Publicado en parábolas

El ánodo de sacrificio (parábola)

El Reino de los Cielos es semejante a un ánodo de magnesio …

Ánodo de sacrificioUna parábola sobre el amor fraterno desde el mundo de la fontanería

El Señor nos enseña las cosas del Reino con un inmenso caudal de parábolas. Digo nos “enseña” y no nos “enseñó”, porque las parábolas del Evangelio están vivas, son Palabra Viva.

Pero resulta y acontece que no se agota ahí la santa creatividad e ingenio del Señor. En nuestra vida cotidiana y en todos los ámbitos de la cultura hay una ingente cantidad de “materia prima” de la que el Artesano Jesús se vale para inventar nuevas parábolas. ¿Vivas? ¡Claro que sí! Porque las escribe “en directo”. Cuando llaman nuestra atención está recién hechas.

Hoy mismo, conversando en nuestra comunidad sobre la necesaria reparación de un calentador eléctrico del Monasterio, hemos descubierto entre todos la parábola del «Ánodo de sacrificio». Para la parte técnica de la parábola bebemos del eficaz trabajo de un blog al que ya consideramos amigo: termoelectrico.blogspot.com.es El autor de la útil información técnica es Jorge Salas ¡Gracias, Jorge! Por cierto, aquí nos ofrece muchas buenas ideas para vencer la crisis: ponfinatucrisis.com

El principal problema con el que nos enfrentamos en un termo eléctrico es la corrosión interior de este, el agua, la cal y la temperatura provoca que con el paso del tiempo, el termo se corroa por dentro y termine provocando una fuga irreparable, y por lo tanto la inevitable sustitución del termo eléctrico por uno nuevo.

La única forma de proteger nuestros termos es con un ánodo de sacrificio o de magnesio, el sistema es muy sencillo, para evitar la corrosión disponemos de un elemento más sensible que este y que absorberá la reacción química que se produce durante la oxidación, de esta forma son ellos los que sufren la corrosión mientras el elemento al cual protegen permanece en perfecto estado.

El mantenimiento del ánodo de sacrificio, es muy simple si se tiene acceso al ánodo desde el exterior, aunque no suele ser lo habitual, con lo cual deberemos abrir el termo, normalmente por la parte inferior para acceder a el y observar que se encuentra en buen estado, si no fuera el caso, lo mejor sería sustituirlo, un  ánodo de sacrificio gastado va a provocar que a la larga sea el termo el que sufra la corrosión e inevitablemente acabe destrozado.

¡Gracias Jorge, de nuevo!

la sillita lápices

Ahora vamos a “leer” la parábola. El ánodo de sacrificio nos enseña que somos llamados a no estar “de paso” por las vidas de los hermanos, sino a permanecer junto a ellos. Y nos enseña que el Señor no nos pide darles cosas, sino darnos a nosotros mismos.

En la foto que acompaña se aprecia, por contraste, la belleza del ánodo nuevo, limpio. Pero el ánodo “sacrificado” tiene una belleza superior, la belleza del amor entregado, de desgastarse por los demás, de “amar hasta que te duela”, como dice la Beata Madre Teresa de Calcuta.

El ánodo da vida al calentador dando su vida por él. Pero el ánodo, como el hermano, no está solo en este amor. Hay Alguien que lo cuida y que renueva su “juventud”: Es el Fontanero, que conoce bien el calentador y el ánodo porque ¡es el mismo Fabricante! Ahí es donde el ejemplo del ánodo termina su misión y se “detiene”, y toma la Palabra el propio Evangelio: Al dar la vida por amor en el Nombre del Señor, se nos renueva la Vida.

Otro día hablaremos de otra hermosa parábola del mundo de la carpintería: la labor del “mártir”.

¿Ponemos otro encabezamiento a estas palabras? Podría ser este: El Reino de los Cielos es semejante a un calentador eléctrico …

                                                                       scrivivente firma trans grande 222

La parábola vive desde hace tiempo en el blog, también nuestro…

elclubdelasbuenasnoticias.blogspot.com.es

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Publicado en relato breve

El Primer Ejercicio (relato breve)

Enjuto y desgarbado, el hombre caminaba por la calle como si se fuera a desmontar, medio plegada la caja torácica como un matasuegras perezoso.

Por pura desidia no innovaba su ruta diaria. Pero, aun siendo siempre las mismas calles, el paisaje urbano de las aceras recorridas le era casi completamente desconocido.

……………

Aquel día, al cruzar la calle le cegó momentáneamente el reflejo del sol en un escaparate. Giró el cuello. No se preguntó si la enorme fotografía había estado allí todo el tiempo. El que no había “estado”, pese a recorrer esa calle repetidamente, era él mismo, pero no lo sabía.

—Gimnasio «El Primer Ejercicio» —leyó para sí casi inaudiblemente.

La curiosidad fue más fuerte que su cansina costumbre. Cuando se quiso dar cuenta estaba frente a la puerta de un despacho que anunciaba en letras grandes: “Director”.

—Dígame, ¿en qué puedo servirle, amigo? —invitó un hombre maduro y fuerte, con una amplia sonrisa en los labios, surcada por la sana autoridad de un entrenador deportivo experimentado.

—El atleta de la foto… —rebuscó el enjuto.

—¿Sí? —estimuló el director.

—Quería saber si… en fin… si es posible llegar a ser como él con algo de entrenamiento —aventuró el flaco e inesperado aspirante, mientras se desplegaba levemente su caja torácica y las pulsaciones de su corazón se daban un pequeño festín de limpia adrenalina.

—Por supuesto. ¿Cuándo quiere empezar?

—¿Cuánto me va a costar? —respondió al modo gallego el cliente.

—Depende de usted… —ante el leve brillo de la mirada de su huesudo posible alumno, el entrenador dio “dos pasos en uno”— venga mañana por la mañana y le daré el Primer Ejercicio.

……….

Al día siguiente, aunque el chándal parecía medio “vacío” en mangas y perneras, nuestro hombre se movía dentro de él con una agilidad que el día anterior no era predecible en absoluto.

—Venga conmigo —guió el director, que llevó al hombre a una sala grande, llena de aparatos de gimnasia—. El Primer Ejercicio es este: esfuércese en levantar estas pesas de halterofilia. Nada más. Cuando haya terminado el ejercicio, venga y le daré el segundo.

Durante varias horas el hombre intentó en vano levantar las pesas. Se marchó tras una ducha. Volvió por la tarde y siguió intentando moverlas, siquiera un milímetro. En vano.

El hombre volvió mañana y tarde al gimnasio durante 14 días, sin darse cuenta de que aquellas pesas de halterofilia se habían convertido en compañeras. Intentó levantarlas al menos por un extremo. Intentó rodarlas. Intentó … sin resultado.

Tampoco se daba cuenta ese día de que al tomar la determinación de poner fin a su sueño de mutación muscular su rostro no dibujaba la mueca cóncava del fracaso, sino una sonrisa nueva tan leve como recia.

—«Al menos lo he intentado», se decía mientras sus nudillos tocaban 3 veces la misma puerta que se le abriera 14 días atrás.

—¿Puedo pasar, entrenador? —dijo con una extraña mezcla de decepción y entusiasmo.

—¿En qué puedo servirle, amigo? —respondió el director con su incansable y contagioso vigor.

—Vengo a despedirme… No he podido terminar el Primer Ejercicio, y he decidido dejarlo estar. Gracias por todo, por su paciencia y por su ánimo. ¿Qué le debo?

—Una mirada —sorprendió el director—. Sólo me debe una mirada. Venga por aquí…

Al abrirle la puerta de aquella la sala se le aproximó un hombre de fuerte complexión, con un rostro de notable parecido con el suyo. El hombre le imitó en su propio viaje facial desde el gesto de asombro hasta la amplia sonrisa. Pronto cayó en la cuenta: ¡Era él mismo! ¡Toda la sala estaba cubierta de espejos de cuerpo entero!

—¿Cómo es posible? Pero… pero… si no logré terminar siquiera el Primer Ejercicio —interrogó con su feliz sorpresa al sabio entrenador.

—Sí lo hizo, amigo mío. El ejercicio, recuerde, no consistía en levantar las pesas (por cierto, suman 300 kilos), sino en esforzarse en ello. Las pesas no pesan tanto como el desánimo y la desesperanza, y usted los ha levantado a pulso. El fruto más importante del esfuerzo es él mismo. Aunque no se diera cuenta, desde el día en que cruzó la puerta del gimnasio por primera vez usted dejó de ser el hombre que era. Al entrar aquí usted llevaba en el rostro una “semilla de sueño”, y la ha regado y abonado con su sudor y esfuerzo.

—¿Hay realmente un Segundo Ejercicio, Entrenador? —preguntó con renovada ilusión.

—Sólo respondo a esa pregunta a quien me la formula. Sí, el Segundo Ejercicio es enseñar a otros el Primero. ¿Le interesa el trabajo?

……….

Aquel nuevo ayudante de entrenador tenía una doble experiencia que transmitir: Había sido enjuto y plegado como un matasuegras entumecido, por eso sabía cómo recorrer el camino desde ahí hasta una vida vigorosa, desde la mueca cóncava hasta la sonrisa musculada. El nuevo ayudante de entrenador sabía cómo hacer que otros enjutos de alma y cuerpo se enamorasen del Primer Ejercicio.

¿El Director del gimnasio? Está por todas partes, y siempre ágil e incansable cuando se llama a su puerta.

                                                                                          scrivivente firma trans grande

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La (e)lección de Maite (relato breve)

Al entrar en la tienda le saludó el familiar olor de los embutidos y el pan recién hecho. Pero antes ya le había alcanzado el abrazo de su propio nombre, trazado a mano alzada con una sonrisa:

—¡Hola Maite! —le acogió la dueña de la tienda.

Y como respondiendo a la pregunta de la joven, formulada con la leve sorpresa que dibujaban sus cejas rubias levantadas, la señora le explicó:

—Eres el vivo retrato de tu madre. Ella me ha dicho lo mucho que te quiere.

—Gracias …

—Somos tocayas, pero a mí me llaman todos Mari Tere —se anticipó la señora.

—¿Me pone por favor tres barras de pan y medio kilo de carne picada? —apresuró la niña.

—Ya lo tenía todo preparado, cariño. Toma.

Cuando se disponía a sacar el monedero, entró con premura una joven señora con un bebé.

—Pasad Thérèse. Bienvenidos de nuevo a vuestra casa. ¿Te ha faltado algo?

—Más bien me sobra, Mari Tere. Me ha devuelto Usted de más. Vengo a darle lo que es suyo —respondió con las mejillas perladas de sudor la joven madre africana.

Con otra sonrisa artesana y tan recién hecha como el pan devolvió las gracias la tendera.

Una vez que hubo salido la honrada mamá, Mari Tere se confió a su joven tocaya:

—Thérèse y su familia están pasando necesidad por el paro. Son nigerianos. Tenemos que ayudarles. Ya conoces el refrán: «hoy por ti, mañana por mí».

—Gracias, doña Mari Tere, por “todo” —iluminó Maite.

la sillita lápices

Al día siguente, en el cole recibió la nota del examen de Sociales. ¡Era un 9! ¡La nota que necesitaba! Pero al repasar las preguntas falladas y la no contestada refulgieron en su mente las monedas que la mamá africana devolviese a Mari Tere. Una resolución brilló en su corazón, como el sol de la honestidad reverberaba en los ojos de Thérèse en la tienda.

—¿Puedo pasar, profesora? -acompañó con tres leves golpes de nudillos en la puerta.

—Pasa, pasa —animó la docente, levantando la vista de la pequeña colina rectangular que formaban los exámenes por corregir—. ¿En qué puedo servirte, Maite? —invitó.

—El caso es que al pensar en la nota de Sociales me he dado cuenta de que usted me ha devuelto de más. ¡Uy! —se sonrojó la jovencita— quiero decir que me ha puesto más nota de la que merezco.

—Veámoslo, pues, juntas —sonrió la profesora.

Al cabo de unos minutos, ambas habían convenido que la nota era un 7. Pero la profesora le dijo que podía darle dos puntos extra en actitud si respondía a otras tantas preguntas orales allí mismo. Maite asintió nerviosa.

—¿Qué has aprendido y descubierto hoy con todo esto?

—He descubierto… mmmm… lo que quiero hacer en la vida para no parar de aprender, señora —le ruborizó a Maite el súbito descubrimiento y su propia audacia al confiárselo a la profesora.

—¿Quieres contármelo? —vistió María Teresa de sonrisa su respeto por el corazón que tenía abierto ante sí.

—¡Me gustaría ser, como usted: profesora!

—¿Para enseñar o para aprender? Esta es la segunda pregunta —ahondó ésta.

—¿Sabe? De todo lo que he vivido recientemente lo que más me ha impactado es descubrir que las personas a las que les importan los demás se saben sus nombres de memoria. ¡La tendera a la que va mi madre se sabe los nombres de todos sus clientes! ¡Y no son pocos!… Hoy he conocido en la tienda a Thérèse… son nigerianos… lo están pasando mal —se atropelló Maite—. Lo más importante y lo primero que debería aprender como profesora son los nombres de mis alumnos… —hizo una pausa la joven.

—Maite, antes que nada, dame todos los datos que tengas sobre la familia de Thérèse. Vamos a mover cielo y tierra para buscarles trabajo y atender a sus hijos… (hizo una pausa)… Voy a compartir contigo dos pequeños tesoros —dijo tras un suspiro feliz.

—Dígame. La escucho. ¡Lista para aprender!

—¿Recuerdas el ejemplo del átomo, que aprendiste en Física?

—Sí, doña María Teresa —inició la jovencita—: “Si tomamos un trozo de hierro y lo partimos por la mitad, cada una de las mitades ‘es’ hierro. Si hacemos lo mismo con una de las mitades, el resultado sigue siendo hierro. Y así sucesivamente. Cuando al partir en dos uno de los fragmentos cada una de las mitades deja de ser hierro, es que hemos dividido el átomo de hierro”.

—¡Muy bien! —sonrió la profesora—. Porque el átomo es la cantidad más pequeña de un elemento que conserva sus propiedades… Bien, pues apliquémoslo a nuestro tema de los nombres, sin necesidad de partir a nadie por la mitad (ambas sonrieron con limpia complicidad). El nombre es la ‘porción’ más pequeña de una persona que conserva su identidad. Por eso cuando te aprendes el nombre de alguien estás acogiendo en tu mente y tu corazón a toda la persona.

—¿Y el segundo tesoro? —abrió los ojos Maite.

—El segundo es que para aprender el nombre hay que amar. Sólo se memoriza en el corazón lo que se ama desde el corazón. Ese es el secreto de una buena profesora: amar a los alumnos, a cada uno de ellos. Y amar el estudio, no dejar nunca de ser “alumna”. Estar al día de sus vidas, de sus dificultades y logros, es tanto o más importante que estar al día de la materia que les das en clase. Y cuanto más amas lo que enseñas, mejor les enseñas a amar lo que están aprendiendo.

—¡Gracias doña María Teresa! La quiero mucho.

—A ti, Maite, por ayudarme a recordar hoy lo mucho que amo mi trabajo. Ambas hemos aprendido. Yo también te quiero.

                                                                                                scrivivente firma trans grande

Este relato es un pequeño homenaje a la profesión docente, con una “sonrisa” en segundo plano a la Santa de Ávila, que está de cumpleaños.