Publicado en relato breve

La sillita de Enrique y Silvino (relato breve)

Relato breve inspirado en «La Silla Escoleta», acogida para su restauración por Patricia y Juan Vicente en su taller «Las Tres Sillas», en el barrio valenciano de Ruzafa. Al final del relato la conoceremos mejor. Patricia y Juan Vicente dan nueva vida a muebles usadosAquí sueñan, diseñan y trabajan: lastressillas.com

la sillita 4– ¿Qué hacemos con las sillitas que quedan en el almacén, “Don” Silvino?
– Antes de que vengan los de la ONG a llevárselas me gustaría “despedirme” de ellas, “Don” Ramiro -respondió el director de la Escuela, apoyando con una sonrisa enmarcada en sudor veraniego las comillas del “falso” protocolo entrambos maestros.
Todo el claustro de la Escuela era como una familia y se trataban unos a otros con el respeto de la cercanía. Y de eso cuidaba con esmero Silvino Enríquez, director del centro desde hacía pocos años.

la sillita lápicesLas 20 sillitas estaban primorosamente apiladas en un rincón, tapadas con un par de piezas de lona blanca. Al alzar la lona, Silvino tuvo un estremecimiento: esas sillas ya estaban en la Escuela cuando él llegó 35 años atrás de la mano de su mamá. Sentado en alguna de ellas vivió la emoción de su primera palabra escrita en la redonda caligrafía de los menudos literatos de pantalón corto y lapicero en ristre.
Sorbiendo las dos lágrimas de niño que se disponían a saltar hacia su poblada perilla prematuramente entrecana, sacó junto a Ramiro las cuatro primeras sillitas. Con las catorce siguientes fueron saliendo del almacén de su memoria otros tantos recuerdos. Pero fue al tomar por el respaldo la última sillita cuando sus dedos “leyeron” antes que su mirada:

– “SE”. ¿”SE”? -se preguntó por dentro.
– ¡”SE”! -su corazón le llenó ambas letras con un nombre: “¡Enrique… Enrique Silva!”
Mientras reescribía con su dedo las dos letras, abrió para Ramiro y para sí el libro de sus recuerdos:
– Enrique era un niño especial. Llegó del Paraguay, con su familia, en busca de un futuro menos precario, ¿lo recuerdas? No, perdona, tú eres mucho más joven. Enrique era un superdotado de la música. Aprendió solfeo antes, incluso, que a escribir palabras -completó el conmovido director.

la sillita lápicesSe hicieron grandes amigos. Les hacía gracia el peculiar juego que hacían sus nombres: “Enrique Silva Talavera” y “Silvino Enríquez Talavera”. Sus madres, tocayas de apellido, también se hicieron muy amigas. Los demás niños llegaron a acuñar para ellos con simpatía el nombre artístico de “los espejos Talavera”.
Por aquel entonces Silvino tenía dificultades con su timidez, y Enrique se volcó con él. Muchas veces, mientras los demás niños estaban en el recreo, los dos amigos se quedaban en el aula, con permiso de la maestra, y Enrique le enseñó a vencer la timidez cantando.
– También es “recreo” enriquecer juntos nuestra forma de ser -decía con frecuencia el pequeño paraguayo.
– Claro, por eso te llamas “Enrique” -reíamos juntos con la ocurrencia.
la sillita lápices– ¿Y qué significan estas letras, Silvino? -se interesó Ramiro.
– Un día, Enrique me dijo que quería dejarme un recuerdo de nuestra amistad, por si la vida nos separaba de alguna manera. Un recuerdo que fuera pequeño y denso a la vez, fácil de guardar y fácil de desplegar. Y a ambos se nos ocurrió a la vez la misma idea: escribir nuestras iniciales en el respaldo de la sillita.

la sillita lápices– “SE” -dijo él ya con el cortaplumas en la mano para tallar las letras, primero la de su amigo.
– No, mejor “ES” -corregí-. Así son las iniciales de la mejor palabra del mundo: “escuela”, la que nos ha unido.
– Cada uno esculpió la letra del otro -siguió narrando Silvino-. Pero cuando fue descubierta nuestra grafía, y tomada como travesura, Enrique asumió la autoría entera y el castigo correspondiente. Hasta que yo, venciendo para siempre mi timidez, acudí al despacho de la directora para decir la verdad. La belleza de aquella verdad tocó el corazón de doña Begoña -la llamábamos con cariño “Bedoña”- y la sillita sobrevivió allí a nuestra niñez. Pasados los años, Enrique dejó la escuela precipitadamente. Nunca supimos el rumbo que tomó su familia.

la sillita lápices

La sillita “ES” y sus 19 compañeras no volvieron al almacén, ni se fueron a la ONG que las iba a reciclar. Fueron reparadas con esmero, lijadas y repintadas las patas, y barnizada su madera. Y al mismo tiempo, y gracias a la penetración de internet, Silvino pudo localizar a la familia de Enrique. ¡Estaban en España!
Cuando los dos amigos se volvieron a encontrar, el abrazo llenó el vacío de las palabras entrecortadas por la emoción. Ya más tranquilos, Enrique les presentó a su esposa Clelia y a sus cuatro hijos. Estaban tomando la decisión de regresar definitivamente al Paraguay ante la falta de empleo estable. Salvo el goteo de unas pocas clases particulares de solfeo, piano y arpa, y trabajos sueltos de traducción para Clelia, las dificultades económicas se amontonaban. Clelia era traductora jurada de tres idiomas.
Providencialmente la Escuela estaba por ampliar oferta docente con clases de música y más idiomas. Ambos fueron contratados. Y los cuatro niños de Enrique y Clelia -los más pequeños, claro- se sentaban cada día en las sillitas “ES”. Pero nos hemos adelantado. Perdón por la premura:

la sillita lápicesAl día siguiente del reencuentro, las dos familias comieron juntas en la Escuela para celebrarlo. Tras bendecir la mesa, sin esperar más, llegó la hora del regalo de bienvenida. Silvino, Carmina y sus cinco hijos retiraron la blanca cobertura de lona limpia, que hacía de “papel de regalo” . El brillo del barniz nuevo de las sillitas competía con el de los ojos de los Silva, especialmente del padre.
Fue Clelia la que persuadió a su marido con una sonrisa a que se acercara a la sillita de la que tantas veces le había hablado él. Tras reescribir con el dedo y tinta de ternura las dos letras, se sentó en ella con cuidado, plegando como atleta del recuerdo sus largas piernas. Todos le imitaron.
Todas las sillitas tenían grabado en el respaldo, con la blancura de la madera esculpida, las letras “ES”:
– Tú querías poner primero mi inicial, pero me salí con la mía, Enrique -confesó su amigo con emoción. – ¿Cómo la has reconocido?
– ¡Me ha reconocido ella a mí! -reveló el nuevo maestro de música de la Escuela.

scrivivente firma trans

la sillita 7

Patricia Ruiz-Cortina y Juan Vicente Ruiz son el alma de «Las Tres Sillas», una sola alma en dos “componentes”. Aunque ambos están en las dos cosas, fundamentalmente ella imagina y él elabora. Ofrecen a sus clientes la posibilidad de “adoptar un mueble”, rescatarlo del olvido y gozar de él en una nueva etapa. Se trata, nos dicen en su web, de “objetos que esperan impacientes en nuestro taller a que alguien les brinde una segunda oportunidad”.

Uno de esos muebles que esperan adopción es la sillita inspiradora de este relato. Aquí te espera para darse a conocer. Haz click en su nombre: La Silla Escoleta

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Autor:

Soy el Hno. Lázaro Clemente fmp, monje de la Fraternidad Monástica de la Paz. Vivo el «ora el labora» en Cetelmon tv, que es el nuevo "pergamino" que, como monjes, usamos para cuidar y difundir la fe y la cultura.

5 comentarios sobre “La sillita de Enrique y Silvino (relato breve)

    1. ¡Gracias, Merce! Gracias por sentarte en la sillita, por hacerla tuya.
      Gracias por acoger el mensaje de este relato breve: que la realidad es más “fan-tástica” que la fantasía.
      Un abrazo, hermana.

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