Publicado en parábolas

«Kintsugi»: las cicatrices fortalecen, enseñan y embellecen (parábola)

La parábola que destila esta tradición artesana es tan obvia que casi sonaría a redundancia. Cambiemos en la descripción de Wikipedia “objeto de cerámica” por “corazón humano” y la tendremos a flor de lectura.

Kintsugi (金継ぎ) (Japonés: carpintería de oro) o Kintsukuroi (金繕い) (Japonés: reparación de oro) es el arte japonés de arreglar fracturas de la cerámica con barniz de resina espolvoreado o mezclado con polvo de oro, plata o platino. Forma parte de una filosofía que plantea que las roturas y reparaciones forman parte de la historia de un objeto y deben mostrarse en lugar de ocultarse, incorporarse y además hacerlo para embellecer el objeto, poniendo de manifiesto su transformación e historia.

La historia del kintsugi (en japonés carpintería de oro) se remonta a finales del siglo XV cuando el shōgun, Ashikaga Yoshimasa envió a China, para ser reparado, dos de sus tazones de té favoritos. Los tazones volvieron reparados pero con unas feas grapas de metal, que los volvían toscos y desagradables a la vista. El resultado no fue de su agrado, así que busco artesanos japoneses que hicieran una mejor reparación, dando así con una nueva forma de reparar cerámicas, convertida en arte.

La técnica y arte de dicha forma de encarar la reparación de los objetos fue tan apreciada que algunos llegaron al punto de ser acusados de romper cerámica para luego poderla reparar con dicho método, sobre la base de que la complejidad de la reparación transforma estéticamente la pieza reparada, dándole así un nuevo valor. De esa manera se da el caso de que antiguas piezas reparadas mediante este método sean más valoradas que piezas que nunca se rompieron. “Si bien el proceso está asociado con los artesanos japoneses, la técnica ha sido aplicada a piezas de cerámica de otros orígenes, entre ellos China, Vietnam y Corea”.

Fuente: Kintsugi en Wikipedia

Imagen: ashfurrow.com

Una de las bendiciones de nuestra humana condición compartida es que no hay que reinventar la rueda constantemente. Basta con dar movimiento a la “rueda” de otro compañero para dar velocidad al mensaje que ambos queremos ofrecer. En este caso hablo de Santiago Moll y su blog «Justifica tu respuesta» . El artículo es este:

Kintsugi o el arte de entender qué es la resiliencia

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Publicado en relato breve

«Imaginarca»

A Sergio, José María y Enrique.

A la pequeña comunidad de escritores que ha nacido en las calles de Sttorybox. Escribiendo nos conocimos. Escribiéndonos nos reconocimos como hermanos.  

A mi comunidad, que anima mis letras con oración y lectura.

A mi maestro J.R.R Tolkien y mi padre Alberto María, espejos de mi lápiz. Este relato es un pequeño homenaje a ambos.

Sobre todo, al Señor, Inventor de las palabras y del milagro de entendernos por amor con ellas . A Él la Gloria.

la sillita lápices

«Cuando el mundo está a punto de acabarse es cuando piensas en lo que realmente te empuja a vivir».

A medida que caía por la grieta del glaciar, Marie escuchaba en su mente este pensamiento perturbador, mientras le envolvía un imparable caleidoscopio de imágenes fugaces, impresas en el hielo.

Habló a su padre, cuyo rostro veía siamés de George Washington en el Monte Rushmore:

—Soy ¿Marie? Los Andes. Chile. Viernes…

Se desvaneció.

***

Hospital Clínico San Borja Arriarán, Santiago de Chile, dos días después.

—¿Cómo está Marie? —urgió de hito en hito Héctor.

El joven pensó que Nur hacía honor a su nombre. Siempre tenía “luz” en los ojos. Hoy también, a pesar de la dramática situación que estaban viviendo.

—El caso es que está… bien —aseveró ella—. Es extraño, cuando éramos niñas inventamos un juego. Lo llamábamos “imaginarca”. Con los ojos cerrados creábamos mundos, y después compartíamos lo imaginado. A veces coincidíamos, y Marie dibujaba una sonrisa especial que sólo yo conocía… Sé que está en coma, Héctor, pero hace dos horas he visto pasar esa sonrisa fugazmente por su rostro.

Viaje a la Luz

Marie abrió su mente. A través de sus párpados cerrados, visitados por la caricia del frío, se supo mirada y llamada. Ante sí invitaba una entrada, perfectamente rectangular, en medio del farallón de hielo.

La estancia parecía imitar una de aquellas grutas milenarias con pinturas rupestres que estudiaba en antropología, con la diferencia de que aquí los pigmentos habían abdicado en favor de un conjunto de relieves con diversos tonos de blancura. Semejaba un friso griego que rectificara sobre la marcha su propio diseño.

—«¡Hay un patrón regular en este ornato!» —se sorprendió—. «La mano humana ha pasado por aquí».

Recordó el día en que jugaba con su hermana Nur a descubrir dibujos escondidos en los nudos de la madera del mobiliario. «Mira Marie, aquí hay un rostro. Nos está mirando». Súbitamente, el blanco relieve le mostró un semblante sereno. «Esto parece una mano saludando, Nur». El rostro blanco mutó en mano, que saludaba invitando a seguir adelante.

La estancia empezó a rediseñarse con rapidez creciente, como guiada por una imaginación a la deriva: ¡la suya!

—«Soy yo. Es mi mente la que conversa con estas extrañas paredes de hielo» —sentenció.

¡Quería saber qué era ese lugar, no lo que su pensamiento proyectaba! Para ello debía dejar su imaginación en silencio. Lo hizo. En ese momento reparó en lo que parecía una extraña “estalagmita”. En el extremo de una columna irregularmente cónica reposaba una esfera perfecta, iridiscente y traslúcida. La miró sin prisa.

—«¡Es un mapa del firmamento! ¿Es posible que en medio de la cordillera andina descanse incrustado en hielo un observatorio astronómico?»

La pregunta había nacido medio respondida. La estancia corrigió suavemente su primera impresión. Era una enorme nave espacial toda hecha de hielo. Marie creyó en lo que estaba viendo.

Todo el resto del habitáculo cobró vida ágilmente. Paneles cuajados de instrumentos se ofrecían a su vista con diversos tonos de blancura. Se atrevió a tocar lo que parecía una consola de navegación. Su mano atravesó el blanco material como si fuera un holograma monocolor. Sin embargo, al acercar su dedo al botón de mayor rango, quiso que fuera tangible. Y así fue. Recibió una suave vibración, como si el botón hubiera pulsado su dedo.

Tras recorrer varias estancias sucesivas y cambiantes, llegó a lo que parecía una sala principal abovedada. En su centro reverberaba una bellísima columna de luz, de un blanco más límpido que todo el resto de la gran nave. Marie se acercó. Algo palpitaba en el interior de la columna. Eran letras latinas:

«Ímanya lâh ímanyi»,

«Ímanyi lâh ímanuan»,

«Ímanuan lâh íma».

Extendió la mano hacia el lugar donde le llamaban las tres frases. El tacto era suave, como de cálida piel humana viva. Las frases se plegaron para esculpir una concavidad que acogiera sus dedos. La palabra “íma” tocó la punta de su índice. Cerró los ojos. Abrió su mente. Sonrió.

Reencuentro

Nur estaba cansada. Aunque las largas horas de vela al lado de su hermana habían acrecentado su hermosa comunión con ella, se le cerraban los ojos de pura fatiga. Experta en lenguas antiguas, había compartido con Marie muchas horas de investigación sobre antropología. El equipo creció cuando conocieron a Héctor Solar, joven ingeniero en informática. Marie y Héctor se hicieron novios.

Nur tenía la mano de su hermana entre las suyas. Debió quedarse finalmente dormida, deslumbrada por el sol de atardecer que se filtraba por el encaje blanco de la cortina. En el duermevela creyó descubrir palabras escritas entre los bodoques bordados.

—«Soñar es ser» —musitó.

Se despertó. Había sentido el leve pálpito de la sangre en un dedo de Marie. Su índice se había movido. Y en sus labios asomaba una sonrisa, la “sonrisa”.

«Ímanos»

—Cuando te encontramos inconsciente en la biblioteca pública tenías varios libros abiertos delante, Marie —subrayó Nur, acariciando la mano de su hermana mayor—. ¿Alguno en particular era el “centro de gravedad”?

Sentados los tres ante la mesita del salón, poblada de mate humeante, conversaban en casa de la familia del joven.

—«El abuelo sabio vertical» —recordó Marie, ya repuesta—. Se llama “Lahuán” en lengua mapuche y no es un anciano muy erguido, sino una especie arbórea de gran longevidad, que abunda en la Patagonia.

La joven les detalló su investigación sobre la cultura indígena que cuidaba a estos gigantes de más de 4.000 años de vigorosa ancianidad.

—Según el autor, el antropólogo lituano Vitautas Mihaleris, los “descubridores” de estos gigantes pertenecían a una tribu nómada que llegó a la Patagonia chilena desde Alaska, los “ilauani”. Recuerdo perfectamente que me cautivó una foto concreta: un conjunto de tres enormes alerces parecía enmarcar y señalar algo en la cordillera nevada que brilla en segundo plano. Es aquí, esperad.

Marie pasó varias páginas y señaló con el índice. Una levísima corriente recorrió su dedo desde la foto en papel cuché.

Tras la vívida y detallada descripción de su “experiencia” se quedaron pensativos. No eran alocados aventureros emocionales, sino jóvenes científicos tan apasionados como sensatos. Alcanzaron un solo sentir: lo narrado por Marie podía contener mucho más que un caleidoscopio emocional hilvanado en el tul de los sueños.

—Y además, hemos vuelto a “imaginarca”, Marie, aunque ya no somos las niñas que jugaban. De alguna manera he… leído la frase. ¿Será posible que la hayas escrito tú misma?

—La he visto escrita y la he “pronunciado” con los ojos —las palabras de Marie eran más que poesía—. Creo firmemente que existen en alguna parte. Pero ¿dónde?

Muchas preguntas para un solo enigma. La misteriosa nave blanca parecía conducirles aun sin haber penetrado en su luminosa estructura. Paradójicamente, la única “puerta” visible y legible para entrar estaba sumergida en el corazón de la misma: tres frases, nueve palabras.

—«Soñar es ser» —repitió Héctor.

«Ímanya lâh ímanyi. Ímanyi lâh ímanuan. Ímanuan lâh íma» —recitó pensativa Marie—. ¿De cuál de los tres fragmentos podría ser traducción? ¿De qué idioma se trata?

—Creo que sé dónde buscar respuestas —interrumpió con prudente júbilo Nur, mientras tecleaba con presteza las letras HIM en el navegador del portátil.

En la pantalla empezaba a cargar la página buscada.

—Hace dos años un equipo de profesores y estudiantes de la Universidad Alberto Hurtado, de Santiago de Chile, inició el proyecto HIM, “Hospital de Idiomas Minoritarios”, para identificar y rescatar lenguas en riesgo de extinción —los ojos de la joven brillaban más que la pantalla de plasma—. Conozco personalmente a uno de ellos, Luca Ricci. Trabajé con él. Si hay alguien que puede darnos luz en esto es Luca.

—¡Genial! —exultó Héctor—. Estoy deseando desvelar el misterio de los… ímanos. ¿Ímanos?

—¡Ímanos! —cantaron a coro las dos hermanas, acariciando la palabra—. ¡Suena bien para empezar!

Sin saberlo, el joven ingeniero había dado en el clavo con el gentilicio. En aquel mismo instante, en alguna parte, cerca o lejos de aquella salita, una luz muy blanca palpitó.

«HIM»

El campus de la universidad, ubicado en el centro de la capital, había destinado un ala de la Facultad de Humanidades al HIM.

Con la puerta abierta, ataviado con bata blanca de médico y el bolsillo superior lleno de rotuladores y lápices de colores, les esperaba un sonriente sabio distraído, con las previsibles gafas redondas llenas de huellas digitales y palabras acumuladas.

—¡La mismísima Nur Charbel! ¡Querida Nur! Bienvenidos a mi humilde dicciolaboratorio —la abrazó con cariño.

—¡Hola Luca! ¡Cuánto tiempo sin el tsunami de tu contagioso entusiasmo! Estos son…

—Tu hermana Marie y su prometido Héctor —se anticipó el joven, completando los abrazos—. Venid, tengo algo que enseñaros. He estado muy ocupado últimamente con vuestra consulta.

Apartando algunas colinas de carpetas apiladas, lograron sentarse. El “piccolo dottore” les enumeró los pasos que le habían conducido al dossier que reposaba en la mesa. Su relato concluyó con la curiosa similitud entre la última palabra de las nueve —“íma”— con la voz aramea “madre”.

—No había caído en la cuenta de la coincidencia, Luca —a Nur le brillaron los ojos—. El idioma materno de Jesús no es el que yo esperaría encontrar a miles de kilómetros de Nazaret.

—Pero sí tiene sentido, hermanita. Aunque no hubo presencia concreta de mamá en nuestra… experiencia, mi mano fue acogida en lo que parecía un “regazo” hecho de palabras.

El dossier contenía un solo documento. Traspapelado en medio de mil informes sobre los africanos “hombres de los bosques” —los bosjeman o bosquimanos— había encontrado la única referencia a la palabra “ímano”. La “broma” del archivo había mantenido guardado aquel frágil tesoro.

—«Pueblo de origen desconocido. Idioma casi extinto» —leyó Héctor por los cuatro—. No es mucho.

—La buena noticia es el “casi”, amigos míos —sonrió el lingüista—. Existe un único hablante en esta región, que nosotros sepamos. Es un ermitaño. ¡Vive a las afueras de Santiago!

Al salir del campus, ninguno de los jóvenes se apercibió de que los seguía un coche oscuro. De otro, estacionado más lejos, salieron cuatro hombres.

Lahuán e «Imaginarca»

Sus manos, curtidas por el trabajo de la huerta, mostraban también el clásico encallecimiento en el dedo corazón, que denota a los avezados en la escribanía.

—Amigos, os presento al… padre Lahuán —se adelantó Luca.

—¡Lahuán! —cantó Nur con entusiasmo juvenil—. Tiene el mismo nombre de los milenarios alerces que citó mi hermana.

—Sí, soy un viejo “alerce”, querida “Luz” —sonrió divertido y travieso—, que se deja injertar por las ramitas que los pajarillos jóvenes usan para hacer sus nidos.

Sus ojos, dos pozos de risueña sabiduría, presidían arrugas semejantes a los anillos de un viejo árbol. Menudo y fibroso, vestía una sencilla túnica de color claro. Les abrazaba y bendecía con la vitalidad de un niño.

—Bienvenidos, Marie, Héctor, Luca, Nur. Sed bienvenidos, hijos míos —invitó—. Reponed fuerzas con este refresco de fresas. ¡Son de mi huerto!

Los cuatro jóvenes se sentían como si le conocieran desde siempre. Tras los preliminares, Lahuán se dirigió a Marie:

—¡Has estado en Ímanya, hija mía! ¡Cuéntame! Os esperaba hace muchos años.

Durante el relato de la joven, el ermitaño asintió varias veces con los párpados. Al terminar, fue Nur la portavoz del interés de todos.

—¿Ha sido “real”, padre, o sólo un sueño muy especial? ¿Existe ese “lugar”? ¿Es una nave espacial?

—Es absolutamente real. Sólo que su “realidad” pertenece a otra… dimensión. Ímanya es, para entendernos, una nave-templo, pero bastaría decir “es” —sonrió feliz ante el aparente trabalenguas—. Ímanya “es”… Y, por cierto, llamadme simplemente Lahuán.

—Entonces, ¿cómo llegar? ¿Cómo entrar… Lahuán? —le urgieron voces y miradas.

—Marie, tú no has estado “en coma”, sino… aguardando a tu hermana. Durante tu primer sueño expresabas la inquietud por guardar un preciado tesoro vinculado a tu familia. Lo sugiere el rostro de tu padre en el monte Rushmore, acompañando a los cuatro “presidentes” que custodian la “Sala de Actas” excavada en la peña. Dentro de ese sueño se abrió otro, pero no era un sueño sino otra realidad, la Realidad. Desde allí la Luz te llevó hasta Nur. El sueño dentro del sueño —se llama “ilusueño”— es uno de los caminos que conducen a Ímanya, pero no es el único…

Abrió entonces el viejo armario y sacó una bolsa de cuero muy curtido. Al mostrar la bella caja de madera con decoración en taracea, ambas hermanas sintieron al alimón un estremecimiento. La reconocieron emocionadas:

—¡El arca! Es igual que el arca de nuestro juego de infancia —explicó Nur—. Siempre hemos estado muy unidas. Cada noche, antes de ir a dormir, una de nosotras imaginaba un objeto y su historia, y lo introducía en un arca que habíamos “diseñado” juntas. Durante el sueño, lo imaginado cobraba vida, y la otra abría el arca y examinaba el objeto. Por la mañana comprobábamos si lo habíamos soñado las dos igual. Le llamábamos “imaginarca”.

Los ojos de Lahuán brillaron al escuchar el nombre. La caja mostraba en algunas zonas el brillo satinado que genera el toque frecuente de la mano humana. Levantó la tapa.

—¡Está vacía! —se extrañaron.

—Más bien “cerrada” —indicó el anciano, mirándoles uno por uno—. “Imaginarca” no es un cofre común. Vamos a abrirlo.

Lahuán cerró los ojos un instante. Aunque la caja era muy pequeña, introdujo su mano por completo. Una cálida luz blanca se abrió paso desde el interior, envolviendo toda la estancia con una dulzura serena. Al retirarla, la mano estaba revestida como de un guante luminoso en el que se distinguían, dóciles a las líneas de la palma, signos de bella caligrafía.

—Unid vuestras manos y acoged la mía —la voz de Lahuán sonaba distinta.

Notaron una levísima sacudida entre los dedos. Sostenido por el seno acogedor de diez manos, se ofrecía ahora a su vista un pergamino abierto. Marie reconoció las letras latinas que refulgían:

«Ímanya lâh ímanyi». «Ímanyi lâh ímanuan». «Ímanuan lâh íma».

—Sólo son legibles para quienes tienen luz —respondió Lahuán a la pregunta no formulada—. Lo que sigue significa esto: «Nueve palabras para pronunciar. Cinco lámparas para leer. Cuatro palabras para Una. Una palabra para todas».

—Es un tesoro muy frágil —se inquietó Luca sin poder apartar los ojos del pergamino—. Si cayera en malas manos…

Por toda respuesta, el anciano cerró la tapa. “Imaginarca” volvió a mostrarse como una sencilla y común caja.

—Sí, malas manos buscan las naves-templo y su luz, en el imposible proyecto de usarlas como arma militar. Pero el verdadero enemigo, que mueve esas manos sin que ellas lo sepan, no tiene nombre y no puede tenerlo. Secuestra voluntades y palabras para sumirlas en la no existencia. Es algo así como un…

—¿Troyano mental? —inventó Luca ajustándose las gafas.

—¡Buena aproximación, mi joven doctor “palabra”! Acecha como una neblina invisible y se instala donde encuentra tristeza.

—¿Hay algún “antivirus”, Lahuán?

—Tu propio nombre, Nur, el de cada uno. El nombre es la palabra-esencia, infinitamente pequeña y densa, de nuestro ser. Es nuestra “Imaginarca” personal.

—¡Debe ser muy antigua esta civilización! ¿Son acaso los “ilauani” de la Patagonia? —cambió de tema Marie—.

—En cierto sentido, podemos decir que este idioma… aún no ha nacido —reveló Lahuán, sin dejar de sonreír con los ojos—. Dentro de algunos siglos, otros seres humanos como vosotros serán visitados y recibirán un precioso legado. Aprenderán a “construir” las naves-templo y viajarán hacia atrás en el tiempo. Llevarán consigo semillas de alerce y las sembrarán como señal de la ubicación de cada Ímanya. Aunque, a decir verdad, Ímanya no “está”. Ímanya lâh, “es”.

—Entonces, los ímanos no han nacido todavía o… ya han partido de este mundo. ¿Es así? —Marie estaba sobrecogida.

—Los ímanos viven, hija mía. Están aquí. Nosotros mismos lo somos. Como muchos otros en otros lugares del planeta, somos “cinco Lámparas para leer”, “pahlie Lembe asr minneh”.

«Luz sólida»

En el curso de los días siguientes, Lahuán estuvo instruyendo a sus cuatro discípulos sobre todo lo concerniente a Ímanya. Les explicó que la nave-templo estaba hecha de una sola y sorprendente materia prima: luz sólida.

—Es la resultante perfecta de la teoría de la relatividad. Materia y energía son las dos caras de una misma moneda. Durante mucho tiempo el ser humano ha intentado, sin éxito, convertirlas mutuamente…

—¿Cómo lo lograron… o lo logramos? ¿Quién nos visitó? —la mente científica de Héctor se dilató hacia lo imposible.

Por toda respuesta, Lahuán abrió de par en par la rústica contraventana. El sol de la tarde esculpía dos zonas de luz en las que danzaba libremente una constelación de motas de polvo.

—Como veis, el rayo de sol es la “nave” en la que parecen viajar estas partículas. Pero no viajan a un lugar, sino hacia su propia visibilidad. Son parte de la luz. Ellas hacen “sólida” a la luz. aunque no lo saben. Lo sabemos nosotros, y se lo acabamos de comunicar al hablar de ello. Así ocurrió con vuestros descendientes y, a la vez,… ancestros.

A pesar del aparente laberinto mental que Lahuán diseñaba sobre la marcha, los jóvenes se habían sumergido en el ejemplo. Se imaginaban diminutos, flotando en el rayo de sol. A causa del caprichoso ángulo que trazaba la escena, los ojos del anciano no parecían reflejar el rayo sino ser su fuente.

—La luz sólida es transversal, penetra el mundo físico y el espiritual —prosiguió el maestro—. Las dos caras de la moneda son dinámicas, pueden convivir en el mismo espacio-tiempo, y pueden moverse entre diversos “tiempos”. Esa es la verdadera “velocidad de la luz”. La luz sólida no necesita tiempo para moverse. Le basta con “ser” para “estar”. Es una “gota de eternidad”.

—Por eso mi mano atravesaba los elementos de la nave y, acto seguido, ¡los encontraba sólidos! —comprendió Marie.

—Tú hacías presente el elemento fundamental de la luz sólida: la mente humana y, en concreto, el núcleo de su capacidad, la imaginación pura —avanzó Lahuán—. Durante siglos, el ser humano ha minusvalorado la imaginación, considerándola como un residuo de inmadurez o, a lo sumo, instrumento de artista, barca sin timón o auxiliar incorregible…

—Háblanos del idioma, padre —se interesó Luca, izando las gafas por el tobogán de su puente nasal.

Más que conocer la lengua ímana, el anciano explicó que debían “dejarse conocer por ella”.

—Es el único idioma vivo por sí mismo. Las lenguas, bien lo sabéis, “viven” en el uso de los hablantes, como una sinfonía cobra vida cuando la orquesta lee y ejecuta su partitura. El ímano es distinto. Vive por sí mismo. Es palabra viviente que comunica vida a quien la escucha. Además, no tiene alfabeto propio, porque… se deja acoger por cada uno de ellos, llena con Luz sus fonemas.

—Al tocar las Tres Frases, ¡su vida abrazó tu mano, Marie! —Nur brilló al trenzar sus dedos con los de su hermana.

—Abrazaron vuestra unidad, porque «ímanuan lâh íma», es decir, “ser es amar” —Lahuán tomó las manos de ambas—. Las “Cuatro palabras para Una”, “Tahlie vehre asr Nuán”, son Imaginar, Soñar, Ser y Amar. Y la palabra Única —“lâh”, es— las reúne y sirve a todas.

Escrutando en la «neblina»

Los primeros seis días de fructífero encuentro se les antojaron un suspiro, pero todos necesitaban un descanso. Aunque la casita disponía de la sobria y amplia hospedería donde los jóvenes se sentían en casa, el mejor descanso era cambiar de aires por unas horas. Cada tarde volverían al eremitorio para cuidar que todo estuviera en orden. Las muchachas ya estaban pensando en una receta sorpresa para la cena del reencuentro, con helado de fresas de “alerce” como broche.

El anciano maestro, que debía viajar al día siguiente a una ciudad cercana, les había preparado un recorrido por diversos museos de la capital, para conocer mejor la historia de su futuro. Al tercer día regresaría a ellos. Sin dejar de sonreír, se despidió con una serena advertencia.

—Estad alerta, pero sin obsesión. Además de la neblina “troyano”, hay otras fuerzas que estarían encantadas de usurpar la nave-templo como una posible arma no convencional. Sólo disponen de información dispersa sobre nosotros, y todo lo valoran en términos de poder material. La pureza de imaginación es para ellos una entelequia.

Aquella tarde, la del tercer día, bullían de ilusión. Le echaban mucho de menos. Pero, al regresar a la casita, el corazón de los jóvenes se encogió. Estaba todo revuelto. Libros, papeles, ropa y enseres lamentaban desde el suelo el saqueo sufrido. Y lo más preocupante: el querido padre “Alerce” no estaba.

—¡Se lo han llevado! —se angustió Nur, poniendo voz a la certidumbre de todos.

—¡Debemos llamar a la policía! —apresuró Héctor, pragmático.

—¿Y qué le diremos, cariño? ¿Que unos hombres envueltos en nube oscura y que buscan una nave de luz lo han secuestrado? —a las palabras de Marie hacía coro el gesto desencajado de Luca.

—De todas maneras, no sabemos si se lo han llevado —reaccionó ágil el lingüista—. Además, podría ser un simple robo.

Nur les escuchaba, consciente de que en ese momento debía ser «Lembe asr minneh», “lámpara para leer” la situación.

—¡Calmaos! Tranquilos —su sonrisa era más que un borrador de gesto. Todos la miraron. Los ojos le brillaban.

—¿Soy la única que siente esta penumbra por todas partes? —prosiguió, trazando con su mano un rasgueo de guitarra en el aire, como “capturando” el hollín evanescente que les envolvía e intentaba oprimir sus mentes con el cepo de la ansiedad y la división.

Marie, Luca y Héctor, sin palabras, sumergieron sus manos en las de Nur, y cada uno pronunció los nombres de los otros tres. En su mente resonaban las palabras de Lahuán: «El nombre es la palabra-esencia, infinitamente pequeña y densa, de nuestro ser». Estaban protegidos.

Decidieron examinar la estancia con detalle como cuando se busca un pendiente perdido —loseta a loseta— para encontrar una pista sobre el posible paradero de su maestro. De forma natural, como asintiendo a una elección, todos miraron a Nur.

—Mientras buscamos, podemos poner orden en la casa —su mente femenina resplandeció—. El orden es una obra de arte y, además, muy eficaz para encontrar cosas.

El mejor y único fruto de la operación fue la propia limpieza. Sin embargo, desde la ventana, su nueva capacidad para ver lo invisible había detectado la sutil polución que parasitaba las mentes. «Imaginarca», al menos, estaba a salvo. Lahuán había confiado la caja de madera a las manos de sus queridos aprendices.

—Quizá la pista que buscamos no está entre los muebles, sino dentro de nosotros —Marie miraba a su amigo lingüista como esperando de él la siguiente luz para el camino.

—Tienes razón. Desde hace unos minutos danza en mi mente una frase. No sé si es importante o sólo un retazo de mi imaginación llena de citas de libros clásicos. Es de GiuseppangeΙo Παπαρίζου —apuntó Luca, dejando en suspenso la frase un instante.

—¿Nos lo vas a decir hoy o esperamos a mañana? —le espetó la propia Marie con amplia sonrisa, disfrazada de mohín de impaciencia.

La pequeña explosión de risas alivió la tensión del momento, aunque ya habían vencido minutos antes al virus del desencuentro. Conscientes de que su mejor protección era estar unidos como una piña de luz, habían aprendido juntos a lo largo de aquellos días el valor de la alegría como escudo, y que estar unidos multiplicaba las capacidades de cada uno.

—Es un escritor ítalo-griego, cuya originalidad estriba en que sus obras son “mixtas” y profundamente amenas. Me refiero a que en cada novela suya palpita un auténtico ensayo sobre la condición humana —completó Luca—. Su propio nombre, escrito siempre en los dos idiomas, es buena prueba de ello… Esta es la frase. Trataré de recordarla lo más literalmente posible: «La nube de polución que cubría la ciudad era visible a varias decenas de kilómetros de distancia y los transeúntes escrutaban el cielo con ojos suplicantes, buscando alguna señal que anunciara la tan ansiada lluvia».

Dejaron que la lluvia prometida regara la frase en sus mentes durante unos segundos de silencio. Héctor inició el discernimiento.

—Esa nube, quiero decir “esta nube”, no es visible también desde decenas de kilómetros, sino “sólo” desde decenas de kilómetros. ¿Qué os parece?

—Que hemos, pues, de tomar distancia para acercarnos a Lahuán. La pregunta es dónde buscar un “alerce” perdido —el requiebro de Nur fue comprendido de inmediato por todos—. ¿En el “aserradero” de ladrones de madera? De ninguna manera.

—¡En el mismo monte, claro! Junto a las cumbres nevadas. «Buscando alguna señal…». Esa es la señal —aseveró Héctor—. Debemos viajar a… ¿a dónde? ¿Dónde está la montaña nevada de los alerces, la de la foto que viste, Marie?

—La ruta es el primer sueño de mi hermana —Nur fue luz—. Para proteger a nuestro maestro debemos ir a «Ímanya». Tú nos guiarás, Marie, conoces el camino.

Héctor abrazaba en ese momento la sencilla caja entre las manos. Una leve sacudida recorrió sus dedos. Contempló el abrazo.

—¡Mirad! ¡Las vetas de la madera se parecen mucho a las… arrugas del rostro de Lahuán!

—No soy experta en ebanistería —aseveró Marie—, pero el corazón me dice que «Imaginarca» es de madera de alerce.

Preparativos de rescate

—¿Dónde están?

—¿Quiénes son?

—¡Responde!

El anciano estaba atado de pies y manos. Los hombres que se habían alternado en el interrogatorio no lograban respuesta alguna que les satisficiera.

Ora con intimidación, ora con falsa delicadeza, habían llegado a abofetearle con frecuencia calculada, buscando la humillación más que el daño físico.

Sin ápice alguno de mentira, Lahuán había evitado toda referencia a la nave-templo y a los cuatro jóvenes. Aun así, su imaginarca detectaba la otra presencia. La “neblina sin nombre” estaba usando las preguntas para su propia ambición. Sabía que sólo los puros de imaginación podían entrar en Ímanya. Para destruir la luz sólo disponía de un camino: corromper a un ímano.

—¿Quién eres? ¿Qué secretos ocultas?

—Soy un viejo ermitaño. He vivido solo muchos años.

—Podemos ayudarte.

—Tengo todo lo que necesito para vivir.

Lahuán sólo había impartido a sus hijos la primera lección sobre el mal. No era el momento de decirles que la idea del “troyano” era mucho más que una penetrante metáfora. La “neblina” era un ente maligno, un virus mental que podía clonarse a sí mismo dentro de sus víctimas, y visibilizarse a voluntad. Su limitación estribaba en que sólo los ímanos podían distinguirle. Tanto los hombres que interrogaban al anciano como el común de la gente sólo llegaban a sentir un “algo” opresor que muchos achacaban a la tensión, al estado de ánimo o, a lo sumo, a la contaminación ambiental.

—¿Dónde están? ¡Responde!

—Yo estoy aquí.

Entonces lo vio. Frente a sí, la “neblina” empezó a bosquejar una figura humana de detalle creciente. Haciendo del vaivén natural del falso humo una cuidada coreografía de gestos, se mostró finalmente. Invisible e inaudible para los demás, miraba desafiante a Lahuán desde dos brasas llenas de soberbia y falsa piedad hacia el maltratado anciano. Éste no respondía mirada alguna. No podía profanar las Palabras pronunciándolas ante el maligno ente. Le bastaba con “ser” para defenderse.

Mezcladas con las preguntas de los soldados, la “amenaza” lanzaba a la mente del sabio sombras manipuladas de sus cuatro discípulos. Una cínica sonrisa acompañaba sus inaudibles argumentos:

«Son demasiado jóvenes, maltratarán la Luz». «Te han abandonado, no son dignos». «No has sabido guardar las Palabras». «Eres el único. Eres más que las Tres Frases». «Únete a mí. La sombra es la luz de la luz».

Su pureza resistía con calma las envenenadas sugerencias desde ambos lados del engaño: lisonja y menosprecio. Lahuán no respondía. No pronunciaba las Tres Frases, sino que eran ellas quienes envolvían su pensamiento con serena luz. El ente sin nombre empezó a mostrar, finalmente, su eterna y escondida desesperación al dilatarse con vehemencia en torno a las abyectas amenazas verbales de tortura por parte de los interrogadores.

La última insinuación del “troyano” se retorció en el intento de clonar su propia y maligna angustia para sembrar en Lahuán el temor a que aquellos hombres capturasen a sus hijos.

El anciano apartó la mirada de las dos brasas danzantes. Habló en su mente, ignorando la amenaza:

—«Ellos no son mi debilidad sino mi fuerza. Confío en ellos y en la Luz que les inhabita».

***

Los cuatro jóvenes se sentaron en torno a la sencilla mesa redonda. La casita de Lahuán era el mejor lugar para decidir entre todos cómo proceder para llegar a la nave-templo. De entrada, no tenían a mano el libro cuya foto andina hizo soñar a Marie. La opción inmediata era dormir y confiar en que sus sueños respectivos les reunieran y condujesen. Pero, ¿quién podía conciliar el sueño en aquellas circunstancias?

Luca tomó la iniciativa:

—Debemos hacer como él. Sólo tuvo que abrir «Imaginarca» para acceder a la Luz.

Asintieron con una suerte de suspiro coral.

—Debemos purificar nuestra imaginación de toda ansiedad —urgió Nur sonriendo—. Después Marie abrirá la caja y pronunciaremos las Tres Frases. Recordad, son «Nueve palabras para pronunciar»… Somos «Cinco Lámparas para leer».

«Nahlie vehre asr mhalen». «Qahlie vehre asr hoshet» —repitió Héctor en ímano.

Se tomaron de las manos en torno a «Imaginarca». A una sola voz acariciaron las Tres Frases:

«Ímanya lâh ímanyi». «Ímanyi lâh ímanuan». «Ímanuan lâh íma»

La Luz les estaba esperando al abrir la caja. Apenas Marie acercó su mano le envolvió completamente un manto refulgente que fue pasando a los otros tres, mientras contemplaban con arrobo cómo las delgadas paredes del cofre de alerce se dilataban y enardecían de blancura. En pocos segundos la habitación —y la casita entera— había quedado sumida dentro de lo que era el arca, que habíase convertido en una enorme y cálida cúpula blanca.

¡La nave-templo e «Imaginarca» eran una sola cosa!

Embargados de puro asombro, se descubrieron mutuamente acogidos por la Luz. Se les abrió en entendimiento: la nave-templo está, “es”, donde se la convoca, donde están y “son” sus tripulantes.

«Soñar es ser». «Ser es amar». Les embargó un profundo amor.

En «Ímanya»

Cuando ya su mente empezaba a vislumbrar el umbral de su resistencia, el anciano sintió una leve brisa centelleante en su interior. Cerró los ojos. La Luz de las Palabras que le inhabitaban se agitó en el núcleo de su ser. “Eres amado, ven a casa”. La llamada le persuadía en un débil coro de cuatro voces que crecían, al tiempo que se fundían en una sola: «Íma», amar, amor.

Abrió los ojos para vencer finalmente, con la Realidad a la que pertenecía, la realidad oscura que le había tenido prisionero. Recorrió con calma los rostros de los fríos interrogadores. Miró a los ojos a la neblina negra sin rostro. Y se fue.

***

En el centro de la cúpula refulgía la Columna de Luz. Y en su seno, presidían las Tres Frases.

Sin palabras, sus manos unidas transparentaban sumergidas en el corazón de la Columna. La caricia de «Íma» les hizo cerrar los ojos. Notaron, con intensa dulzura, dos manos más entre las suyas. El maestro Lahuán era con ellos.

Le reconocieron por sus ojos risueños y su abrazo ágil, pero el anciano había cambiado. De la Columna de Luz no había salido el menudo y arrugado “Alerce”, sino un altísimo y refulgente ser, todo blanco, todo luz.

De alguna manera, en su corazón lo habían sabido siempre.

—Soy yo, no temáis. No nací en este mundo, pero sí entre vosotros mucho tiempo antes que nacierais —les miró uno por uno sonriendo con cariño—. «Lâeh masseah Talhe Vehre, me nehpra lâon inh vishmae». Soy siervo de las Tres Frases, y en ellas estaré siempre con vosotros. Ha llegado para mí la hora de volver a Casa.

Pronunció sus nombres uno por uno mirándoles a los ojos sin prisa, mientras su sonrisa esculpía dos arrugas de luz en forma de letras “Í” cimbreantes por la emoción. Les amaba.

Nur apretó su mano contra la de su maestro. Su menuda figura parecía perderse en el ancho abrazo del ser de Luz.

Le sonrió. La “sonrisa”. Dos lágrimas titilantes trazaron creativas sobre las mejillas de la joven sendas letras “Í”. Ella era la elegida. Pareció suspenderse el transcurso del tiempo, condensado en un instante infinito. Los ojos de Nur brillaban de dulzura, espejos a su vez de la ternura de su altísimo maestro.

—¿Qué debemos hacer, Lahuán?

—Las Tres Frases os conducirán al encuentro con otros ímanos. Sois siervos de la Luz. Vuestro planeta la necesita. Id a casa, volved a vuestras vidas. Es allí, unidos, donde debéis crecer como ímanos.

Sin dejar de sonreírles, entró en la Columna. Las Palabras le acogieron. Poco a poco se fue sumergiendo en su propia palabra-esencia. Desde las tres primeras letras de su nombre —Lâh, “es”— palpitó su amor por ellos.

Fue la inicial de “amor” la que les dio el último adiós. La hermosa letra de luz brillaba por añadidura. Una lágrima. Una sonrisa. La “sonrisa”.

Íma… Ím… Í

Nuevo principio

Todo lo que comienza va precedido de algo que termina.

«Cuando el mundo está a punto de acabarse es cuando piensas en lo que realmente te empuja a vivir». La frase del primer sueño de Marie no anunciaba un desenlace perturbador, sino un nuevo principio.

Aunque estén distantes muchas veces, las cuatro Lámparas “son” unidas siempre. Saben cómo reunirse.

Marie y Héctor se casaron. Viajan mucho como cooperantes.

Luca sigue en HIM. Atiende idiomas en riesgo y también personas que tienen la esperanza en peligro de extinción.

Nur es misionera. Ha enseñado últimamente a niños ciegos en Nepal.

Hoy está aquí, para recibir a la “quinta Lámpara”: .

Estás en Ímanya. Eres en Ímanya.

Imaginarca está abierta. Ven.

Imagina. Sueña. Sé. Ama.

Las Tres Frases te acogen.

«Ímanya lâh ímanyi»,

«Ímanyi lâh ímanuan».

«Ímanuan lâh íma».

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«Imaginarca» y otros nueve relatos han recibido mención especial del Jurado en el V Concurso de Relatos de Sttorybox

Publicado en parábolas

La parábola de los girasoles (parábolas)

El Reino de los Cielos se parece a una plantación de girasoles.

En el envés de las hojas, los girasoles disponen de unas glándulas llamadas “tricomas”. Contienen unas sustancias químicas que, una vez en tierra, evitan la germinación de malas hierbas alrededor de las flores. El agua de riego, la lluvia y el rocío toman en brazos esas sustancias y las llevan hacia la raíz y la tierra que hace de hogar a los girasoles.

Para beber mejor el vino de esta pequeña parábola es menester visitar antes la viña de sus datos.

La fuente, el “girasol”, de la parábola ha sido una noticia elaborada por la Agencia de noticias Historias de Luz, que se esfuerza cada día en girar su corola en busca del sol de las buenas noticias de Andalucía.

Herbicidas ecológicos gracias a un secreto de los girasoles

Historias de Luz – 15.02.16

¿Por qué en los campos de girasoles no hay generalmente malas hierbas? Investigadores de la Universidad de Cádiz partieron de ese interrogante e iniciaron un estudio. La respuesta, aseguran, está en el propio girasol, concretamente en el envés de sus hojas, donde se acumulan ciertas sustancias capaz de eliminar plantas competidoras para el cultivo. Gracias a ese descubrimiento, han conseguido crear nuevos herbicidas ecológicos.

Y ahora, conversemos sobre lo que los girasoles y los científicos gaditanos nos enseñan para la vida:

Nuestra vida es un “girasol”. Las hojas, cada hoja, nos dice que la vida exterior, de relación con los demás y con el mundo, representada por el “haz”, es una sola cosa con la vida interior —nuestros pensamientos y sentimientos—, representada por el “envés”. Así como el haz y el envés de la hoja nunca están separados, nuestra vida debe fluir en la armonía entre lo exterior y lo interior.

El “haz” contiene la clorofila de nuestras virtudes humanas, activada por la luz del Sol que, por naturaleza, como “girasoles”, buscamos sin descanso. Cuando cuidamos bien el “envés”, la vida interior, en camino de madurez creciente, destilamos a nuestro alrededor esas “sustancias” —tricomas espirituales—que protegen nuestro entorno de las malas hierbas —Jesús las llama “cizaña” en la parábola (Mt 13, 24-43)— del encono, la ira, la tristeza y demás visitantes indeseados de nuestro campo de girasoles. Pero para ello, no debemos ser “impermeables” al rocío y a la lluvia del amor, debemos compartirnos, dar la vida, ofrecernos a los demás.

Además, y por añadidura, nuestro “girasol” ofrece suculentas pipas que, tostadas al calor de la convivencia, crean a su vez calor de hogar mientras las degustamos en familia.

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Publicado en relato breve

Gaspar Yossed, el joven magoi (relato breve)

Anahí y Yazda se amaban mucho. La joven, cuyo nombre —Anahí— significa “inmaculada”, era desde niña proclive a leer. Aunque las mujeres de su cultura raramente eran introducidas en el arte de la lectura, la niña consiguió acceder a la biblioteca de pergaminos a través de un amigo de la familia, otro niño al que llamaban el Yazdani, el “pequeño sabio”.

La amistad entre ambos creció al calor de los libros. Y al calor de la amistad nació y maduró el amor. Yazda y Anahí Kansbar se casaron un 6 de enero.

Yazdani alcanzó el grado de “magoi” y dejó de ser “pequeño” para todos, excepto para su esposa Anahí, la única mujer de aquella comunidad de sabios que compartía plenamente con su Yazda la búsqueda de la Verdad.

A la luz de las velas y los pergaminos antiguos nacieron sus dos primeros hijos, Anghem y Fernhad. Y cuando se iba a cumplir el séptimo aniversario de boda, justo un 6 de enero, nació el tercer vástago, al que llamaron Yossed, que significa “el que cuida al sabio”. Todos vieron en ello un mensaje del Cielo. Esa fecha tendría una especial significación para la familia Kansbar.

Pronto se hizo la luz en el estudio de los Kansbar. Muchos años habrían de pasar para cumplirse la profecía, pero la noche de su décimo aniversario de bodas y tercer cumpleaños del pequeño Yossed los esposos contemplaban el cielo con las manos entrelazadas cuando vieron brillar intensamente y desaparecer después una estrella.

Al acudir a su biblioteca de pergaminos, el primero que les saludó sobre la mesa era el rollo del profeta hebreo Habacuc. Leyeron con el alma expectante:

«Aguantaré de pie en mi guardia, me mantendré erguido en la muralla y observaré a ver qué me responde, cómo replica a mi demanda. Me respondió el Señor: Escribe la visión y grábala en tablillas, que se lea de corrido; pues la visión tiene un plazo, pero llegará a su término sin defraudar. Si se atrasa, espera en ella, pues llegará y no tardará».

El niño fue creciendo al mismo ritmo que la profecía iba madurando en su corazón. Sus padres, especialmente Anahí, le hicieron partícipe de su expectación. Con el paso de los años fueron encajando como en un mosaico las diversas teselas de sabiduría que los esposos Kansbar guardaban celosamente. Una noche, después de la cena, Yazda y Anahí anunciaron a sus hijos que el día esperado era inminente.

—La estrella que vuestra madre y yo viésemos juntos hace tantos años… está cerca de nuevo. Hemos consultado los libros y rezado mucho. Se acerca una gran revelación para el mundo y nuestra familia está llamada a ser testigo y anunciarla.

«Y tú, Belén Efratá, pequeña entre los clanes de Judá, de ti voy a sacar al que ha de gobernar Israel; sus orígenes son de antaño, de tiempos inmemoriales»—recitó Anahí—. Estas palabras del profeta Miqueas nos dicen el lugar.

—Uno de nosotros deberá ir allí para ser testigo y ofrecer el homenaje de nuestra espera. Serás tú, Yossed, el pequeño de la casa, nuestro enviado, porque el Rey anunciado vendrá humilde y a un lugar humilde.

Toda la comunidad de magoi rezó por él para enviarlo. El maestro pronunció su nuevo nombre, signo de la nueva vida de peregrino de la Verdad.

—Desde ahora te llamarás Gaspar, porque eres el guardián el tesoro de nuestra sabiduría. Que Dios te conduzca hasta Sí mismo. Que calme y, a la vez, avive tu sed en el oasis del maestro que encontrarás en el camino.

Era el amanecer de un 6 de enero.

No pasaría mucho tiempo antes de que Gaspar Yossed encontrase a Baldassare, que iniciara idéntica peregrinación desde la lejana Etiopía. Para ambos llegó el oasis en la persona de Melqui Or, “rey de luz”. Él era el maestro de vida que completó la pequeña comunidad de magoi. Para ellos, su hogar era el propio camino, peregrinos de la intimidad con el Dios grande que les conducía a la gran revelación.

Llegaron, finalmente, a Judea. El cielo de Bethlehém, la “Casa del Pan”, era su punto de mira cada noche. También hoy, 6 de enero.

La estrella que titiló para Anahí y Yazed tantos años atrás fue fiel a su cita. Les mostró el camino hacia Yeled Yeshúa, el Pequeño altísimo que había cambiado para siempre la Historia.

Le adoraron.

La madre de Yeshúa sonrió a Gaspar Yossed, y él supo al instante que era inmaculada, como el nombre de su propia madre significaba. La música inaudible e inefable del momento quedó presidida por una voz solista. Yeled Yeshúa reía ante la caricia de la barba del anciano Melqui Or sobre sus mejillas carmesí. Gaspar Yossed conocía de memoria las palabras del profeta Sofonías. Se acababan de cumplir en la risa del Niño:

«El Señor tu Dios está en medio de ti, valiente y salvador; se alegra y goza contigo, te renueva con su amor; exulta y se alegra contigo».

                                                                  scrivivente firma trans pequeña

Citas bíblicas: Habacuc 2, 1-3 / Miqueas 5, 2 / Sofonías 3, 17

Imagen: Adoración de los Reyes Magos (El Greco. 1568)

Publicado en poesía

Santa María del belén (soneto)

Recortes de papel, corcho y figuras
se dejan modelar en la mesita.
Espera mi belén ya Su visita,
Bebé en brazos de Madre en miniatura.

Habita la escayola tu hermosura,
polícroma y encinta, en ti bendita.
Así te viera Dios tan chiquitita,
que bien se enamoró de tu faz pura.

De tela tersa y negra haré universo,
colgando mil chinchetas por estrellas.
Que no te falte luz en esta hora,

y leas de corrido estos mis versos.
Diré a tu esposo: “Toma, es para Ella,
mi Madre, María santa, mi Señora”.

                                       scrivivente firma trans pequeña

Publicado en pizcas literarias

Nanovelas y literatubits (pizcas literarias)

literabits 2Dos inventos han tocado recientemente a la puerta de mi lápiz, a modo de título: «nanovelas» y «literatubits».
Ambas travesuras ofrecen, condensada en su propio nombre, la definición.
Ambas son homenaje a Baltasar Gracián, aunque seguir la senda de su “brevedad” no haya logrado convocar a la “bondad” en estos escritos.

La segunda —«literatubits»— se autodefine con obviedad de derecha a izquierda: bits literarios.

La primera —«nanovelas»— puede parecer pretenciosa, pero está lejos de su intención presentarse como recensión de la recensión de una novela no escrita. Es, más bien, un pequeño homenaje a la novela en sí, y a cinco autores en concreto. Aunque hallan dejado huella en mi lápiz las palabras de Taylor Caldwell, Frank G. Slaughter, Richard Bach, Morris West, Frederick  Forsyth o Michael D. O’Brien, entre otros autores, deseo mencionar a cinco escritores que han dejado sus huellas en y al lado de las mías, compartiendo camino en la apasionante peregrinación de la literatura.

Cuatro de ellos son Hj Pilgrim, Jorge Sánchez “Tritio”, Georges Rurba y Toni Ávila “Tavilac”, amigos y compañeros en Ciudad Sttorybox. Los dos primeros, aventureros en el reto NaNoWriMo. Los dos últimos, maestros en la orfebrería de las miniaturas literarias. A ellos, especialmente, dedico estas ocurrencias, que también viven en Sttorybox. Y también a todos los sttorywriters, especialmente al “quinto”, José M. Angelina “Charlie_GPT” y a los otros cuatro ganadores de IV Concurso de Relatos.

literabits 2

«Inspiración»

No quería dormirse, todavía. Después de dos horas dando vueltas en la cama a posibles temas para su novela, se declaró vencido. Ahora sí quería dormir, pero no podía. Se levantó. En la puerta del dormitorio consultó su GPS:
—O la biblioteca o el refrigerador —descomprimió.
A la escasa luz de la nevera abierta eligió un frasco de zumo de algo. Antes de abrirlo vio en la etiqueta, junto a la composición y fecha de caducidad, un extraño recuadro.
—Si los átomos no son “comestibles”, porque no se pueden llevar la boca, estas etiquetas no tienen palabras. ¡Por Dios, sólo se pueden leer al microscopio! —exageró.
Con una mezcla de enfado y curiosidad acudió a su lupa de la colección de sellos. El recuadro estaba en ruso: «Грейпфрутовый сок “Вдохновение”, чтобы пробудить ваш ум. Написать опасную и вдохновляющей фразу и участвовать в нашем конкурсе “сок” фраз».
Buscó el diccionario y leyó en voz alta:
—Zumo de pomelo “Inspiración”, para despertar su mente. Escriba una frase inspirada e inspiradora y participe en nuestro Concurso “Zumo de frases”.
Al devolver el diccionario al estante le abrazó el título de otro volumen: “Aprenda a respirar bien”. El subtitulo le cautivó: “El aire tiene sabor”.
Se lo llevó al dormitorio junto al frasco de zumo. Un breve hojeo le llevó al lugar adecuado: “Inspire lenta y profundamente antes de dormir. El aire tiene sabor y le inspirará el sueño, y sueños de descanso”.
Así lo hizo. Se durmió en seguida. Soñó. Por la mañana garabateó un resumen de lo soñado. Había encontrado el filón para empezar a escribir.
Con el tiempo dejó de necesitar el frasco de zumo en la mesita.
Con el tiempo aprendió a describir el sabor del aire.
Con el tiempo aprendió ruso.
Con el tiempo escribió a la casa “Inspiración” y les aconsejó que hicieran legibles las etiquetas.
Con el tiempo terminó su novela.

«Sonrisa»

Una sonrisa nunca es fingida,
porque los músculos del rostro no tienen doblez.

«El sabor de la naranja»

Muchos opinaron sobre el sabor de aquella naranja.
Sólo “supo” hablar de ella con autoridad el que la degustó.

«Puré o ensalada»

En el puré, los ingredientes han sido unidos por la batidora, pero en realidad ya no “son”, y ya no “están”.
En la ensalada, cada uno “es” y “está” enriquecido por la convivencia.
La familia no es un “puré” sino una “ensalada”.

«Arrugas»

Las arrugas no se forman por sonreír mucho, sino por dejar de hacerlo.
Dios nos creó sonrientes.

«Nuevo, pequeño y fuerte»

Todo lo nuevo, lo que nace, lo que brota… es pequeño y, a la vez, denso.
Es denso porque es pequeño. Es pequeño porque es denso.
Un bebé, una idea, la primera caja de un “sttory-relato”, una semilla de secuoya…
En su pequeñez está su fuerza.

«La verdadera “Lámpara maravillosa”»

Es María.
En el Tiempo de Adviento está con nosotros como Madre de Dios embarazada.
“Frotar” la lámpara es acercarnos a Ella en la oración.
Al hacerlo descubrimos el “ingenio” de Dios, que se hace unicelular para caber en nuestra vida siendo infinito.
Él es la Luz de la Lámpara, como cada bebé es la luz de la madre que le alberga y la hace grávidamente bella.

«¿Medio llena? ¿Medio vacía?»

El pesimista ve la botella medio vacía.
El optimista la ve medio llena.
El ecologista riega la maceta.
El apresurado bebe un poco de agua.
El curioso intenta leer la etiqueta de la botella.
El aprensivo trata de averiguar si está caducado el contenido.
El ser humano “humano” busca una fuente, llena la botella y la ofrece a los sedientos que va encontrado.

«Radiografía del enfado»

El enfado es el polen del odio.
Polen falso, porque el odio no es una flor.

«Feliz aniversario»

—Cariño.
—:-)
—Está nublado, pero no importa, porque brilla una estrella.
—¿:-)?
—Tú eres mi estrella, y yo soy tu astrónomo.
—Por eso, quien me saluda con el telescopio lee en mí tu nombre. Me llamo “tú”.
—:-) Nos llamamos igual.
—:-) ¡Feliz aniversario, amor!
—¡Feliz aniversario!
—:-)(-:

«Piropoflexia»

—Me enamora tu ADN.
—¿:-)?
—Es un delicado y finísimo pergamino que deja leer la partitura completa de la sinfonía de tu vida.
—Tus palabras la convierten en música. En ti me reconozco.
—Del “copiaypega” de dos fuentes distintas has resultado absolutamente original.
—:-)(-:

Publicado en relato breve

«Crucigrama»

Seleccionado en la fase final del IV Concurso de relatos de Sttorybox

«Nunca había llorado como hoy». 

Buchenwald, 23 de abril de 1945

En un rincón de la descarnada pared de la sala, Hanna descubrió la frase garabateada en inglés por el dolor de algún soldado aliado. Decenas de personas esperaban turno para identificar los escasos efectos personales que las tropas americanas habían encontrado peinando las ruinas del campo de concentración. Las ventanas abiertas apenas dulcificaban la atmósfera de emoción contenida mezclada con el indefinible y lejano hedor de la guerra. Hanna, de 17 años, creyó escuchar su apellido:

—¡Weiss!

Ensoñada por los recuerdos, lo escuchó de nuevo, como a dos voces de barítono. Una de ellas era delicada pero imperiosa, la otra llena de cariño:

—«Edelweiss».

Se volvió, urgida por su propio anhelo. Así la llamaba papá, jugando con su apellido, cuando practicaban en casa su pasatiempo favorito —los crucigramas— en los ratos en que el profesor Weiss no tenía clase en la Facultad. Johann había logrado contagiar a su pequeña la pasión por la literatura y los idiomas. Tras la muerte de mamá, se volcó en su hija con ternura añadida. la sillita lápicesMünchen, mayo de 1937

Un primaveral día de lluvia, el profesor había gestado la idea de su vida:

Schatz (tesoro) ¿por qué no hacemos un crucigrama juntos?

—¡Me encanta, papá! —respondió Hanna mientras buscaba con la mirada entre las revistas de la mesita.

—No, meine Tochter (hija mía) —sonrió travieso—. Me refiero a construirlo. Y además… ¡con palabras en varios idiomas!

Una de las que manejaron aquella tarde fue “kipá”.

—Papá, explícame otra vez su significado —demandó la niña.

—Piensa, Hanna, ¿qué pasa si dejamos abierto un frasco de colonia? —estimuló Johann.

—Que la colonia se evapora poco a poco. Por eso tiene que estar la tapa puesta.

—Pues así ocurre cuando no cuidamos en nuestra memoria el amor de Dios y el amor entre nosotros. Es un perfume muy valioso. La “kipá” es…

—¡Como la tapa del frasco de colonia! —interrumpió vehemente Hanna—. Pero, ¿qué pasa si la pierdes, papá?

—Entonces —sonrió con ternura, mientras se quitaba la kipá, blanca como su apellido— te pediré que pongas tus pequeñas manos sobre mi cabeza. 
la sillita lápicesBuchenwald, 23 de abril de 1945

El soldado americano de voz grave la miraba con una esforzada sonrisa en los ojos, circundada por la orla grisácea del dolor.

—¿Se apellida usted Weiss, Fräulein?

—Soy Hanna —respondió sencillamente, persuadida por la súbita certidumbre inconsciente de que su padre animaba la pregunta del soldado.

—Entonces, quizá esto es suyo. Examínelo, por favor.

La portada de la libreta tenía tres nombres enlazados en un diminuto crucigrama: Karen, Hanna, Johann. La habían estrenado aquella tarde de 1937. Con feliz paciencia, padre e hija habían construido un crucigrama con definiciones en cuatro idiomas: alemán, inglés, yiddish y arameo, éstos últimos transliterados.

Hanna abrazó la libreta contra su pecho. ¡Era todo lo que tenía! ¡Era su hogar! Movida por una súbita inspiración, la abrió por la página central y la volvió a estrechar, invitando a sus brazos de papel a acoger a la niña que la estrenase con su padre hace mil años.

Sin prisa, separó dulcemente el abrazo y entró en casa. Las páginas soplaron sobre su rostro la minúscula brisa del hojeo rápido. Cada crucigrama era una obra de arte, con pulcra caligrafía en las definiciones y perfecta geometría en las cuadrículas. Casi todos estaban resueltos, con la letra cambiante de manos distintas, ora temblorosa, ora firme. Todos aparecían…

—¡Firmados! —se asombró Hanna, mientras leía la breve dedicatoria que cada uno llevaba al final, destilando afecto y gratitud.

En su mente le sonreían los recuerdos, vestidos de corcheas de voz y fotogramas de imagen. Les aplicó la lupa de su voz, concentrando los rayos de vida en un solo punto, en una sola y amada palabra. Le sorprendió su propia y vigorosa esperanza al pronunciarla con suave potencia, como el susurro de una soprano de ópera, inteligible incluso en la última fila del teatro:

—Papá. la sillita lápicesBuchenwald, mayo de 1941

—Sé que está viva. Hanna vive, Josef.

Johann Weiss se dirigía con convicción a su compañero de celda, el rabino Kaczorowsky.

Dos años atrás no pudo confirmar que su pequeña había subido al tren con otros cientos de niños, rumbo a Dinamarca, pero su corazón y su fe en Dios le decían que Hanna estaba a salvo. El abrazo de despedida no fue en la estación.

—Te quiero, papá. Estaré bien. Yo te cuido, ven —invitó Hanna, acariciando la poblada mejilla surcada de sonrisa y dolor.

—Y yo a ti, tesoro. Y yo a ti… —tradujo él izándola con su abrazo vigoroso, incapaz de otro idioma que no fuera la ternura, mientras su cabeza encontraba reposo y fuerza en el refugio limpio del hombro de su hija, su pequeño castillo. 

Durante los primeros meses se había dejado caer en los brazos de la melancolía, pero su encuentro con un extraño médico de Viena, también judío, también preso, le había aportado una luz nueva en medio de tanta tiniebla. Se llamaba Viktor, Viktor Frankl.

Una tarde lluviosa de mayo, como la primera vez, retomó su artesana creación de crucigramas polilingües. Al principio le servía para mantener activa su robusta mente, pero en seguida se dio cuenta de que los crucigramas podían contribuir a humanizar aquel lugar.

—¿Me dejas resolver tu crucigrama… M936?

Se lo pedía un hombre enjuto, consumido por el tifus, “tuteándole” con las primeras cifras. Entonces germinó en Johann la luz que le sembrase el doctor Frankl:

—¡Claro que sí…! —respondió interrogando Weiss.

—¿No alcanzas a leer mi nombre? Soy M42629…

—No, no eres un número —le espetó con ternura—. Mi crucigrama, nuestro crucigrama, está lleno de palabras. Nosotros somos más que “palabras”. Somos quienes las pronunciamos. Ja, Ich weiss. Sí, lo sé —sonrió ante la traviesa gracia escondida en su propio apellido—. Soy Johann. ¡Soy! ¡Soy Johann!

—¡Günther! —rescató de entre los escombros de su dignidad apalizada su amigo. 

Desde ese momento Johann Weiss empezó a dar clases de literatura y de esperanza a los compañeros de cautiverio a través de los crucigramas. Los poblaba de palabras de ánimo, de arte, de fe, de cultura, de alegría. Les enseñó palabras en inglés y en otras lenguas. Aquella libreta se convirtió en una brújula contra la desesperación. Pronto tuvo coautor su nacida “enciclopedia” de la esperanza:

—Lo hacemos por todos, por cada uno, Josef —le decía con frecuencia—. Pero yo sobre todo…

—Piensas en Hanna, mi buen amigo —sonreía el rabino.

—Confío, sé, que un día los crucigramas le ayudarán a encontrarnos.la sillita lápicesBuchenwald, 23 de abril de 1945

Las dedicatorias le hicieron salir de sí misma. Papá no había estado solo, la libreta era obra de muchos. En su interior supo que aquellos crucigramas habían salvado vidas.

Hanna empezó a volcarse en los que compartían con ella aquel doloroso primer día de paz. ¡Encontraría a papá en el amor que pudiera entregar a los demás buscadores de familiares desaparecidos!

Fue un niño, Otto, el que encontró el camino:

—¡Mira Hanna! ¡Las iniciales de las primeras definiciones “horizontales” son justamente las letras de tu nombre! 
la sillita lápicesBuchenwald, septiembre de 1941

—Estoy perdiendo la memoria, amigo mío —Johann repasaba con el dedo en la sien datos nublados—. Tenemos que dejarle a Hanna un mensaje antes de que sea tarde.

Miraron a la vez la libreta, y asintieron. ¡La página 41! Había rumores sobre un posible traslado de algunos prisioneros a Theresienstadt.

—¿Y si descubren la libreta? ¿Y si no llega a las manos de Hanna? —objetó sin convicción el rabino.

—Dios nos ayudará, Josef. Dios es misericordioso.

Al tercer día de trabajosa orfebrería, se encendió la alarma.

—¿Qué es eso? Mostrádmelo —tuteó con altivez el soldado nazi.

El leve gesto del rabino escondiendo la libreta en el vacío no pasó desapercibido a la mirada de hielo. En la de Johann titilaba fe:

—Ha llegado el momento, Josef.

Desde que el soldado se llevase la libreta, la fe venció al miedo. Y sobre todo, el amor.

—Hanna es su hija, ¿verdad? —el hielo se agrietaba por el magma recién nacido en sus ojos.

—Es un mensaje para ella. Soy Johann Weiss, su padre —desnudó sus defensas—. Y él es… Tío Josef. 

—Me llamo… Adolf —balbuceó con vergüenza su nombre—. ¡No puedo más! —repetía con los ojos limpios de barro. Sus botas también lo estaban. Adolf no había llegado a salir del barracón.

—He luchado entre mi deber y la dolorosa luz de mi conciencia —musitó antes de derrumbarse sobre el hombro enjuto de Johann—. Perdón, ¡perdónenme! Se lo suplico.

La piedad ensanchó el corazón de Johann, que le mecía como a un niño, en cuyas manos se agitaba la libreta, velamen del barquichuelo recién restaurado. La dulce tormenta dejó el beso de sus olas en la página abierta. Una lágrima de Adolf trepó hacia abajo por las rayas de la casaca de Johann.

—Dios te ha perdonado. Y yo con Él. Mi perdón es sólo el recipiente, hijo. Estoy aquí. Tranquilo. Estoy contigo.

Desde aquel minuto insólito, fueron tres los escribas del crucigrama 41.

—Johann, Josef. Empeñaré mi vida para que la libreta llegue a las manos de Hanna —les dijo la víspera del traslado a Theresienstadt.

—No puedo imaginar mejor mensajero, hijo mío. la sillita lápicesBuchenwald, 23 de abril de 1945

Deletreando con prisa, el corazón de Hanna se detuvo en la segunda “A” de su nombre, sin saber qué rumbo tomar. Casi sin respirar, una súbita inspiración le llevó a peregrinar hacia las “verticales”. Allí, como un breve acróstico discreto y escondido, le abrazaron en alemán las cuatro primeras iniciales: “Papi”.

—¿Papá? ¡Papá! —arrugó el papel en busca de la respuesta que ya anticipaba su amor. Siguió deletreando tras la cuarta inicial, con la voz de Otto haciendo coro: 

—Theresien…

—¡Otto! ¡Papá está en Theresienstadt, en Checoslovaquia! —tradujo exultante, mientras ambos jóvenes se abrazaban de pura alegría—. ¡Lo sabía! ¡Mi corazón sabía que papá no murió aquí! la sillita lápicesTheresienstadt, junio de 1945

Hanna se acercó con ternura a cada uno de los consumidos seres humanos que habían sobrevivido. Todos eran su familia, pero su corazón buscaba a uno en particular. Se sentó en el camastro junto a él. Le tomó la mano.

—Papá —suspiró con la madura alegría que nace del dolor.

Johann se dejó mecer, como un niño perdido que confía, aunque no sabe en quién está descansando.

Día a día, semana a semana, Hanna fue repasando en voz alta los crucigramas, embargada por una invencible esperanza. Papá había labrado con el alma aquella libreta, y de entre sus páginas germinaría de nuevo la memoria de su autor.

Llegaron al crucigrama 41.

—En español, “capacidad de la persona para sobreponerse a períodos de dolor emocional y situaciones adversas, resultando incluso fortalecida”. Dedicado a Viktor Frankl —definió Hanna.

—”Resiliencia” —se respondió, mirando con arrobo a su padre.

—Otra. En alemán, “dcera”, “hija”, “figlia”… —perseveró la joven. 

Iba a decir “Tochter” cuando notó que le tomaban las manos con suavidad. Se dejó hacer. Cerró los ojos, pequeños aljibes mellizos colmados por lluvia compartida. Las manos de Johann llevaron las de su hija hasta su propia cabeza descubierta. 

Hanna escuchó su nombre, bordado por la amada voz de barítono, embellecida por la vida reconquistada:

—Edel… weiss.

Al abrir los ojos, dos lágrimas mutuas se unieron en la libreta, abierta sobre el regazo de ella. Las recibió el pequeño cráter seco que dejara tiempo atrás otra gota de vida. Con esa tinta estrenada habían completado, los tres, juntos, el último crucigrama.

Un poco más abajo, sonreía la vigorosa caligrafía en inglés de la dedicatoria: 

«A vosotros, Hanna y Johann:

Nunca había llorado como hoy. 
Llanto de recién nacido. Renazco para dar la vida. Viviré en vuestro abrazo más allá de la vida. Siempre. Gracias. Os quiero. 

                                                             Adolf».

                                                                           scrivivente firma trans pequeña

Publicado en pizcas literarias

«Plato combinado» (pizcas literarias)

Tres “pizcas” literarias en el menú.

Glosario:

1 «Micronversación»

Palabra cocinada a la vez, sin habernos conocido entonces, por Remei González Manzanero y un servidor. 

Nace de aplicar la planchita caliente a las palabras “micro” y “conversación”. El resultado es crujiente, por la letra “r” incrustada; y dulce, como la superficie de azúcar que corona la tartaleta de crema catalana.
Para conocer a Remei y a Salva (valen mucho la pena) hay que “viajar” con ellos a Nepal. Billetes aquí: testimonioennepal.blogspot.com.es

2 «Miniparábola»

Más bien son “virutas” de parábola reunidas.

3 «Migas de BUEN humor.
Buenas migas de HUMOR.
Buen humor con MIGA».
Necesito los tres cabos para trenzar la idea.

………………

1 «Micronversación»
EL SILENCIO

—Adivina adivinanza.

—Dime.

—Es una cosa… que se rompe sólo con pronunciar su nombre.

—Me rindo.

—¡El silencio!

—¡Claro! Pero dime, ¿se puede restaurar una vez roto?

—Siempre… Y también se puede mantener aunque estemos hablando.

—¿Cómo?

—Nosotros, en esta conversación, lo estamos haciendo. Y también quien nos escucha en este momento.

—Sigue.

—El silencio no es simple ausencia de palabras. Es el regazo atento que recibe las del otro. Quien nos está escuchando ahora mismo -aunque cree que sólo lee- también está en silencio, acogiendo nuestras palabras, sin romper ni su silencio ni el nuestro.

2 «Miniparábola» …

… SOBRE LA SONRISA

La sonrisa es un “correo electrónico” con tres tipos de destinatarios:
Aquellos con direcciones visibles (en CC) son los que nos rodean a lo largo del día, visibles para nuestra consciencia.
Aquellos con direcciones ocultas (en CCO) son los cientos de personas con los que nos cruzamos fugazmente aquí o allá, invisibles para nuestra consciencia.
Nosotros mismos. Podemos hacer tres cosas: ignorar que somos destinatarios (no incluyendo nuestra dirección), agregar esta para confirmar simplemente que la sonrisa se ha enviado o enviarnos a nosotros mismos la sonrisa como mensaje de vida, como invitación a vivir.
Además, el “contenido” del mensaje, no necesita pie de foto. Es una sola y poderosa imagen. La longitud del “pie de foto” que pudiéramos añadir es inversamente proporcional a la fe que profesamos en la sonrisa como obra de arte por sí misma.

Sonreír no es fingir alegría o esconder tristeza. Es, más bien, construir la primera y expulsar la segunda. Sonreír es mover el mundo. La sonrisa la ve quien nos mira a los ojos y también la sienten nuestros propios ojos, nuestro rostro. Sonriendo damos paz y recibimos paz. Además, la sonrisa es altamente contagiosa, especialmente si es un bebé quien la practica.

Las arrugas no nos salen por sonreír mucho, sino por dejar de hacerlo, porque Dios nos creó sonrientes. Sonreír embellece y siembra belleza a quien contagiamos.

La sonrisa es el “encofrado”. La alegría es el “hormigón”. La arena, grava, agua y cemento son nuestras capacidades, que deben estar bien proporcionadas, con madura coherencia de vida. Pero la coherencia no “es”, más bien “va siendo”.

Como “el movimiento se muestra andando”, la última palabra no va a ser una palabra …

🙂

3 «Migas de BUEN humor.
Buenas migas de HUMOR.
Buen humor con MIGA»…

… de los primeros monjes.

Los Padres del Desierto fueron, allá por los siglos III y IV en Egipto, los iniciadores de la vida monástica en la Iglesia. Bástenos dos breves pinceladas históricas sobre los dos pilares fundamentales: San Antonio Abad y San Pacomio. Nos las ofrece el P. Anselm Grün, OSB (monje benedictino):
Hacia el año 270 d. C. el joven Antonio, de unos 20 años, oyó en la liturgia estas palabras de Jesús: “Vete, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres, y tendrás un tesoro duradero en el cielo. Luego, ven y sigueme” (Mc 10, 21). Tales palabras le llegaron al corazón, de tal manera que vendió sus posesiones y se retiró al desierto.
En el año 323, el abad Pacomio fundó un monasterio junta a Tabennisi, en la parte alta del desierto de Egipto. Mientras que los ermitaños tenían sólo una escasa relación de unos con otros, Pacomio fue el primero en fundar una comunidad de monjes.
Ya en la segunda mitad del s. IV, los monjes se pasaron unos a otros los dichos de los grandes padres antiguos. Aunque pronunciado en una situación concreta y respondiendo a una cuestión particular, “se ve claramente que el dicho (apotegma) del padre, lleno de espíritu, tenía un significado mucho más amplio y rico. No se hizo ninguna colección de esos dichos, pero, poco a poco, fueron surgiendo amplias recopilaciones de los mismos, que tuvieron una gran difusión en la cristiandad.
De entre esos dichos, selecciono algunos breves apuntes sobre el sentido del humor como fruto y, a la vez, semilla de madurez espiritual y humana:

VAMOS A DISCUTIR
Dos monjes vivían en mucha armonía. Un día uno de ellos dijo:
—Pongámonos a discutir como hacen los mundanos.
Le contestó el otro:
—Yo no sé qué es discutir.
—Es así —apuntó el primero—: Yo pongo en medio ese ladrillo y digo: ‘Esto es mío’, y tú respondes: ‘No, es mío’”.
Empezaron. El primero colocó el ladrillo en el centro y dijo:
—Esto es mío.
—No, es mío —respondió poco convencido y sonriendo el segundo.
—Si es tuyo, tómalo y vete en paz —concluyó el primero.
Y no lograron discutir.

UNA CELDA MUY PEQUEÑA
Un anciano monje mostró a un novicio la celda que le habían destinado y le dijo: “Aquí han vivido célebres padres, como Pombo, Silos, Efrén, Prócoro y Eulises”. El novicio, sorprendido, dijo: “¿Pero cómo pudieron caber tantos ancianos en una celda tan estrecha?”

NO A TODOS LES GUSTA EL DULCE
Vivía un monje muy trabajador con uno muy perezoso que prefería la ‘tranquilidad’ de no hacer nada. Un día el primero dijo al perezoso: “Hermano, el trabajo endulza la vida”. El otro le respondió: “Pero no a todos les gusta el dulce”.

NO SE PUEDE SENTAR MÁS ALTO
A un hombre que era poderoso y el primero en todo le dijo una vez el anciano monje: “Podrás vivir muy elevado, pero nunca podrás sentarte más alto que tus propias posaderas”.

SI NO SE RÍE NO ES SERIO
Dijo Abba Querubín: “No me hables nunca de un monje que jamás se ríe. Ese no es un monje serio”.

Fuente: parrhesiamonastica.blogspot.com.es

                                                       scrivivente firma trans grande 222

Publicado en la literatura es noticia

Rubén Darío, un escritor de 10 años (la literatura es noticia)

Ayer, domingo 19 de noviembre, se nos fue Rubén Darío, un niño con nombre y alma de escritor que nos conquistó desde que conocimos su historia. Nos ha dado la noticia la agencia Historias de Luz. Nos unimos al abrazo a su madre, Liliana Flores, de parte de todo el equipo de Historias de Luz.

la sillita lápices

La escritura ha sido su mayor estímulo.

Rubén Darío Ávalos, con apenas 10 años, ha publicado su primer libro de relatos con cuyos fondos trata de ayudar a su madre en los gastos que ha generado una enfermedad rara que padece desde que nació y que le obliga a recibir quimioterapia cada dos semanas.

Llegó desde Paraguay con seis años para buscar respuestas en el Hospital Virgen del Rocío de Sevilla, donde pudo recibir al fin un diagnóstico y tratamiento.

En su libro «Encuentros con Rubén» hace una recopilación de relatos escritos desde que era casi un bebé, con los que también busca animar a otros niños en su situación. Rubén muestra una alta capacidad para la escritura y la lectura, ya que a su corta edad ha leído cerca de un millar de libros y tiene escritas varias novelas. Sus autores favoritos son Borges y García Márquez. Rubén

El testimonio de su aventura ha sido recogido por la agencia de noticias «Historias de Luz», y emitido en el informativo Buenas Noticias de nuestro canal Cetelmon tv.

Difundir su historia puede ayudarle, sea compartiendo esta entrada o el propio enlace a la vídeo-noticia.

¡Lo importante es Rubén, el niño, el escritor!

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