trajo un vaso de agua y le abanicó con la hoja parroquial. El chaval siempre estaba atento cuando la fragilidad del venerable coadjutor así lo requería.

—¿Sabes dónde está don Álvaro, Benditín? —acertó a preguntar por fin el atribulado pastor.

—Voy a buscarle en seguida, no se apure.

El diligente monaguillo no salió sin antes depositar un beso en la mano surcada de artrosis y amor a la Eucaristía. Benditín intuía que serían necesarios para la ocasión los servicios de su equipo: Mei, Olé y él mismo, monaguillos “titulares” de la parroquia, y sus mascotas respectivas “Sasha”, “Remy” y “Serafín”.

“Sasha”, un despierto labrador de 6 años era el perrito de la manresana Remei Trueta. “Remy”, hámster supersónico, era la mascota del jerezano Manolete Lucía. Y el más pequeño del club era “Serafín”, el canario de Benditín.

Benditín

El niño había hecho gala de notable puntería para venir al mundo. En la tarde del martes 19 de abril de 2005, exactamente a las seis menos diez, nacían a la vez un niño y un Papa.

A la misma hora de la fumata blanca que señalaba la elección de Benedicto XVI, venía al mundo, desde el cónclave de la familia Domuiño Mateiro, un pequeño y vivaz rapazuelo, que abrió los ojos de par en par cuando las campanas de toda Ribadavia tañían movidas por la brisa vaticana.

—El niño se ha de llamar como el nuevo Papa —ensayó la abuela Bieita.

A todos pareció oportuno el rumbo, a la espera de un predecible “Xoan Paulo”. Cuando supieron el nombre elegido empezaron las disquisiciones para encontrar un diminutivo acorde con la estatura de un niño. Beni, Bene, Beniño, Dicto, fueron descartados sucesivamente.

Al acaecer el tercer cumpleaños del rapaz, le fue regalado un alado amiguito. El canario mostró desde muy temprano una inagotable creatividad en sus trinos. Incluso aprendió a emular el sonido del teléfono, con no pocos y graciosos equívocos como fruto.

—Esto será el fin de nuestra cordura —repetía Carmiña, la mamá.

—¡Has dado en el clavo, hija! Ya tenemos nombre para el pajarillo —compuso la abuela—. “Será el fin”… Serafín… ¡Serafín!

Fue “Serafín” precisamente el encargado de acuñar el diminutivo agraciado en la enésima conversación familiar sobre el tema:

—Prrrrrriiiiiii… bdtiiiiin… bditiiiiín… prrrriiiiiit…

—¿Benditín? ¡Está diciendo Benditín! —el niño sonrió asintiendo a la entusiasta traducción de la abuela.

la sillita lápices

«Alguien muy querido para usted va a ser secuestrado en breve, y su vida peligrará. Vaya a las ruinas de la Ermita del Prado y encontrará nuevas instrucciones. No acuda a la policía…».

Álvaro tuvo que asistir a su asustado coadjutor en la lectura del inquietante mensaje, escrito con perfecta caligrafía, como de imprenta. El párroco dejó que el papel circulara por las manos de sus tres monaguillos.

—Está escrito con “rotring” y letras de molde —aseveró Mei—. Mi hermano Jordi lo usa en sus estudios de arquitectura.

—Y yo añadiría que ha sido escrito en dos momentos diferentes. Se nota porque las letras de “Vaya” son más gruesas, como con más tinta, y …

—Y ha cometío una redun… redundancia —completó Olé—. Ha repetío la palabra “instruccioneh”.

—Parece una amenaza mitad improvisada mitad calculada, ¿no os parece? Pero no podemos confiar demasiado en esa fragilidad —concluyó el cura.

El mensaje no exigía que don Cosme fuera solo, así que se presentaron los 8. El olfato de “Sasha” reconoció el olor a tinta: en un rincón de la hornacina vacía, que otrora ocupara el Sagrario, esperaba el segundo mensaje.

«El más querido es el más pequeño. El más poderoso es el más vulnerable» —leyó Mei, con “Serafín” sobre su hombro.

Olé

Esto paece máh una gymcana que una invehtigación —todos degustaron la ocurrencia de Olé.

Menudo y vivaz como su hámster, Manolete “Olé” Lucía tenía el pelo de rebelde azabache e ingenio y simpatía jerezana a raudales.

la sillita lápices

Las hiedras abrazaban con descuidada desmesura algunos de los muros incompletos de la antigua Ermita. Restos de velas consumidas daban testimonio de oraciones pretéritas. Todo el lugar inspiraba la ternura del desvalimiento, hasta el punto que daban ganas de consolar a las piedras. Como esculpiendo en voz un pensamiento coral, Mei ofreció una nueva “traducción” del mensaje inicial:

—No es una amenaza de secuestro. ¡Es una llamada de auxilio! El autor o autora quiere evitar lo que va a ocurrir aquí, pero tiene miedo de revelar más por alguna causa. Por eso escribe como en clave.

Mei

Espigada y pelirroja, Mei parecía retirarse dentro de sus gafas redondas cuando meditaba. Siempre sonreía al hablar. Una frase de Olé fue admitida por todos como el mejor retrato de su amiga:

—¡Cuando da en el clavo, a Mei se le encienden las 17 pecas de sus mofletes!

la sillita lápices

Álvaro les instó a orar unos minutos para afilar sus ojos investigadores. “Sasha”, acostumbrado a que Mei bendijera todos los días su escudilla de pienso, se sentó a un lado. “Remy” se afincó en el lomo del labrador mientras “Serafín” aferraba el palito que el can sostenía con la boca para él. Fue el hámster el que alertó a todos. Su escurridizo olfato había encontrado algo: con las patitas delanteras les traía un trozo de papel. Las pocas letras supervivientes no ofrecían duda: “San Dimas, arte..nía litúrg… Rúa Nova, 2…”.

Ya en la sacristía llegaron a un sólo sentir. “El más querido, más pequeño, más poderoso y más vulnerable” —todo a la vez— era ni más ni menos que la Eucaristía, era una Forma consagrada.

Álvaro

Álvaro Touza Brown había nacido en Buenos Aires, de padre galego y madre irlandesa. Su segundo apellido era el curioso vínculo con la afición a la lectura que había estimulado en los tres niños, especialmente los relatos del Padre Brown. El uso de sereno raciocinio para elucidar misterios y crímenes por parte del personaje del maestro Chesterton era la excusa perfecta para enseñar a sus monaguillos a pensar.

la sillita lápices

—De modo que alguien piensa robar Formas consagradas para algún siniestro propósito —resumió el párroco—. No vamos a cerrar la iglesia. La vamos a abrir de par en par para “acoger” al mensajero.

Tres días después, en su turno de adoración eucarística, Benditín reparó en un joven que miraba repetidamente su reloj de cadena. Parecía comprobar el cierre más que cerciorarse de la hora. El niño lo comentó después con todo el equipo.

—¿Te fijaste en la hora que marcaba el reloj, Benditín? —se rascó la sien Álvaro.

—Pues, ahora que lo menciona, padre, las dos veces que miré tenía la misma hora. Pensé que se le habría parado el reloj. Marcaba las 10 y 10.

—Que es la hora que marcan los relojes en la publicidad —Mei guardaba mil de esos datos en el cofre de su aguda mente.

Por eso se le debió hacé etenna la Adoración —les hizo reír Olé.

La risa feliz era el “himno” del equipo. A la de tres proclamaban el título: “¡Oleluya!”

Aquella noche, una figura vestida de negro irrumpió en el templo. La luz de su linterna inventaba sombras inéditas entre las cálidas imágenes. Se acercó al Sagrario y lo abrió fácilmente. La cajita con la llave invitaba con ingenuidad a pocos centímetros. “Demasiado fácil”, se dijo el visitante sudando pese al frío. Tomó tres Formas y las metió en la parte posterior del falso reloj. Tras dejarlo todo como estaba, salió a toda prisa.

Al doblar la esquina de la parroquia, un desigual equipo le siguió los pasos a conveniente distancia. A mitad de camino a ninguna parte el ladrón se detuvo. “No, no puedo hacerlo”, musitó vencedor en su lucha entre el miedo a los que le habían involucrado en el robo sacrílego y su propia conciencia.

Cuando se disponía a retornar a la iglesia, le asustó el crujido de hojas secas. Temiendo ser descubierto antes de devolver las Formas al Sagrario echó a correr. Su corazón batía tanto como los objetos de sus bolsillos, incluido el reloj de doble fondo. Cuando tuvo presencia de ánimo para detenerse y hacer inventario notó con angustia que el reloj se había abierto. Perdidas en la maleza estaban las tres Formas consagradas. Imposible recuperarlas. Tenía que huir.

El joven no sabía que la tarde anterior Álvaro había reservado la Eucaristía en un lugar aparte, llenando el Sagrario de Formas sin consagrar. El “Padre Brown” y sus monaguillos le alcanzaron.

—No tengas miedo. Has hecho bien en dar marcha atrás —el sacerdote miraba al joven con calma acogedora—. Ayúdanos a reparar el daño. Ven con nosotros. Vamos todos a la Ermita.

—Me llamo Dimas, padre. Gracias por perdonarme.

Cuando aquellos encapuchados empezaban a congregarse en torno al semiderruido altar a la espera de Dimas y las Formas, sonó un teléfono. Sorprendidos rompieron filas para localizar la fuente del sonido. ¡Sonaba aquí, sonaba allí, en varios lugares alternantes! De pronto, un afilado aullido vino a desesperarles aún más. Parecía la sirena de la policía. “Sasha” y “Serafín” estaban haciendo muy bien su trabajo de desinformación. Mientras tanto “Remy” emulaba al superhéroe Flash multiplicando el eco de sus pasos invisibles por la hojarasca. Cuando llegó poco después la policía los encapuchados casi se lo agradecieron.

Para completar la obra, fueron de día en busca de las tres Formas sin consagrar. “Serafín” recibió información privilegiada. Tres abejas le guiaron hasta un viejo árbol hueco. Allí, la colmena había fabricado con cera una insólita custodia para las tres Formas. Las hacendosas abejas la “donaron” a la parroquia.

El de las Formas recuperadas fue el primer caso resuelto por el “Club de los monaguillos del Padre Brown”.

A “Serafín”.

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