«Imaginarca»

A Sergio, José María y Enrique.

A la pequeña comunidad de escritores que ha nacido en las calles de Sttorybox. Escribiendo nos conocimos. Escribiéndonos nos reconocimos como hermanos.  

A mi comunidad, que anima mis letras con oración y lectura.

A mi maestro J.R.R Tolkien y mi padre Alberto María, espejos de mi lápiz. Este relato es un pequeño homenaje a ambos.

Sobre todo, al Señor, Inventor de las palabras y del milagro de entendernos por amor con ellas . A Él la Gloria.

la sillita lápices

«Cuando el mundo está a punto de acabarse es cuando piensas en lo que realmente te empuja a vivir».

A medida que caía por la grieta del glaciar, Marie escuchaba en su mente este pensamiento perturbador, mientras le envolvía un imparable caleidoscopio de imágenes fugaces, impresas en el hielo.

Habló a su padre, cuyo rostro veía siamés de George Washington en el Monte Rushmore:

—Soy ¿Marie? Los Andes. Chile. Viernes…

Se desvaneció.

***

Hospital Clínico San Borja Arriarán, Santiago de Chile, dos días después.

—¿Cómo está Marie? —urgió de hito en hito Héctor.

El joven pensó que Nur hacía honor a su nombre. Siempre tenía “luz” en los ojos. Hoy también, a pesar de la dramática situación que estaban viviendo.

—El caso es que está… bien —aseveró ella—. Es extraño, cuando éramos niñas inventamos un juego. Lo llamábamos “imaginarca”. Con los ojos cerrados creábamos mundos, y después compartíamos lo imaginado. A veces coincidíamos, y Marie dibujaba una sonrisa especial que sólo yo conocía… Sé que está en coma, Héctor, pero hace dos horas he visto pasar esa sonrisa fugazmente por su rostro.

Viaje a la Luz

Marie abrió su mente. A través de sus párpados cerrados, visitados por la caricia del frío, se supo mirada y llamada. Ante sí invitaba una entrada, perfectamente rectangular, en medio del farallón de hielo.

La estancia parecía imitar una de aquellas grutas milenarias con pinturas rupestres que estudiaba en antropología, con la diferencia de que aquí los pigmentos habían abdicado en favor de un conjunto de relieves con diversos tonos de blancura. Semejaba un friso griego que rectificara sobre la marcha su propio diseño.

—«¡Hay un patrón regular en este ornato!» —se sorprendió—. «La mano humana ha pasado por aquí».

Recordó el día en que jugaba con su hermana Nur a descubrir dibujos escondidos en los nudos de la madera del mobiliario. «Mira Marie, aquí hay un rostro. Nos está mirando». Súbitamente, el blanco relieve le mostró un semblante sereno. «Esto parece una mano saludando, Nur». El rostro blanco mutó en mano, que saludaba invitando a seguir adelante.

La estancia empezó a rediseñarse con rapidez creciente, como guiada por una imaginación a la deriva: ¡la suya!

—«Soy yo. Es mi mente la que conversa con estas extrañas paredes de hielo» —sentenció.

¡Quería saber qué era ese lugar, no lo que su pensamiento proyectaba! Para ello debía dejar su imaginación en silencio. Lo hizo. En ese momento reparó en lo que parecía una extraña “estalagmita”. En el extremo de una columna irregularmente cónica reposaba una esfera perfecta, iridiscente y traslúcida. La miró sin prisa.

—«¡Es un mapa del firmamento! ¿Es posible que en medio de la cordillera andina descanse incrustado en hielo un observatorio astronómico?»

La pregunta había nacido medio respondida. La estancia corrigió suavemente su primera impresión. Era una enorme nave espacial toda hecha de hielo. Marie creyó en lo que estaba viendo.

Todo el resto del habitáculo cobró vida ágilmente. Paneles cuajados de instrumentos se ofrecían a su vista con diversos tonos de blancura. Se atrevió a tocar lo que parecía una consola de navegación. Su mano atravesó el blanco material como si fuera un holograma monocolor. Sin embargo, al acercar su dedo al botón de mayor rango, quiso que fuera tangible. Y así fue. Recibió una suave vibración, como si el botón hubiera pulsado su dedo.

Tras recorrer varias estancias sucesivas y cambiantes, llegó a lo que parecía una sala principal abovedada. En su centro reverberaba una bellísima columna de luz, de un blanco más límpido que todo el resto de la gran nave. Marie se acercó. Algo palpitaba en el interior de la columna. Eran letras latinas:

«Ímanya lâh ímanyi»,

«Ímanyi lâh ímanuan»,

«Ímanuan lâh íma».

Extendió la mano hacia el lugar donde le llamaban las tres frases. El tacto era suave, como de cálida piel humana viva. Las frases se plegaron para esculpir una concavidad que acogiera sus dedos. La palabra “íma” tocó la punta de su índice. Cerró los ojos. Abrió su mente. Sonrió.

Reencuentro

Nur estaba cansada. Aunque las largas horas de vela al lado de su hermana habían acrecentado su hermosa comunión con ella, se le cerraban los ojos de pura fatiga. Experta en lenguas antiguas, había compartido con Marie muchas horas de investigación sobre antropología. El equipo creció cuando conocieron a Héctor Solar, joven ingeniero en informática. Marie y Héctor se hicieron novios.

Nur tenía la mano de su hermana entre las suyas. Debió quedarse finalmente dormida, deslumbrada por el sol de atardecer que se filtraba por el encaje blanco de la cortina. En el duermevela creyó descubrir palabras escritas entre los bodoques bordados.

—«Soñar es ser» —musitó.

Se despertó. Había sentido el leve pálpito de la sangre en un dedo de Marie. Su índice se había movido. Y en sus labios asomaba una sonrisa, la “sonrisa”.

«Ímanos»

—Cuando te encontramos inconsciente en la biblioteca pública tenías varios libros abiertos delante, Marie —subrayó Nur, acariciando la mano de su hermana mayor—. ¿Alguno en particular era el “centro de gravedad”?

Sentados los tres ante la mesita del salón, poblada de mate humeante, conversaban en casa de la familia del joven.

—«El abuelo sabio vertical» —recordó Marie, ya repuesta—. Se llama “Lahuán” en lengua mapuche y no es un anciano muy erguido, sino una especie arbórea de gran longevidad, que abunda en la Patagonia.

La joven les detalló su investigación sobre la cultura indígena que cuidaba a estos gigantes de más de 4.000 años de vigorosa ancianidad.

—Según el autor, el antropólogo lituano Vitautas Mihaleris, los “descubridores” de estos gigantes pertenecían a una tribu nómada que llegó a la Patagonia chilena desde Alaska, los “ilauani”. Recuerdo perfectamente que me cautivó una foto concreta: un conjunto de tres enormes alerces parecía enmarcar y señalar algo en la cordillera nevada que brilla en segundo plano. Es aquí, esperad.

Marie pasó varias páginas y señaló con el índice. Una levísima corriente recorrió su dedo desde la foto en papel cuché.

Tras la vívida y detallada descripción de su “experiencia” se quedaron pensativos. No eran alocados aventureros emocionales, sino jóvenes científicos tan apasionados como sensatos. Alcanzaron un solo sentir: lo narrado por Marie podía contener mucho más que un caleidoscopio emocional hilvanado en el tul de los sueños.

—Y además, hemos vuelto a “imaginarca”, Marie, aunque ya no somos las niñas que jugaban. De alguna manera he… leído la frase. ¿Será posible que la hayas escrito tú misma?

—La he visto escrita y la he “pronunciado” con los ojos —las palabras de Marie eran más que poesía—. Creo firmemente que existen en alguna parte. Pero ¿dónde?

Muchas preguntas para un solo enigma. La misteriosa nave blanca parecía conducirles aun sin haber penetrado en su luminosa estructura. Paradójicamente, la única “puerta” visible y legible para entrar estaba sumergida en el corazón de la misma: tres frases, nueve palabras.

—«Soñar es ser» —repitió Héctor.

«Ímanya lâh ímanyi. Ímanyi lâh ímanuan. Ímanuan lâh íma» —recitó pensativa Marie—. ¿De cuál de los tres fragmentos podría ser traducción? ¿De qué idioma se trata?

—Creo que sé dónde buscar respuestas —interrumpió con prudente júbilo Nur, mientras tecleaba con presteza las letras HIM en el navegador del portátil.

En la pantalla empezaba a cargar la página buscada.

—Hace dos años un equipo de profesores y estudiantes de la Universidad Alberto Hurtado, de Santiago de Chile, inició el proyecto HIM, “Hospital de Idiomas Minoritarios”, para identificar y rescatar lenguas en riesgo de extinción —los ojos de la joven brillaban más que la pantalla de plasma—. Conozco personalmente a uno de ellos, Luca Ricci. Trabajé con él. Si hay alguien que puede darnos luz en esto es Luca.

—¡Genial! —exultó Héctor—. Estoy deseando desvelar el misterio de los… ímanos. ¿Ímanos?

—¡Ímanos! —cantaron a coro las dos hermanas, acariciando la palabra—. ¡Suena bien para empezar!

Sin saberlo, el joven ingeniero había dado en el clavo con el gentilicio. En aquel mismo instante, en alguna parte, cerca o lejos de aquella salita, una luz muy blanca palpitó.

«HIM»

El campus de la universidad, ubicado en el centro de la capital, había destinado un ala de la Facultad de Humanidades al HIM.

Con la puerta abierta, ataviado con bata blanca de médico y el bolsillo superior lleno de rotuladores y lápices de colores, les esperaba un sonriente sabio distraído, con las previsibles gafas redondas llenas de huellas digitales y palabras acumuladas.

—¡La mismísima Nur Charbel! ¡Querida Nur! Bienvenidos a mi humilde dicciolaboratorio —la abrazó con cariño.

—¡Hola Luca! ¡Cuánto tiempo sin el tsunami de tu contagioso entusiasmo! Estos son…

—Tu hermana Marie y su prometido Héctor —se anticipó el joven, completando los abrazos—. Venid, tengo algo que enseñaros. He estado muy ocupado últimamente con vuestra consulta.

Apartando algunas colinas de carpetas apiladas, lograron sentarse. El “piccolo dottore” les enumeró los pasos que le habían conducido al dossier que reposaba en la mesa. Su relato concluyó con la curiosa similitud entre la última palabra de las nueve —“íma”— con la voz aramea “madre”.

—No había caído en la cuenta de la coincidencia, Luca —a Nur le brillaron los ojos—. El idioma materno de Jesús no es el que yo esperaría encontrar a miles de kilómetros de Nazaret.

—Pero sí tiene sentido, hermanita. Aunque no hubo presencia concreta de mamá en nuestra… experiencia, mi mano fue acogida en lo que parecía un “regazo” hecho de palabras.

El dossier contenía un solo documento. Traspapelado en medio de mil informes sobre los africanos “hombres de los bosques” —los bosjeman o bosquimanos— había encontrado la única referencia a la palabra “ímano”. La “broma” del archivo había mantenido guardado aquel frágil tesoro.

—«Pueblo de origen desconocido. Idioma casi extinto» —leyó Héctor por los cuatro—. No es mucho.

—La buena noticia es el “casi”, amigos míos —sonrió el lingüista—. Existe un único hablante en esta región, que nosotros sepamos. Es un ermitaño. ¡Vive a las afueras de Santiago!

Al salir del campus, ninguno de los jóvenes se apercibió de que los seguía un coche oscuro. De otro, estacionado más lejos, salieron cuatro hombres.

Lahuán e «Imaginarca»

Sus manos, curtidas por el trabajo de la huerta, mostraban también el clásico encallecimiento en el dedo corazón, que denota a los avezados en la escribanía.

—Amigos, os presento al… padre Lahuán —se adelantó Luca.

—¡Lahuán! —cantó Nur con entusiasmo juvenil—. Tiene el mismo nombre de los milenarios alerces que citó mi hermana.

—Sí, soy un viejo “alerce”, querida “Luz” —sonrió divertido y travieso—, que se deja injertar por las ramitas que los pajarillos jóvenes usan para hacer sus nidos.

Sus ojos, dos pozos de risueña sabiduría, presidían arrugas semejantes a los anillos de un viejo árbol. Menudo y fibroso, vestía una sencilla túnica de color claro. Les abrazaba y bendecía con la vitalidad de un niño.

—Bienvenidos, Marie, Héctor, Luca, Nur. Sed bienvenidos, hijos míos —invitó—. Reponed fuerzas con este refresco de fresas. ¡Son de mi huerto!

Los cuatro jóvenes se sentían como si le conocieran desde siempre. Tras los preliminares, Lahuán se dirigió a Marie:

—¡Has estado en Ímanya, hija mía! ¡Cuéntame! Os esperaba hace muchos años.

Durante el relato de la joven, el ermitaño asintió varias veces con los párpados. Al terminar, fue Nur la portavoz del interés de todos.

—¿Ha sido “real”, padre, o sólo un sueño muy especial? ¿Existe ese “lugar”? ¿Es una nave espacial?

—Es absolutamente real. Sólo que su “realidad” pertenece a otra… dimensión. Ímanya es, para entendernos, una nave-templo, pero bastaría decir “es” —sonrió feliz ante el aparente trabalenguas—. Ímanya “es”… Y, por cierto, llamadme simplemente Lahuán.

—Entonces, ¿cómo llegar? ¿Cómo entrar… Lahuán? —le urgieron voces y miradas.

—Marie, tú no has estado “en coma”, sino… aguardando a tu hermana. Durante tu primer sueño expresabas la inquietud por guardar un preciado tesoro vinculado a tu familia. Lo sugiere el rostro de tu padre en el monte Rushmore, acompañando a los cuatro “presidentes” que custodian la “Sala de Actas” excavada en la peña. Dentro de ese sueño se abrió otro, pero no era un sueño sino otra realidad, la Realidad. Desde allí la Luz te llevó hasta Nur. El sueño dentro del sueño —se llama “ilusueño”— es uno de los caminos que conducen a Ímanya, pero no es el único…

Abrió entonces el viejo armario y sacó una bolsa de cuero muy curtido. Al mostrar la bella caja de madera con decoración en taracea, ambas hermanas sintieron al alimón un estremecimiento. La reconocieron emocionadas:

—¡El arca! Es igual que el arca de nuestro juego de infancia —explicó Nur—. Siempre hemos estado muy unidas. Cada noche, antes de ir a dormir, una de nosotras imaginaba un objeto y su historia, y lo introducía en un arca que habíamos “diseñado” juntas. Durante el sueño, lo imaginado cobraba vida, y la otra abría el arca y examinaba el objeto. Por la mañana comprobábamos si lo habíamos soñado las dos igual. Le llamábamos “imaginarca”.

Los ojos de Lahuán brillaron al escuchar el nombre. La caja mostraba en algunas zonas el brillo satinado que genera el toque frecuente de la mano humana. Levantó la tapa.

—¡Está vacía! —se extrañaron.

—Más bien “cerrada” —indicó el anciano, mirándoles uno por uno—. “Imaginarca” no es un cofre común. Vamos a abrirlo.

Lahuán cerró los ojos un instante. Aunque la caja era muy pequeña, introdujo su mano por completo. Una cálida luz blanca se abrió paso desde el interior, envolviendo toda la estancia con una dulzura serena. Al retirarla, la mano estaba revestida como de un guante luminoso en el que se distinguían, dóciles a las líneas de la palma, signos de bella caligrafía.

—Unid vuestras manos y acoged la mía —la voz de Lahuán sonaba distinta.

Notaron una levísima sacudida entre los dedos. Sostenido por el seno acogedor de diez manos, se ofrecía ahora a su vista un pergamino abierto. Marie reconoció las letras latinas que refulgían:

«Ímanya lâh ímanyi». «Ímanyi lâh ímanuan». «Ímanuan lâh íma».

—Sólo son legibles para quienes tienen luz —respondió Lahuán a la pregunta no formulada—. Lo que sigue significa esto: «Nueve palabras para pronunciar. Cinco lámparas para leer. Cuatro palabras para Una. Una palabra para todas».

—Es un tesoro muy frágil —se inquietó Luca sin poder apartar los ojos del pergamino—. Si cayera en malas manos…

Por toda respuesta, el anciano cerró la tapa. “Imaginarca” volvió a mostrarse como una sencilla y común caja.

—Sí, malas manos buscan las naves-templo y su luz, en el imposible proyecto de usarlas como arma militar. Pero el verdadero enemigo, que mueve esas manos sin que ellas lo sepan, no tiene nombre y no puede tenerlo. Secuestra voluntades y palabras para sumirlas en la no existencia. Es algo así como un…

—¿Troyano mental? —inventó Luca ajustándose las gafas.

—¡Buena aproximación, mi joven doctor “palabra”! Acecha como una neblina invisible y se instala donde encuentra tristeza.

—¿Hay algún “antivirus”, Lahuán?

—Tu propio nombre, Nur, el de cada uno. El nombre es la palabra-esencia, infinitamente pequeña y densa, de nuestro ser. Es nuestra “Imaginarca” personal.

—¡Debe ser muy antigua esta civilización! ¿Son acaso los “ilauani” de la Patagonia? —cambió de tema Marie—.

—En cierto sentido, podemos decir que este idioma… aún no ha nacido —reveló Lahuán, sin dejar de sonreír con los ojos—. Dentro de algunos siglos, otros seres humanos como vosotros serán visitados y recibirán un precioso legado. Aprenderán a “construir” las naves-templo y viajarán hacia atrás en el tiempo. Llevarán consigo semillas de alerce y las sembrarán como señal de la ubicación de cada Ímanya. Aunque, a decir verdad, Ímanya no “está”. Ímanya lâh, “es”.

—Entonces, los ímanos no han nacido todavía o… ya han partido de este mundo. ¿Es así? —Marie estaba sobrecogida.

—Los ímanos viven, hija mía. Están aquí. Nosotros mismos lo somos. Como muchos otros en otros lugares del planeta, somos “cinco Lámparas para leer”, “pahlie Lembe asr minneh”.

«Luz sólida»

En el curso de los días siguientes, Lahuán estuvo instruyendo a sus cuatro discípulos sobre todo lo concerniente a Ímanya. Les explicó que la nave-templo estaba hecha de una sola y sorprendente materia prima: luz sólida.

—Es la resultante perfecta de la teoría de la relatividad. Materia y energía son las dos caras de una misma moneda. Durante mucho tiempo el ser humano ha intentado, sin éxito, convertirlas mutuamente…

—¿Cómo lo lograron… o lo logramos? ¿Quién nos visitó? —la mente científica de Héctor se dilató hacia lo imposible.

Por toda respuesta, Lahuán abrió de par en par la rústica contraventana. El sol de la tarde esculpía dos zonas de luz en las que danzaba libremente una constelación de motas de polvo.

—Como veis, el rayo de sol es la “nave” en la que parecen viajar estas partículas. Pero no viajan a un lugar, sino hacia su propia visibilidad. Son parte de la luz. Ellas hacen “sólida” a la luz. aunque no lo saben. Lo sabemos nosotros, y se lo acabamos de comunicar al hablar de ello. Así ocurrió con vuestros descendientes y, a la vez,… ancestros.

A pesar del aparente laberinto mental que Lahuán diseñaba sobre la marcha, los jóvenes se habían sumergido en el ejemplo. Se imaginaban diminutos, flotando en el rayo de sol. A causa del caprichoso ángulo que trazaba la escena, los ojos del anciano no parecían reflejar el rayo sino ser su fuente.

—La luz sólida es transversal, penetra el mundo físico y el espiritual —prosiguió el maestro—. Las dos caras de la moneda son dinámicas, pueden convivir en el mismo espacio-tiempo, y pueden moverse entre diversos “tiempos”. Esa es la verdadera “velocidad de la luz”. La luz sólida no necesita tiempo para moverse. Le basta con “ser” para “estar”. Es una “gota de eternidad”.

—Por eso mi mano atravesaba los elementos de la nave y, acto seguido, ¡los encontraba sólidos! —comprendió Marie.

—Tú hacías presente el elemento fundamental de la luz sólida: la mente humana y, en concreto, el núcleo de su capacidad, la imaginación pura —avanzó Lahuán—. Durante siglos, el ser humano ha minusvalorado la imaginación, considerándola como un residuo de inmadurez o, a lo sumo, instrumento de artista, barca sin timón o auxiliar incorregible…

—Háblanos del idioma, padre —se interesó Luca, izando las gafas por el tobogán de su puente nasal.

Más que conocer la lengua ímana, el anciano explicó que debían “dejarse conocer por ella”.

—Es el único idioma vivo por sí mismo. Las lenguas, bien lo sabéis, “viven” en el uso de los hablantes, como una sinfonía cobra vida cuando la orquesta lee y ejecuta su partitura. El ímano es distinto. Vive por sí mismo. Es palabra viviente que comunica vida a quien la escucha. Además, no tiene alfabeto propio, porque… se deja acoger por cada uno de ellos, llena con Luz sus fonemas.

—Al tocar las Tres Frases, ¡su vida abrazó tu mano, Marie! —Nur brilló al trenzar sus dedos con los de su hermana.

—Abrazaron vuestra unidad, porque «ímanuan lâh íma», es decir, “ser es amar” —Lahuán tomó las manos de ambas—. Las “Cuatro palabras para Una”, “Tahlie vehre asr Nuán”, son Imaginar, Soñar, Ser y Amar. Y la palabra Única —“lâh”, es— las reúne y sirve a todas.

Escrutando en la «neblina»

Los primeros seis días de fructífero encuentro se les antojaron un suspiro, pero todos necesitaban un descanso. Aunque la casita disponía de la sobria y amplia hospedería donde los jóvenes se sentían en casa, el mejor descanso era cambiar de aires por unas horas. Cada tarde volverían al eremitorio para cuidar que todo estuviera en orden. Las muchachas ya estaban pensando en una receta sorpresa para la cena del reencuentro, con helado de fresas de “alerce” como broche.

El anciano maestro, que debía viajar al día siguiente a una ciudad cercana, les había preparado un recorrido por diversos museos de la capital, para conocer mejor la historia de su futuro. Al tercer día regresaría a ellos. Sin dejar de sonreír, se despidió con una serena advertencia.

—Estad alerta, pero sin obsesión. Además de la neblina “troyano”, hay otras fuerzas que estarían encantadas de usurpar la nave-templo como una posible arma no convencional. Sólo disponen de información dispersa sobre nosotros, y todo lo valoran en términos de poder material. La pureza de imaginación es para ellos una entelequia.

Aquella tarde, la del tercer día, bullían de ilusión. Le echaban mucho de menos. Pero, al regresar a la casita, el corazón de los jóvenes se encogió. Estaba todo revuelto. Libros, papeles, ropa y enseres lamentaban desde el suelo el saqueo sufrido. Y lo más preocupante: el querido padre “Alerce” no estaba.

—¡Se lo han llevado! —se angustió Nur, poniendo voz a la certidumbre de todos.

—¡Debemos llamar a la policía! —apresuró Héctor, pragmático.

—¿Y qué le diremos, cariño? ¿Que unos hombres envueltos en nube oscura y que buscan una nave de luz lo han secuestrado? —a las palabras de Marie hacía coro el gesto desencajado de Luca.

—De todas maneras, no sabemos si se lo han llevado —reaccionó ágil el lingüista—. Además, podría ser un simple robo.

Nur les escuchaba, consciente de que en ese momento debía ser «Lembe asr minneh», “lámpara para leer” la situación.

—¡Calmaos! Tranquilos —su sonrisa era más que un borrador de gesto. Todos la miraron. Los ojos le brillaban.

—¿Soy la única que siente esta penumbra por todas partes? —prosiguió, trazando con su mano un rasgueo de guitarra en el aire, como “capturando” el hollín evanescente que les envolvía e intentaba oprimir sus mentes con el cepo de la ansiedad y la división.

Marie, Luca y Héctor, sin palabras, sumergieron sus manos en las de Nur, y cada uno pronunció los nombres de los otros tres. En su mente resonaban las palabras de Lahuán: «El nombre es la palabra-esencia, infinitamente pequeña y densa, de nuestro ser». Estaban protegidos.

Decidieron examinar la estancia con detalle como cuando se busca un pendiente perdido —loseta a loseta— para encontrar una pista sobre el posible paradero de su maestro. De forma natural, como asintiendo a una elección, todos miraron a Nur.

—Mientras buscamos, podemos poner orden en la casa —su mente femenina resplandeció—. El orden es una obra de arte y, además, muy eficaz para encontrar cosas.

El mejor y único fruto de la operación fue la propia limpieza. Sin embargo, desde la ventana, su nueva capacidad para ver lo invisible había detectado la sutil polución que parasitaba las mentes. «Imaginarca», al menos, estaba a salvo. Lahuán había confiado la caja de madera a las manos de sus queridos aprendices.

—Quizá la pista que buscamos no está entre los muebles, sino dentro de nosotros —Marie miraba a su amigo lingüista como esperando de él la siguiente luz para el camino.

—Tienes razón. Desde hace unos minutos danza en mi mente una frase. No sé si es importante o sólo un retazo de mi imaginación llena de citas de libros clásicos. Es de GiuseppangeΙo Παπαρίζου —apuntó Luca, dejando en suspenso la frase un instante.

—¿Nos lo vas a decir hoy o esperamos a mañana? —le espetó la propia Marie con amplia sonrisa, disfrazada de mohín de impaciencia.

La pequeña explosión de risas alivió la tensión del momento, aunque ya habían vencido minutos antes al virus del desencuentro. Conscientes de que su mejor protección era estar unidos como una piña de luz, habían aprendido juntos a lo largo de aquellos días el valor de la alegría como escudo, y que estar unidos multiplicaba las capacidades de cada uno.

—Es un escritor ítalo-griego, cuya originalidad estriba en que sus obras son “mixtas” y profundamente amenas. Me refiero a que en cada novela suya palpita un auténtico ensayo sobre la condición humana —completó Luca—. Su propio nombre, escrito siempre en los dos idiomas, es buena prueba de ello… Esta es la frase. Trataré de recordarla lo más literalmente posible: «La nube de polución que cubría la ciudad era visible a varias decenas de kilómetros de distancia y los transeúntes escrutaban el cielo con ojos suplicantes, buscando alguna señal que anunciara la tan ansiada lluvia».

Dejaron que la lluvia prometida regara la frase en sus mentes durante unos segundos de silencio. Héctor inició el discernimiento.

—Esa nube, quiero decir “esta nube”, no es visible también desde decenas de kilómetros, sino “sólo” desde decenas de kilómetros. ¿Qué os parece?

—Que hemos, pues, de tomar distancia para acercarnos a Lahuán. La pregunta es dónde buscar un “alerce” perdido —el requiebro de Nur fue comprendido de inmediato por todos—. ¿En el “aserradero” de ladrones de madera? De ninguna manera.

—¡En el mismo monte, claro! Junto a las cumbres nevadas. «Buscando alguna señal…». Esa es la señal —aseveró Héctor—. Debemos viajar a… ¿a dónde? ¿Dónde está la montaña nevada de los alerces, la de la foto que viste, Marie?

—La ruta es el primer sueño de mi hermana —Nur fue luz—. Para proteger a nuestro maestro debemos ir a «Ímanya». Tú nos guiarás, Marie, conoces el camino.

Héctor abrazaba en ese momento la sencilla caja entre las manos. Una leve sacudida recorrió sus dedos. Contempló el abrazo.

—¡Mirad! ¡Las vetas de la madera se parecen mucho a las… arrugas del rostro de Lahuán!

—No soy experta en ebanistería —aseveró Marie—, pero el corazón me dice que «Imaginarca» es de madera de alerce.

Preparativos de rescate

—¿Dónde están?

—¿Quiénes son?

—¡Responde!

El anciano estaba atado de pies y manos. Los hombres que se habían alternado en el interrogatorio no lograban respuesta alguna que les satisficiera.

Ora con intimidación, ora con falsa delicadeza, habían llegado a abofetearle con frecuencia calculada, buscando la humillación más que el daño físico.

Sin ápice alguno de mentira, Lahuán había evitado toda referencia a la nave-templo y a los cuatro jóvenes. Aun así, su imaginarca detectaba la otra presencia. La “neblina sin nombre” estaba usando las preguntas para su propia ambición. Sabía que sólo los puros de imaginación podían entrar en Ímanya. Para destruir la luz sólo disponía de un camino: corromper a un ímano.

—¿Quién eres? ¿Qué secretos ocultas?

—Soy un viejo ermitaño. He vivido solo muchos años.

—Podemos ayudarte.

—Tengo todo lo que necesito para vivir.

Lahuán sólo había impartido a sus hijos la primera lección sobre el mal. No era el momento de decirles que la idea del “troyano” era mucho más que una penetrante metáfora. La “neblina” era un ente maligno, un virus mental que podía clonarse a sí mismo dentro de sus víctimas, y visibilizarse a voluntad. Su limitación estribaba en que sólo los ímanos podían distinguirle. Tanto los hombres que interrogaban al anciano como el común de la gente sólo llegaban a sentir un “algo” opresor que muchos achacaban a la tensión, al estado de ánimo o, a lo sumo, a la contaminación ambiental.

—¿Dónde están? ¡Responde!

—Yo estoy aquí.

Entonces lo vio. Frente a sí, la “neblina” empezó a bosquejar una figura humana de detalle creciente. Haciendo del vaivén natural del falso humo una cuidada coreografía de gestos, se mostró finalmente. Invisible e inaudible para los demás, miraba desafiante a Lahuán desde dos brasas llenas de soberbia y falsa piedad hacia el maltratado anciano. Éste no respondía mirada alguna. No podía profanar las Palabras pronunciándolas ante el maligno ente. Le bastaba con “ser” para defenderse.

Mezcladas con las preguntas de los soldados, la “amenaza” lanzaba a la mente del sabio sombras manipuladas de sus cuatro discípulos. Una cínica sonrisa acompañaba sus inaudibles argumentos:

«Son demasiado jóvenes, maltratarán la Luz». «Te han abandonado, no son dignos». «No has sabido guardar las Palabras». «Eres el único. Eres más que las Tres Frases». «Únete a mí. La sombra es la luz de la luz».

Su pureza resistía con calma las envenenadas sugerencias desde ambos lados del engaño: lisonja y menosprecio. Lahuán no respondía. No pronunciaba las Tres Frases, sino que eran ellas quienes envolvían su pensamiento con serena luz. El ente sin nombre empezó a mostrar, finalmente, su eterna y escondida desesperación al dilatarse con vehemencia en torno a las abyectas amenazas verbales de tortura por parte de los interrogadores.

La última insinuación del “troyano” se retorció en el intento de clonar su propia y maligna angustia para sembrar en Lahuán el temor a que aquellos hombres capturasen a sus hijos.

El anciano apartó la mirada de las dos brasas danzantes. Habló en su mente, ignorando la amenaza:

—«Ellos no son mi debilidad sino mi fuerza. Confío en ellos y en la Luz que les inhabita».

***

Los cuatro jóvenes se sentaron en torno a la sencilla mesa redonda. La casita de Lahuán era el mejor lugar para decidir entre todos cómo proceder para llegar a la nave-templo. De entrada, no tenían a mano el libro cuya foto andina hizo soñar a Marie. La opción inmediata era dormir y confiar en que sus sueños respectivos les reunieran y condujesen. Pero, ¿quién podía conciliar el sueño en aquellas circunstancias?

Luca tomó la iniciativa:

—Debemos hacer como él. Sólo tuvo que abrir «Imaginarca» para acceder a la Luz.

Asintieron con una suerte de suspiro coral.

—Debemos purificar nuestra imaginación de toda ansiedad —urgió Nur sonriendo—. Después Marie abrirá la caja y pronunciaremos las Tres Frases. Recordad, son «Nueve palabras para pronunciar»… Somos «Cinco Lámparas para leer».

«Nahlie vehre asr mhalen». «Qahlie vehre asr hoshet» —repitió Héctor en ímano.

Se tomaron de las manos en torno a «Imaginarca». A una sola voz acariciaron las Tres Frases:

«Ímanya lâh ímanyi». «Ímanyi lâh ímanuan». «Ímanuan lâh íma»

La Luz les estaba esperando al abrir la caja. Apenas Marie acercó su mano le envolvió completamente un manto refulgente que fue pasando a los otros tres, mientras contemplaban con arrobo cómo las delgadas paredes del cofre de alerce se dilataban y enardecían de blancura. En pocos segundos la habitación —y la casita entera— había quedado sumida dentro de lo que era el arca, que habíase convertido en una enorme y cálida cúpula blanca.

¡La nave-templo e «Imaginarca» eran una sola cosa!

Embargados de puro asombro, se descubrieron mutuamente acogidos por la Luz. Se les abrió en entendimiento: la nave-templo está, “es”, donde se la convoca, donde están y “son” sus tripulantes.

«Soñar es ser». «Ser es amar». Les embargó un profundo amor.

En «Ímanya»

Cuando ya su mente empezaba a vislumbrar el umbral de su resistencia, el anciano sintió una leve brisa centelleante en su interior. Cerró los ojos. La Luz de las Palabras que le inhabitaban se agitó en el núcleo de su ser. “Eres amado, ven a casa”. La llamada le persuadía en un débil coro de cuatro voces que crecían, al tiempo que se fundían en una sola: «Íma», amar, amor.

Abrió los ojos para vencer finalmente, con la Realidad a la que pertenecía, la realidad oscura que le había tenido prisionero. Recorrió con calma los rostros de los fríos interrogadores. Miró a los ojos a la neblina negra sin rostro. Y se fue.

***

En el centro de la cúpula refulgía la Columna de Luz. Y en su seno, presidían las Tres Frases.

Sin palabras, sus manos unidas transparentaban sumergidas en el corazón de la Columna. La caricia de «Íma» les hizo cerrar los ojos. Notaron, con intensa dulzura, dos manos más entre las suyas. El maestro Lahuán era con ellos.

Le reconocieron por sus ojos risueños y su abrazo ágil, pero el anciano había cambiado. De la Columna de Luz no había salido el menudo y arrugado “Alerce”, sino un altísimo y refulgente ser, todo blanco, todo luz.

De alguna manera, en su corazón lo habían sabido siempre.

—Soy yo, no temáis. No nací en este mundo, pero sí entre vosotros mucho tiempo antes que nacierais —les miró uno por uno sonriendo con cariño—. «Lâeh masseah Talhe Vehre, me nehpra lâon inh vishmae». Soy siervo de las Tres Frases, y en ellas estaré siempre con vosotros. Ha llegado para mí la hora de volver a Casa.

Pronunció sus nombres uno por uno mirándoles a los ojos sin prisa, mientras su sonrisa esculpía dos arrugas de luz en forma de letras “Í” cimbreantes por la emoción. Les amaba.

Nur apretó su mano contra la de su maestro. Su menuda figura parecía perderse en el ancho abrazo del ser de Luz.

Le sonrió. La “sonrisa”. Dos lágrimas titilantes trazaron creativas sobre las mejillas de la joven sendas letras “Í”. Ella era la elegida. Pareció suspenderse el transcurso del tiempo, condensado en un instante infinito. Los ojos de Nur brillaban de dulzura, espejos a su vez de la ternura de su altísimo maestro.

—¿Qué debemos hacer, Lahuán?

—Las Tres Frases os conducirán al encuentro con otros ímanos. Sois siervos de la Luz. Vuestro planeta la necesita. Id a casa, volved a vuestras vidas. Es allí, unidos, donde debéis crecer como ímanos.

Sin dejar de sonreírles, entró en la Columna. Las Palabras le acogieron. Poco a poco se fue sumergiendo en su propia palabra-esencia. Desde las tres primeras letras de su nombre —Lâh, “es”— palpitó su amor por ellos.

Fue la inicial de “amor” la que les dio el último adiós. La hermosa letra de luz brillaba por añadidura. Una lágrima. Una sonrisa. La “sonrisa”.

Íma… Ím… Í

Nuevo principio

Todo lo que comienza va precedido de algo que termina.

«Cuando el mundo está a punto de acabarse es cuando piensas en lo que realmente te empuja a vivir». La frase del primer sueño de Marie no anunciaba un desenlace perturbador, sino un nuevo principio.

Aunque estén distantes muchas veces, las cuatro Lámparas “son” unidas siempre. Saben cómo reunirse.

Marie y Héctor se casaron. Viajan mucho como cooperantes.

Luca sigue en HIM. Atiende idiomas en riesgo y también personas que tienen la esperanza en peligro de extinción.

Nur es misionera. Ha enseñado últimamente a niños ciegos en Nepal.

Hoy está aquí, para recibir a la “quinta Lámpara”: .

Estás en Ímanya. Eres en Ímanya.

Imaginarca está abierta. Ven.

Imagina. Sueña. Sé. Ama.

Las Tres Frases te acogen.

«Ímanya lâh ímanyi»,

«Ímanyi lâh ímanuan».

«Ímanuan lâh íma».

scrivivente firma trans pequeña

«Imaginarca» y otros nueve relatos han recibido mención especial del Jurado en el V Concurso de Relatos de Sttorybox

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3 comentarios sobre “«Imaginarca»

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