El Primer Ejercicio (relato breve)

Enjuto y desgarbado, el hombre caminaba por la calle como si se fuera a desmontar, medio plegada la caja torácica como un matasuegras perezoso.

Por pura desidia no innovaba su ruta diaria. Pero, aun siendo siempre las mismas calles, el paisaje urbano de las aceras recorridas le era casi completamente desconocido.

……………

Aquel día, al cruzar la calle le cegó momentáneamente el reflejo del sol en un escaparate. Giró el cuello. No se preguntó si la enorme fotografía había estado allí todo el tiempo. El que no había “estado”, pese a recorrer esa calle repetidamente, era él mismo, pero no lo sabía.

—Gimnasio «El Primer Ejercicio» —leyó para sí casi inaudiblemente.

La curiosidad fue más fuerte que su cansina costumbre. Cuando se quiso dar cuenta estaba frente a la puerta de un despacho que anunciaba en letras grandes: “Director”.

—Dígame, ¿en qué puedo servirle, amigo? —invitó un hombre maduro y fuerte, con una amplia sonrisa en los labios, surcada por la sana autoridad de un entrenador deportivo experimentado.

—El atleta de la foto… —rebuscó el enjuto.

—¿Sí? —estimuló el director.

—Quería saber si… en fin… si es posible llegar a ser como él con algo de entrenamiento —aventuró el flaco e inesperado aspirante, mientras se desplegaba levemente su caja torácica y las pulsaciones de su corazón se daban un pequeño festín de limpia adrenalina.

—Por supuesto. ¿Cuándo quiere empezar?

—¿Cuánto me va a costar? —respondió al modo gallego el cliente.

—Depende de usted… —ante el leve brillo de la mirada de su huesudo posible alumno, el entrenador dio “dos pasos en uno”— venga mañana por la mañana y le daré el Primer Ejercicio.

……….

Al día siguiente, aunque el chándal parecía medio “vacío” en mangas y perneras, nuestro hombre se movía dentro de él con una agilidad que el día anterior no era predecible en absoluto.

—Venga conmigo —guió el director, que llevó al hombre a una sala grande, llena de aparatos de gimnasia—. El Primer Ejercicio es este: esfuércese en levantar estas pesas de halterofilia. Nada más. Cuando haya terminado el ejercicio, venga y le daré el segundo.

Durante varias horas el hombre intentó en vano levantar las pesas. Se marchó tras una ducha. Volvió por la tarde y siguió intentando moverlas, siquiera un milímetro. En vano.

El hombre volvió mañana y tarde al gimnasio durante 14 días, sin darse cuenta de que aquellas pesas de halterofilia se habían convertido en compañeras. Intentó levantarlas al menos por un extremo. Intentó rodarlas. Intentó … sin resultado.

Tampoco se daba cuenta ese día de que al tomar la determinación de poner fin a su sueño de mutación muscular su rostro no dibujaba la mueca cóncava del fracaso, sino una sonrisa nueva tan leve como recia.

—«Al menos lo he intentado», se decía mientras sus nudillos tocaban 3 veces la misma puerta que se le abriera 14 días atrás.

—¿Puedo pasar, entrenador? —dijo con una extraña mezcla de decepción y entusiasmo.

—¿En qué puedo servirle, amigo? —respondió el director con su incansable y contagioso vigor.

—Vengo a despedirme… No he podido terminar el Primer Ejercicio, y he decidido dejarlo estar. Gracias por todo, por su paciencia y por su ánimo. ¿Qué le debo?

—Una mirada —sorprendió el director—. Sólo me debe una mirada. Venga por aquí…

Al abrirle la puerta de aquella la sala se le aproximó un hombre de fuerte complexión, con un rostro de notable parecido con el suyo. El hombre le imitó en su propio viaje facial desde el gesto de asombro hasta la amplia sonrisa. Pronto cayó en la cuenta: ¡Era él mismo! ¡Toda la sala estaba cubierta de espejos de cuerpo entero!

—¿Cómo es posible? Pero… pero… si no logré terminar siquiera el Primer Ejercicio —interrogó con su feliz sorpresa al sabio entrenador.

—Sí lo hizo, amigo mío. El ejercicio, recuerde, no consistía en levantar las pesas (por cierto, suman 300 kilos), sino en esforzarse en ello. Las pesas no pesan tanto como el desánimo y la desesperanza, y usted los ha levantado a pulso. El fruto más importante del esfuerzo es él mismo. Aunque no se diera cuenta, desde el día en que cruzó la puerta del gimnasio por primera vez usted dejó de ser el hombre que era. Al entrar aquí usted llevaba en el rostro una “semilla de sueño”, y la ha regado y abonado con su sudor y esfuerzo.

—¿Hay realmente un Segundo Ejercicio, Entrenador? —preguntó con renovada ilusión.

—Sólo respondo a esa pregunta a quien me la formula. Sí, el Segundo Ejercicio es enseñar a otros el Primero. ¿Le interesa el trabajo?

……….

Aquel nuevo ayudante de entrenador tenía una doble experiencia que transmitir: Había sido enjuto y plegado como un matasuegras entumecido, por eso sabía cómo recorrer el camino desde ahí hasta una vida vigorosa, desde la mueca cóncava hasta la sonrisa musculada. El nuevo ayudante de entrenador sabía cómo hacer que otros enjutos de alma y cuerpo se enamorasen del Primer Ejercicio.

¿El Director del gimnasio? Está por todas partes, y siempre ágil e incansable cuando se llama a su puerta.

                                                                                          scrivivente firma trans grande

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6 comentarios sobre “El Primer Ejercicio (relato breve)

    1. Tus palabras son como una botella de vino dulce, de las uvas que hemos pisado en el pequeño “esfuerzo” de escribir el relato. Ambos sabemos que el Director del gimnasio nunca apaga la luz de su flexo 🙂

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  1. Hola: ya van dos veces que no logro hacerte llegar mis comentarios: esta, y el cuento de homenaje a los docentes. Hice una serie de “trámites” virtuales, a ver si ahora llego. Me gustaron ambas historias; “El primer ejercicio” se percibe como más logrado, desde lo literario; más “narrado” y “menos predicado”. (No es que yo sea “comecuras”, je, je).
    Tienes registrado mi blog de word press, que no uso; el correcto es “ahorayodigo.bolgspot.com”; es el primero en google. Te invito

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