Publicado en relato breve

Sinfonía por la vida en «Sí mayor»

 

disney-concert-hall-1147810_1920Pierangelo repasaba mentalmente por orden las obras del programa del concierto. Era una buena costumbre adquirida durante sus estudios en el Conservatorio. Editaba con la imaginación la portada de cada una de las partituras, y dibujaba con el dedo, a modo de batuta viviente, los primeros compases de cada una.

Los profesores de la orquesta ya estaban ultimando sus instrumentos, ora afinando, ora desplegando atriles y pentagramas. Y los miembros del coro de 4 voces mixtas semejaban el leve oleaje de un campo de trigo, buscando cada cual su posición en las filas y ajustando la pajarita del frac los más vulnerables al calor escénico. Las sopranos y contraltos, impecables con sus trajes largos, parecían siempre menos afectadas por la feliz tensión previa al concierto. A Pierangelo le servía como inspiración este paisaje humano cambiante, y además, procuraba mirar en esos momentos a cada uno de los músicos y cantantes con ojos de padre más que de director de orquesta.

Una imagen se le quedó grabada en el repaso: Franz sudaba más de lo habitual. Se conocían desde primero de Solfeo, un italiano enjuto y movedizo y un austriaco corpulento, con la caja torácica ideal para un barítono solista.

Pierangelo era católico, de una familia lombarda llena de músicos. Franz Mohr, protestante, había nacido muy cerca de Oberndorf, a 17 kilómetros de Salzburg.

—Soy Pierangelo, Pierangelo Bartali, de Brescia.

—Hola, Mohr, Franz Mohr…

— … de Salzburg, ¿verdad? Bueno -dijo el joven delgado sin menguar su vehemencia-, más bien de Mariapfarr.

—De Oberndorf, donde vivía mi tocayo de nombre, Franz Gruber, y donde se recuperó mi tocayo de apellido, el padre Joseph Mohr.

—¡No puedo creerlo! -subrayó con ojos y brazos Pierangelo… ¡Eres una edición viviente del villancico Stille Nacht, Noche de Paz!

Se hicieron inseparables, en la música y en la fe. Oraban juntos en los jardines del Conservatorio de Granada. Pierangelo estudiaba piano, violín y dirección de orquesta. A Franz le persuadió su propia y poderosa voz de centrarse en el canto, pero la insistencia de su amigo le llevó a asomarse también al mundo de la batuta.

Conversaban de todo, y compartían dos pasiones: la música y una curiosidad casi infantil por la divulgación científica. Cada uno ayudó al otro a defenderse mejor en el idioma respectivo. Pero el “tercer” idioma, el español andaluz, acabó siendo el primero cuando conocieron a dos gemelas, esencia nazarí, Aurora y Estrella de la Zambra. Se casaron en la Basílica de las Angustias de Granada el mismo día.

Fueron ellas las que inspiraron a Pierangelo y Franz la idea de su vida: crear una orquesta.

—«Las buenas iniciativas se hacen mejores… cuando se multiplican por dos», les decían Aurora y Estrella sucediéndose una a la otra. Se referían al Diván Este-Oeste de Daniel Baremboim y Edward Said.

Eligieron la bella ciudad de Montefrío, en Granada, como sede de su novedosa Orquesta Intersinfónica de la Paz, en la que tocaban juntos profesores avezados y estudiantes, pero cuya seña de identidad era que la confesión religiosa -o su ausencia- de los músicos no se dejaba en la puerta del teatro, sino que dedicaban tiempos concretos a conversar sobre ello con libertad de espíritu. Y poco antes de cada concierto, una vez que estaba todo casi preparado para comenzar, hacían sonar un bello acorde conjunto, al que seguía una larga “nota de silencio”, un minuto en el que todos rezaban por todos o simplemente recibían la oración de los demás si no eran creyentes.

Una de las atrevidas novedades de la Orquesta consistía en que una de las piezas de cada concierto era dirigida por Pierangelo y Franz ¡a dos batutas! Aquella noche la obra elegida para el alarde era “La Última Primavera” de Edvarg Grieg. Precisamente Pierangelo estaba recordando los problemas de salud del compositor noruego y su fiel esposa Nina mientras registraba en su corazón de director el inesperado sudor de Franz.

Ambos amigos y cuñados habían conversado recientemente sobre un artículo aparecido en la prensa científica. “Cuando los miembros de un coro cantan juntos -comenzaba el texto citando investigaciones de científicos suecos- sus corazones se coordinan y comienzan a latir al unísono”.

Mahler, Mozart, Beethoven y Bach fueron llenando el aire de la Casa de la Cultura Pósito, de Montefrío, del inefable perfume de su música. Cuando llegó el turno de “La Última Primavera” Franz se aproximó a la tarima del director, pero no llegó a ella. Tocándose el corazón y abriendo mucho la boca se desplomó. A la velocidad de una semicorchea corrió hacia él Pierangelo, mientras con agilidad profesional se desvivían Luis, uno de los violinistas -médico de profesión- y la propia Aurora, esposa de Franz, a la sazón enfermera. No era la primera vez que sufría una crisis cardíaca, pero sí en escena.

Mientras se acercaba la ambulancia ya convocada con urgencia, Luis y Aurora le practicaban la resucitación cardiopulmonar con destreza y calma. El público de Montefrío, acostumbrado al culto respeto por la música, permanecía en silencio, como suspendido en una corchea sostenida. Cuando Pierangelo, arrodillado al lado de su amigo, miró a lo alto con los ojos cerrados, el público convirtió su silencio también en oración, unido a los miembros de la orquesta.

Estrella de la Zambra, esposa de Pierangelo, tenía la memoria despierta de una maestra: recordaba bien clasificados en su mente los nombres cambiantes año a año de sus alumnos y los datos de interés que circulaban por delante de sus ojos y oídos. Fue ella la que relacionó la urgencia que estaban viviendo con el artículo sobre el corazón acompasado de los cantantes de coro. Lo habían conversado en familia semanas atrás, pero ahora se abría de par en par la partitura de su importancia. Estrella se acercó rauda a su esposo y le dijo tocándose el corazón:

—El artículo. ¡El artículo!

Fue suficiente. Se habían entendido a la velocidad de la luz que el amor movía entre sus corazones. Pierangelo empezaba a ver el gesto de ansiedad de Aurora sembrado con una brizna de leve desesperanza, cuando señaló con la batuta al joven del tambor. ¡No había tiempo de buscar una obra que reprodujese el ritmo cardíaco! Tampoco servía la parte final de la “Cavatina” de Beethoven en si bemol mayor Opus 130, en la que científicos de Michigan y Washington creyeron descubrir las irregularidades de los latidos del corazón del músico alemán, causados por una arritmia cardíaca. ¡Hacía falta todo lo contrario!

Le vino la inspiración como una bocanada de aire fresco: ¡Había que componer en directo! Tras musitar con vigor mirando al cielo dos palabras -”¡Gracias, Señor!”- miró a los barítonos del coro y les indicó. Ellos empezaron a cantar rítmicamente una sola nota:

—Sí ♪ Sí♪ Sí ♪ Sí ♪ …

Se unieron sucesivamente tenores, contraltos y sopranos, mientras Pierangelo indicaba a los músicos de cuerda y viento que hicieran sonar también la nota Sí más grave de sus instrumentos, mutando alternativamente hacia Síes más agudos. En ese momento llegaban los paramédicos y relevaron con celeridad a Luis y Aurora sin más ceremonia.

Pierangelo se volvió rápidamente al escuchar entre el público la nota Sí con la esperable disonancia de quienes no son cantantes profesionales. Con un gesto les convirtió en acorde gigante, uniéndolos a la improvisada melodía cardiorespiratoria. En pocos segundos todo el teatro era una sola nota Sí, envuelta y resonada con la poderosa percusión del tambor. Todo el teatro era como un solo corazón en sonido y en afán.

Como pliegues de un enorme lienzo de tul que se dejase caer desde el anfiteatro, comenzaron a brotar variaciones diversas de la naciente melodía, en la que la angustia por el corazón de Franz se traducía paulatinamente en un virtuosismo que no era mera técnica sino amor perseverante. ¡Había que salvar a Franz! Pierangelo, y con él cada músico y cantante de aquel coro resucitador tenía la mirada fija en el lugar donde éste luchaba para dar el “do de pecho” más importante de su vida.

—«Cuando los miembros de un coro cantan juntos -se miraron mientras pensaban a la vez y sin palabras Pierangelo, Aurora y Estrella- sus corazones se coordinan y comienzan a latir al unísono».

La multitud que se afanaba con aquella simple, estrenada y poderosa sinfonía en Sí mayor no podía saber que sus corazones estaban latiendo acompasados, acompañados y acompañantes, pero sí vieron con creciente alivio que el corazón de Franz reanudaba poco a poco su música de vida. El corazón del barítono se iba acompasando poco a poco, empujado por el latido unicorde de todos los demás. Una leve sonrisa se le instaló en su rostro todavía contraído cuando se unió con un susurro al Sí mayor general, incorporándose con fatiga ayudado por su bella y magnífica esposa y enfermera.

Estrella puso letra a la melodía interior que se agitaba en los corazones de todos:

—Gracias, Señor, ¡gracias! ¡Gracias, Señor!

La «Sinfonía por la vida, allegro vivace en Sí mayor, Opus 1» había nacido aquella noche sin estar previamente escrita en partitura alguna, y se había estrenado dando luz, dando a luz, dando vida. Cientos de corazones habían latido incansables en un rotundo “Sí mayor” por la vida. En el Teatro Pósito de Montefrío había nacido una sinfonía, renacido un hombre y madurado una fe. Sí, la mía, mi fe en la fe de la gente, mi fe en Dios.

Trabajo en la editorial que colabora con la Orquesta de Pierangelo y Franz. Al montar el borrador de la partitura me llegó hondo el «Sí mayor» que salvó a Franz. Mi corazón había padecido arritmia de confianza. Ya no.

                                                                                                 scrivivente firma trans pequeña

Este relato breve está inspirado en la noticia científica que se cita en el relato:

Los corazones de los cantantes de un coro laten acompasados

Ha nacido como acción de gracias a Dios por la familia, por la música y por Andalucía. Y, a la vez, es un homenaje a las mismas.

Los nombres son todos imaginarios, los lugares y la noticia científica son reales . 

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Autor:

Soy el Hno. Lázaro Clemente fmp, monje de la Fraternidad Monástica de la Paz. Vivo el «ora el labora» en Cetelmon tv, que es el nuevo "pergamino" que, como monjes, usamos para cuidar y difundir la fe y la cultura.

7 comentarios sobre “Sinfonía por la vida en «Sí mayor»

  1. ¡Muy bueno lazaro! Claramente la unión hace la fuerza y si, a eso, le añadimos el amor, claramente, no hay nada que se nos resista. Me gusta la alusión que haces al villancico “stille nacht” porque es un claro ejemplo de que el amor y la fe lo pueden todo. Fantástico!!

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    1. ¡Gracias Merce! Tus palabras hacen visible la realidad en la que se basa el relato: la unión que hay entre todos nosotros. El villancico «Stille nacht» es una “debilidad” mía. Un villancico que nació, como el Niño Jesús, en medio de una situación de pobreza: no funcionaba el órgano de la parroquia del P. Mohr. Lo compuso y tocó con la guitarra.

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